SOBERANÍA O NARCOESTADO: DISCURSO COMPLETO DE CAYETANA ÁLVAREZ DE TOLEDO EN LA UNIVERSIDAD DE LA LIBERTAD
SOBERANÍA O NARCOESTADO: Discurso completo de Cayetana Álvarez de Toledo en
la Universidad de la Libertad (Ciudad de México)
Muy buenos días. ¿Se oye? ¿Sí? Pues a ver, hace unos días el canciller de México, ministro de Exteriores, concedió una entrevista al diario español El País. En gruesas letras, el titular era el siguiente:
«La soberanía es lo primero que siempre hay que defender».
Y yo estoy de acuerdo. De hecho, para eso he venido. Para acompañar a mis amigos Ricardo y Ninfa en la cita anual más importante del Grupo Salinas. Para conversar con ustedes, verdaderos protagonistas de esta jornada. Pero, sobre todo, para una tarea política y moral que me parece esencial: vengo a defender la soberanía de los mexicanos.
La soberanía de los mexicanos frente a sus verdaderos enemigos, que no son exactamente los que señala el Gobierno de México; que no están en capitales extranjeras, sino dentro del país, y que avanzan implacables. Son tres. Vamos a desenmascararlos para combatirlos y derrotarlos. Pero antes, un preámbulo.
La palabra soberanía está hoy de moda en México. En realidad, siempre lo ha estado. México es un país orgulloso. De bandera grande. No sé si lo saben; de hecho, una anécdota: la bandera de la plaza de Colón de Madrid, la más grande de España, nació aquí. En una visita a México como presidente, José María Aznar vio la bandera del Zócalo y dijo: «Yo quiero una igual o más grande». México inspira orgullo, incluso a los demás. Conquistó su soberanía en la Independencia, la defendió frente a invasiones extranjeras y hasta la convirtió en doctrina: la Doctrina Estrada. A este hondo y arraigado sentimiento nacional se unen algunas circunstancias.
México sabe lo que significa tener un vecino que pesa mucho y pisa fuerte. Y sabe también lo que significa ser mirado con condescendencia. No me refiero a una mirada colonialista; México nunca fue colonia, fue virreinato: complejo, mestizo y deslumbrante. Me refiero a una mirada hipócrita. Es asombroso: todavía hoy muchos europeos de izquierdas defienden para México lo que jamás defenderían para sí mismos: una revolución comunista, un régimen de partido único, una dictadura perfecta. «Turistas del ideal» los llamo yo, aunque en realidad habría que llamarlos racistas. Lo dijo nuestro añorado Mario Vargas Llosa hace ya cuarenta años, o por ahí, en un famoso debate con el escritor alemán Günter Grass. Y su denuncia sigue vigente:
«No hay forma más sutil ni más perversa de racismo que defender para América Latina aquello que jamás aceptarías para tu propio país. Como si la libertad o la seguridad fueran lujos reservados a los europeos. Como si los venezolanos, los cubanos o los mexicanos no estuvieran preparados para un orden plenamente democrático».
¿Qué quiero yo para España? Libertad, seguridad física y jurídica, separación de poderes, pluralismo político, democracia plena. ¿Qué quiero, por tanto, para México? Exactamente lo mismo. Y por eso les pregunto: ¿qué queda de la soberanía nacional mexicana cuando millones de ciudadanos han perdido la soberanía sobre sus propias vidas?
Frente al narcotráfico, frente al poder político, frente a la dependencia económica... La soberanía no es una bandera, no es un discurso inflamado contra el extranjero, no es un reproche histórico lanzado desde una «mañanera». La soberanía empieza en algo mucho más elemental: poder salir a la calle sin pedir permiso a un criminal; poder abrir un negocio sin pagar extorsión; poder publicar una verdad sin calcular su coste en sangre; poder votar sin que nadie haya decidido ya el resultado en un despacho sin ventanas. Un país no es soberano solo porque nadie lo invada; también tiene que impedir que otros poderes lo vacíen desde dentro.
Lo diré con la claridad que me caracteriza y que en tantos problemas me acaba metiendo. Quien amenaza la soberanía mexicana no son los Estados Unidos, no es España y, desde luego, no es la historia de Hernán Cortés o Isabel la Católica. Lo que amenaza la soberanía de los mexicanos son tres fenómenos o flagelos internos y corrosivos: uno, el crimen organizado; dos, el populismo autoritario; y tres, la mentalidad de dependencia.
Vamos a examinarlos uno a uno, sin miedo, con el coraje que elogiamos en los patriotas de verdad.
Primero: el crimen organizado. En Teocaltitlán, Jalisco, hace poco más de un año, salió a la luz lo que los medios bautizaron como «el rancho del horror». Cientos de zapatos, mochilas, ropa, restos humanos, cenizas. Un lugar donde el crimen organizado entrenaba a reclutas, torturaba a quienes se resistían y se deshacía de los cuerpos. Muchos de esos jóvenes habían llegado allí respondiendo a ofertas de trabajo en redes sociales. Buscaban empleo, encontraron un campo criminal. Buscaban una oportunidad y encontraron una trampa. Unos zapatos vacíos no son una estadística, son una acusación. Una acusación contra quienes gobiernan un país donde semejante barbarie es posible; donde los cadáveres se amontonan; donde la fosa deja de ser noticia porque la frecuencia la ha vuelto paisaje.
México tiene hoy más de 134 000 desaparecidos. Tiene decenas de miles de cuerpos sin identificar en depósitos forenses. Tiene madres que buscan restos humanos en terrenos baldíos porque se cansaron de esperar a un Estado que no llega. Porque no puede o porque no quiere. He visto los videos, las fotografías de esas madres: una varilla en una mano, una pala en la otra, de rodillas en un descampado buscando a su hijo bajo la tierra. La tierra de su patria. No conozco imagen más exacta de una soberanía quebrada. ¿Andamos de decir de los muertos? Más de 200 000 asesinados en el último sexenio. La mayoría jóvenes, víctimas y victimarios. El crimen organizado les ofrece lo que el Estado les niega: ingreso, pertenencia, propósito. A cambio, una vida corta.
Los cárteles reclutan alrededor de 350 personas por semana. No porque sean irresistibles, sino porque compiten contra un Estado ausente y, a veces, contra algo peor: un Estado cómplice. México no tiene un problema de seguridad pública en el sentido convencional. Tiene un problema, un problema gravísimo, de soberanía. Max Weber definió el Estado moderno como la institución que detenta el monopolio legítimo de la fuerza. La frase se cita mucho, pero rara vez se piensa: monopolio, legítimo, fuerza. Cuando el Estado pierde ese monopolio, no queda el vacío: aparece otro poder. Un poder que cobra impuestos, aunque lo llama extorsión; que dicta normas, aunque no publica leyes; que recluta jóvenes, aunque no tenga oficinas de empleo; que controla territorios, aunque no se presente a las elecciones; que decide quién puede hacer campaña y hasta quién tiene derecho a vivir para ejercer el cargo.
Pienso ahora en Carlos Maza —el alcalde Carlos Maza— y en los 37 candidatos asesinados durante el último ciclo electoral. Treinta y siete candidatos asesinados. No en el Far West, no en una dictadura: en una democracia. O así la llaman. ¿Qué soberanía popular existe cuando un candidato necesita el permiso de un cártel para hacer campaña? ¿Qué ciudadanía es posible cuando una familia sabe que denunciar es más peligroso que callar? ¿Qué república es aquella donde el Estado no entra en Michoacán, en Guerrero o en Tamaulipas, y los impuestos los cobran los cárteles?
Por eso resulta tan obsceno —no tengo otra palabra— reducir la soberanía a una coartada verbal contra el extranjero. Se exigen perdones históricos por agravios de hace 500 años, mientras miles y miles de mexicanos esperan justicia por crímenes cometidos hace cinco días, cinco meses o cinco años. Se invoca a Cuauhtémoc mientras las madres de Ayotzinapa llevan más de diez años sin una verdad oficial creíble. Se piden disculpas por la conquista mientras en Jalisco siguen apareciendo fosas; tantas, tan seguidas, que ya no son noticia. El perdón no es colectivo ni retroactivo, así que menos teatro histórico y más responsabilidad contemporánea. Defender la soberanía es impedir que el narco se apodere de tu territorio, de tus instituciones, de tu Estado.
Defender la soberanía es combatir al crimen organizado, no pactar con él, ni mucho menos plegarse ante él. Hablaré, como digo, con claridad, por respeto a mis hermanos mexicanos. Una presidenta que todos los días invoca la soberanía debería empezar por garantizársela a quienes han perdido la soberanía más elemental: la de recorrer su país con libertad, la de enterrar a sus muertos, la de saber qué pasó con sus hijos. La presidenta Sheinbaum insiste en exigirle a España que pida perdón, pero antes debería ella pedir perdón a las madres buscadoras.
Dos: el populismo autoritario. El autoritarismo, sin más. El segundo enemigo de la soberanía es más difícil de detectar. No deja fosas abiertas ni zapatos vacíos. Trabaja con decretos, mayorías parlamentarias y ropaje constitucional. Y muchas veces —atención a esto— en alianza con los mismos criminales de los que acabo de hablar. La captura del Estado mexicano, su pérdida de soberanía, no proviene de un solo frente. Proviene de dos frentes que se funden en uno: por un lado, los cárteles ocupan territorio, compran voluntades, imponen su ley; por el otro, el populismo autoritario desmantela las instituciones que podrían frenarlos, elimina los contrapesos que podrían controlarlos, destruye los árbitros que podrían juzgarlos. Juntos, los enemigos de la soberanía se potencian.
El narco necesita impunidad; el populismo necesita financiación y amparo. La fusión tiene un nombre: narcoestado. El antónimo exacto del ciudadano soberano. Donde manda un narcobernador, no hay gobernados libres. Donde hay un narcopresidente, no hay república. Donde el crimen y el poder se confunden, el ciudadano se convierte en súbdito, cuando no en rehén. Esta es hoy la mayor amenaza a la soberanía de los mexicanos. No viene de fuera. No la ejerce ningún gobierno extranjero con marines o servicios secretos. La imponen quienes dicen gobernar en nombre del pueblo, pero lo hacen en beneficio propio o de poderes fácticos que nadie controla. Lo comenté la primera vez que vine a esta universidad, bastión del conocimiento y de la libertad: la democracia no consiste solamente en votar. Las urnas otorgan un mandato, no una patente de corso.
Ganar las elecciones no da derecho a quedarse con todo: con el Congreso, con los jueces, con los árbitros, con los reguladores, con la información pública, con la verdad oficial. México conoce bien ese sistema; lo sufrió durante décadas. Las siglas han cambiado, pero conviene reconocer el perfil, la silueta. El gran Octavio Paz lo llamó «el ogro filantrópico». Vargas Llosa, «la dictadura perfecta». Ese Estado que tutela, protege, concede, abraza, que va ocupando todo el espacio vital de la sociedad para someterla. El ogro no ruge: habla en voz baja, con una cierta cadencia metálica. Esa es su eficacia y su peligro. Primero someten al Instituto Electoral y al Tribunal Electoral; luego transformaron una mayoría electoral en una mayoría constitucional que los ciudadanos nunca les habían concedido expresamente. Con ella capturaron al Poder Judicial, el último gran contrapeso al poder. Y después siguieron con el resto: competencia económica, telecomunicaciones, transparencia, protección de datos, derechos humanos... Una institución tras otra, metódicamente, sin estridencias, sin rupturas aparentes. Así avanzan lo que un día llamé «los burros de Troya» de la democracia: con paso lento pero firme. Hay una diferencia entre reformar una institución y someterla.
La independencia judicial no existe para proteger a los jueces, sino al ciudadano frente al poder. Sin jueces independientes, el ciudadano no es soberano. Sin organismos autónomos, queda completamente desarmado. Seguí el proceso de cerca y con enorme inquietud (en España quieren hacer lo mismo). En junio de 2025, México celebró una elección judicial para renovar 2600 cargos. Participó el 13 % del electorado. Entre los elegidos, incluso una exabogada del Chapo. ¿Y a esto lo llaman democratizar la justicia? Realmente hay que felicitarles por la sinceridad: nunca el zorro había sido elegido por votación para cuidar de las gallinas. Sin golpe de Estado, sin tanques en la calle, la democracia mexicana se ha ido vaciando. Queda el nombre, queda la fachada, desaparece la sustancia. Freedom House sitúa a México en 58 puntos sobre 100; dice «parcialmente libre», es decir, solo parcialmente soberano. Sí, a los mexicanos les están robando la soberanía. No una potencia extranjera, insisto, sino la colusión del crimen y el populismo autoritario. Y esto afecta a todos, a todos y en todo: a la niña que cose balones en San Simón Zahuatlán y al empresario más poderoso del país. Porque la degradación institucional no se queda en los tribunales; siempre llega a la empresa, al bolsillo.
Las grandes agencias de calificación han encendido las alarmas sobre México. No por capricho, sino porque crece poco, porque gasta mal y porque ha dejado de inspirar confianza. Los mercados no son ideólogos, son cobardes racionales. Cuando se asustan, conviene preguntarse qué han visto que la propaganda oficial oculta. Se lo digo yo: han visto al ogro filantrópico. El ogro filantrópico ha vuelto. Las mismas garras de siempre, pero ahora con rostro de mujer.
Y tres: la mentalidad de dependencia. La tercera amenaza a la soberanía de los mexicanos es la más silenciosa y, quizá por eso, también la más peligrosa. No hablo de la ayuda legítima a quien la necesita; una sociedad civilizada apoya a los vulnerables, eso no está en discusión. Lo que está en discusión es otra cosa. Una política social puede levantar a una persona o mantenerla en el suelo. Puede hacer ciudadanos más libres o votantes más cautivos. Esa es la diferencia moral entre una política social liberal y una política social populista: la primera mira al ciudadano de pie; la segunda lo prefiere de rodillas. El populista se disfraza de Hada Madrina —lo decía yo aquí cuando vine—, pero en realidad es un padrino a lo Vito Corleone: te da algo hoy para que le debas todo mañana. Y ahí aparece otra forma de pérdida de soberanía; no la soberanía del Estado, sino la soberanía de los individuos, de las personas.
Un ciudadano deja de ser plenamente dueño de su destino cuando su horizonte vital depende de la voluntad del poder; cuando el esfuerzo propio deja de ser el camino principal para prosperar y es sustituido por la expectativa de una ayuda, una subvención, una transferencia. Ayudar al vulnerable, como he dicho, es una obligación moral, pero convertir la dependencia en modelo social es una forma de dominación. Porque, además, un ciudadano que depende del poder tiene más dificultades para enfrentarse al poder, para discrepar del poder, para decirle «no» al poder. Y la capacidad de decir «no» al poder es la esencia misma de la soberanía. Tocqueville lo advirtió hace ya casi dos siglos: existe una servidumbre que no necesita cadenas; un poder tutelar que se ofrece a conducir a los hombres siempre que acepten no conducirse por sí mismos. No aplasta, acostumbra. De nuevo, el ogro filantrópico.
México ha reducido la pobreza en los últimos años, es verdad (un discurso serio no selecciona solo los datos que le convienen), pero las preguntas importantes vienen después: ¿A qué coste económico, institucional y moral? ¿Con más productividad o con más transferencias? ¿Con más empleo formal o con más clientela? ¿Con más capacidades o con más dependencia? La economía mexicana está estancada, crece muy por debajo de su potencial. Y ustedes lo saben mejor que nadie. Un empresario no invierte solo porque existan incentivos fiscales; invierte cuando confía, cuando hay reglas que se cumplen, cuando un contrato vale lo que dice, cuando un juez no mira al poder antes de dictar sentencia. Y un joven no emprende solo porque tenga entusiasmo; emprende cuando percibe que el esfuerzo tiene sentido, que el mérito existe, que no todo depende de a quién conoces o a quién le pagas. Lo he dicho muchas veces, sí: el populismo es pan para hoy y hambre para mañana. Y el hambre, cuando llega, no distingue entre quién lo votó y quién no.
Sí, he venido a defender la soberanía de los mexicanos. Con afecto, con preocupación, pero también con esperanzas. México tiene activos impresionantes: una posición geográfica envidiable, una base industrial formidable, una juventud inmensa, una oportunidad histórica de diversificar vínculos con Europa y una cultura empresarial poderosa, como demuestra esta misma sala. La cuestión no es si México tiene potencia, que la tiene; la cuestión es quién la ejerce y para qué. Y aquí quiero dirigirme directamente a todos ustedes. No vengo a halagarles, vengo a emplazarles.
Una parte de las élites económicas de América Latina ha cometido demasiadas veces el mismo error: creer que puede proteger sus intereses privados mientras el edificio público —es decir, el Estado o la democracia— se cae a pedazos; creer que basta adaptarse, negociar, esperar, sobrevivir a otro sexenio y cruzar los dedos, y «que rece el que reza». Es una fantasía y es una frivolidad. La erosión democrática es implacable: llega primero al juez, luego al regulador, luego al contrato, luego al crédito, luego a la inversión, luego a la propiedad y, al final, a la empresa, a la libertad, al progreso de todos. No hay cuenta de resultados que resista la destrucción del Estado de derecho. No hay salud económica sin salud democrática. Lo digo con más convicción que nunca: lo moral es lo eficaz.
Defender jueces independientes no es romanticismo jurídico, es defender las condiciones materiales de la prosperidad. Defender una prensa libre no es un capricho liberal, es defender el sistema de información sin el cual ningún mercado funciona. Defender la seguridad jurídica no es una demanda corporativa, es defender la confianza sin la cual ninguna inversión es posible. Un empresario que calle ante la destrucción institucional puede ganar tiempo, pero pierde el país; y perder el país es el peor negocio que existe, una ruina asegurada. Por tanto, no tengan miedo, no se escondan, no se coloquen de perfil, no confundan prudencia con pasividad: alcen la voz cuando toque alzarla, que es ahora.
Vuelvo al principio: soberanía. Es una palabra preciosa, pero conviene desconfiar de los gobiernos que usan las grandes palabras nacionales para evitar las grandes preguntas nacionales. La soberanía no puede ser un biombo para ocultar desaparecidos, para tapar los datos económicos, para convertir cualquier crítica en injerencia. Una nación adulta no teme a la crítica; solo los gobiernos inseguros confunden discrepancia con ataque a la patria. México no se defiende negando sus problemas, sino encarándolos.
Sé que una española hablando de México y de la soberanía de México puede resultar para algunos un poco incómodo. Lo entiendo, pero también sé otra cosa: vengo de un país que conoce también el deterioro institucional, el uso sectario de la historia, la captura del lenguaje, la colonización del Estado, la tentación populista y, por eso, hablo no desde la superioridad, sino desde la experiencia y desde el afecto. La historia entre México y España es demasiado compleja, demasiado fecunda y demasiado íntima como para dejarla en manos de propagandistas. No somos enemigos hereditarios; somos parte de una conversación larga, difícil, mestiza, conflictiva y creadora. Reducirla al agravio es empobrecerla y también es una forma de distracción. Mientras se discute el pasado con España, el crimen captura el presente. Mientras se exige perdón por la conquista, miles de mexicanos exigen encontrar a sus hijos. Mientras se invoca la soberanía frente al extranjero, demasiados ciudadanos la pierden ante poderes internos.
La gran pregunta mexicana no es si México será soberano frente a España; esa batalla terminó hace dos siglos. La gran pregunta es si los mexicanos serán soberanos frente al miedo, frente al abuso y frente a la dependencia. Ahí es donde se juega el futuro. La independencia de México fue una gesta nacional; la Reforma, una gesta liberal; la democratización, una gesta cívica. La próxima gesta mexicana ya está señalada: rescatar la soberanía de los mexicanos. Que ningún joven tenga que escoger entre migrar, depender o enrolarse en el crimen. Que ningún empresario tenga que pagar al delincuente para poder trabajar. Que ningún periodista tenga que calcular si una verdad merece una bala. Que ningún juez tenga que mirar al poder antes de dictar sentencia. Que ninguna madre tenga que buscar sola a su hijo bajo tierra. Eso es soberanía. No la soberanía como eslogan, ni como agravio, ni como coartada del poder; soberanía como vida digna, como ley, como seguridad, como independencia personal, como capacidad de decir «no».
Y para eso, México necesita una cosa más, muy importante, decisiva: una alternativa. Una alternativa política a la altura de su desafío histórico. Lo ha explicado Ninfa de manera brillante en su intervención. Hay unas elecciones decisivas el año que viene y un curso decisivo por delante, histórico. México no necesita que nadie apele a su orgullo como nación, porque lo tiene; lo que necesita es orientar ese orgullo hacia la tarea más difícil: la exigencia a uno mismo. Porque no hay forma más alta de patriotismo que combatir la degradación de la propia patria. La elección es muy sencilla: soberanía o crimen organizado; soberanía o populismo autoritario; soberanía o dependencia; soberanía o narcoestado; soberanía o... pónganle ustedes las siglas o el nombre y apellido, todos sabemos cuáles son.
Termino donde empecé: en Jalisco. En aquellos zapatos vacíos. ¿Quiénes eran esos jóvenes? ¿A qué aspiraban? ¿Y quién les falló? ¿Les falló el Estado que no llegó? ¿La economía que no los empleó? ¿La política que no los representó? Y también, sí, se fallaron a sí mismos, porque la responsabilidad individual existe y es la base de la libertad. Esos zapatos son una acusación, pero también una pregunta: ¿qué haremos nosotros?
El México que defiende su soberanía ya existe. Está disperso, desorganizado, no siempre representado, pero existe. Está en millones de ciudadanos corrientes que cada día cumplen con su deber sin esperar privilegios ni excusas. Está en la cultura de la responsabilidad. Y cuando una nación conserva su energía moral, todavía puede corregir su rumbo. Y México puede corregir su rumbo.
Yo tengo un lema que me acompaña desde hace años y con esto acabo: «Que por mí no quede». Se lo digo a mis hijas, a mis amigos, a mis aliados, y quiero decirlo hoy también aquí: que por ustedes tampoco quede. Sean valientes. Sean exigentes. Sean soberanos en el sentido profundo de la palabra: verdaderos dueños de su destino. Es decir, mexicanos.
Muchas gracias.

Comentarios
Publicar un comentario