MIGUEL MAURA . LA REPÚBLICA EN LO PRESENTE Y EL PORVENIR DIARIO EL SOL 27 DE JUNIO DE 1936

 


Este es el texto íntegro del artículo de Miguel Maura publicado en el diario El Sol, fechado el 27 de junio de 1936 (pocas semanas antes del estallido de la Guerra Civil española).



LA REPÚBLICA EN LO PRESENTE Y EN LO POR VENIR

Gobierno nacional

POR MIGUEL MAURA


La extraordinaria gravedad del momento y las dificultades que la propaganda oral ofrece en las actuales circunstancias me han aconsejado emplear el camino de la publicación de estos artículos en la Prensa, rompiendo con ello por vez primera mi costumbre de no utilizar ese medio de difusión de mis posiciones políticas.

No se trata hoy —al menos, no ha sido ése mi propósito— de convencer a nadie de nada, porque cuanto llevo dicho, o por mejor decir escrito, sobradamente lo conocen, saben y padecen los españoles todos. Se trata tan sólo de salvar, por el único medio a mi alcance en estos momentos, la parte alícuota de responsabilidad que pudiera alcanzarme en los acontecimientos futuros, y además, de formular la declaración honrada y sincera de mi convencimiento de que aun es hora de evitar a España días amargos, por si esta declaración sirviera para orientar a la opinión pública, que es, en definitiva, quien debe marcar el rumbo de la vida nacional.

No abrigo la menor esperanza de que mis razonamientos logren convencer a quienes tienen sobre sí el peso de la mayor responsabilidad en la hora actual de España. Sé muy bien que, aun llegando a coincidir en lo esencial, o sea en la gravedad del momento y en la urgencia del remedio, consideraciones de orden político y partidista harían imposible la coincidencia en la solución, porque los alaridos de quienes desempeñan en la vida política el papel de energúmenos —que forman muchedumbre, porque es hoy ese papel el único de rendimiento seguro— apagarían las voces de la razón con sus estridores y captarían las voluntades de los vacilantes con sus amenazas. Mas esa convicción no me releva del deber que todo hombre político, por modesto que sea, tiene siempre en horas graves para el país de decir su opinión y dejar consignado en forma pública su consejo. Hecha esta aclaración, vamos al tema.

Cuando afirmo que, a mi juicio, no hay otro remedio para la caótica situación presente que la formación de un Gobierno nacional, atribuyo a las dos palabras que forman el concepto todo su auténtico significado, sin las mixtificaciones en uso en nuestras costumbres políticas. Según ellas, se llama Gobierno a las reuniones de trece ciudadanos salpicados, al azar de las idas y venidas de los encargados de formarlos, en los distintos ministerios, adonde van a parar como caídos de las nubes, la mayor parte de las veces ayunos hasta la anemia de todo conocimiento de las funciones propias de su departamento. Cuando en el lenguaje usual de la política se habla de Gobierno nacional, las gentes sobrentienden que ese Gobierno ha de formarse por igual sistema; pero siendo todos los partidos, sin excepción, los encargados de suministrar al jefe del mismo los nombres de los ciudadanos que han de ser espolvoreados sobre las poltronas ministeriales.

Al tiempo de formarse esa clase de Gobiernos, los ministros reunidos han de articular en el espacio de unas horas, las menos posibles, lo que se llama un "programa mínimo" —que es la fórmula que en el lenguaje político se emplea para designar el vacío—, y ya queda el engendro lanzado a la misión azarosa de dirigir una vida nacional agitada por las pasiones más opuestas. Y da comienzo la caza. A trancas y barrancas logra ese Gobierno tenerse en pie, con apariencia de unidad, unas semanas, hasta que abierta la primera grieta y percibida o adivinada por la jauría de la oposición —que llega para estos efectos hasta los ministeriales sin plaza ni acomodo—, entran por ella y no dan reposo hasta lograr descuartizarlo, pudiendo considerarse felices los ministros si les es dado evitar que de la fiereza del agarre salgan incólumes su reputación y su honra. Emplear hoy tal sistema sería la postrera y decisiva calamidad que caería sobre el régimen republicano y sobre España.

No; un legítimo Gobierno nacional no es eso. Es el formado por los aptos para cada función de entre los hombres al servicio del régimen, estén donde estén, sean o no militantes de los partidos políticos, que por su significación y su historia en las actividades o disciplinas a las que se hayan consagrado gocen de tal reputación ética, social y técnica, que su designación inspire el respeto y hasta el aplauso de los gobernados. Un Gobierno nacional es el que puede asumir la misión difícil, pero patriótica, de dirigir la vida nacional, desligado de toda tendencia de partido, buscando para su obra la asistencia de todos los ciudadanos, sin distinción, y acometiendo la labor de dar solución a los problemas que agobian al país con el espíritu libre de todo prejuicio y de toda otra ligazón que no sea la del interés colectivo. Un Gobierno nacional es el que por su composición y por la naturaleza de la obra que realice, al dirigirse a los gobernados, pueda solicitar de todos el concurso y pedirles los sacrificios obligados, a nombre de España y para servirla, y no a nombre del interés de una clase o de una tendencia o de un partido. Un Gobierno nacional es el que entre los dos bandos en lucha cruel y sangrienta sobre el campo español encarna al Estado, y en nombre del Estado impone a los unos y a los otros el cumplimiento de las leyes, desarma, castiga, reprime, recompensa, administra justicia, remedia los males, proporciona trabajo y no tolera que sin él, y menos aún contra él, pueda nadie imponer su voluntad por la fuerza. Un Gobierno nacional es, en suma, el "Estado republicano en pie".

¿En quiénes ha de apoyarse una dictadura republicana nacional? Los Gobiernos dictatoriales que llegan al Poder tras el asalto, mediante un golpe de Estado o una revolución, se asientan sobre las masas o las instituciones que los encumbraron. Este apoyo unilateral, reducido tan solo a una parte de la opinión nacional, pasa a ser el vivero de donde toma el dictador sus servidores y asistentes, y es a la vez su guardia y su brazo ejecutor, desplazando de toda función directiva a quienes no son feligreses de la parroquia e imponiendo silencio perpetuo, y si es preciso exterminando físicamente, a los heterodoxos.

La repulsa que a todo espíritu liberal inspira ese sistema de gobierno hace que en España —país ultraliberal con ribetes anarquistas— sea imposible implantarlo con probabilidades de permanencia, como ha demostrado el ejemplo aun reciente, y es esa realidad la que pone pavor en el ánimo de quienes presentimos su posibilidad, ante la perspectiva de las calamidades que tal solución traería consigo para España.

La dictadura circunstancial y transitoria —que, puesto a pedantear, podría llamar romana, con sus tres conocidas y manoseadas características—, nace de un régimen democrático, ha de ser cosa totalmente diversa, por su nacimiento incruento y normal dentro de la anormalidad inevitable; por su composición, extraña a todo poder personal, y por su base de sustentación y apoyo, que ha de ser toda la masa de la opinión que acepte el régimen político vigente, aun cuando entre sí discrepe respecto al sistema para articular su funcionamiento posterior y definitivo. Esta zona de la opinión llega hoy...

(Continúa en la página siguiente.)






LA REPÚBLICA EN LO PRESENTE Y EN LO POR VENIR

Gobierno nacional

POR MIGUEL MAURA

(Viene de la página primera.)

...en España desde el socialismo llamado reformista hasta la derecha conservadora comprensiva —séame permitido no ser yo quien deslinde y amojone este campo de mis afines, cuya vidriosa suspicacia conozco bien, porque ni quiero provocar polémicas ni me incumben funciones definidoras—. Un Gobierno nacional que se apoyara por su obra y para su obra en esta extensa zona de opinión, tendría además en el acto el concurso y el apoyo de una gran parte de la masa de ciudadanos adscrita hoy, sin convicción y hasta sin conocimiento de su doctrina, al fascismo, en busca de amparo y protección a sus derechos, porque repuesto el Estado en su lugar y en su función primordial, serían contados de entre esa masa de burgueses —generalmente bien avenida con las compensaciones que ofrece la existencia— quienes sentirían la necesidad de jugar el papel de héroes, ni siquiera el prurito de desempeñar el de militantes de una centuria.

A toda esa zona de opinión pública habría de tenerla el Gobierno nacional no sólo conforme, sino enardecida de entusiasmo y activa y presente en la vida pública, mediante contacto diario a través de los medios modernos de difusión de la palabra y de la imagen y merced a la obra incansable y dinámica que realizara.

¿Cuál habría de ser esa obra? Sería pretensión absurda querer encerrar en los límites de un artículo de Prensa diaria el programa de un Gobierno de esa composición y naturaleza, y además petulancia ridícula en mí pretender ser yo quien lo defina. Mas lo urgente y apremiante de esa obra a voces lo está dictando la realidad angustiosa que todos presenciamos y padecemos.

Tiene, sin discusión, la primacía el restablecimiento integral de la disciplina en todos los sectores de la vida nacional, incluso, claro es, en los órganos al servicio del Estado.

Una parte de la disciplina es el orden público, tan quebrantado hoy por toda suerte de desmanes y por esas manifestaciones que, con el título de jubilosas, encubren la vulgar algarada y pretenden justificar los más reprobables excesos. El orden público en un Estado moderno es algo tan elemental, que las ruedas de la máquina que lo garantiza y lo mantiene han de funcionar solas, con la intensidad y dureza proporcionadas a la magnitud del desorden que reprimen, sin que ningún ciudadano de ese Estado haya de formular la menor protesta ni mostrar siquiera extrañeza por ello. Cuando las ruedas de esa máquina se oxidan o se entorpecen en el Estado moderno, puede decirse que está en quiebra su autoridad y en peligro su existencia, porque en la vida moderna los desmanes colectivos y aun los individuales suelen producirse por quienes cuentan con medios extraordinarios para el ataque.

Cuenta el Estado español, por fortuna, con elementos inmejorables para garantizar el orden; por eso es siempre más imperdonable su flaqueza o su abandono. Puede el Estado republicano confiar en ellos, porque todos, sin excepción, han dado pruebas de su lealtad al régimen y de su disciplina. No creo haya en ningún país institución comparable a nuestra Guardia civil para tales menesteres, singularmente en los campos y pueblos, y si no se hubiera abandonado el propósito iniciado por mí con el advenimiento de la República de dotar a ese Instituto de medios motorizados y de armas modernas, a estas horas su eficacia sería perfecta. No cabe mayor ejemplo de disciplina y abnegación que el que viene dando ese Cuerpo benemérito en los últimos años, ni es fácil señalar un organismo del Estado que haya prestado más relevantes y singulares servicios que los prestados por él a la República. A él debimos el 14 de abril de 1931 que el advenimiento del régimen se produjera en forma incruenta y auténticamente jubilosa, porque con lealtad perfecta acató la voluntad popular manifestada en las urnas y se ofreció incondicional y noblemente al Gobierno republicano aun no posesionado del Poder. Desde entonces, cuantos hemos pasado por el ministerio de la Gobernación hemos bendecido la fortuna de tener en nuestras manos un instrumento tan perfecto y una fuerza de tal disciplina y abnegación para hacer frente a los agobiadores y enervantes problemas de orden público, que constituyen, por desgracia, en estos agitados tiempos la única ocupación posible del inquilino eventual del caserón de la Puerta del Sol. Y causa asombro comprobar cómo a través de tantas vicisitudes —muchas de ellas vejatorias y enervadoras del espíritu de disciplina y de obediencia— como las que ha atravesado ese Cuerpo en los últimos cinco años, se mantiene rígido e intacto el principio de sus ordenanzas de respeto, sumisión y servicio incondicional y abnegado al Poder constituido.

No es fácil predecir la calidad e intensidad del esfuerzo necesario para reponer en todo su vigor la disciplina, y con ella el orden público, en la España de hoy; mas sea el cual fuere, costara lo que costase, ese restablecimiento habría de ser completo y fulminante, porque es la premisa de todos los demás menesteres y empresas a que ese Gobierno habría de consagrarse. Claro es que la disciplina no es sólo el orden público, y que su imperio es aun más indispensable en quienes han de mandar que en quienes tienen por misión obedecer; lo cual significa que el celo en cumplir las órdenes del Gobierno y el servicio escrupuloso y de intachable lealtad al Estado habrían de hacerse ostensibles, y en caso contrario, habría de ser rígida y severamente impuesto a todos sus órganos, uniformados o sin uniformar, y que a la vez las agrupaciones sindicales, políticas o sociales, de toda clase, color o tendencia, habrían de renunciar, sin esperanza de retorno por flaqueza o debilidad del Gobierno, a todo género de privilegio o de inmunidad para el incumplimiento de las leyes.

Restablecida la disciplina y restaurada con ello la confianza de los ciudadanos en el Poder público, sería posible emprender la pesada pero urgentísima tarea de levantar la economía nacional de la postración en que se halla. La industria y la agricultura atraviesan hoy un periodo de colapso, que de prolongarse unos meses más acarreará la muerte de muchas Empresas y la desorganización para muchos años de la producción agraria, con su secuela inevitable del hambre y del paro campesino. En un país como España, de una economía pobre y reducida a muy pocos factores de producción, la existencia de cerca de un millón de parados y la perspectiva de que esa cifra sea doblada en plazo breve hacen insostenible la situación.

El sistema, tan preconizado hoy, de enjugar ese paro mediante obras públicas, planeadas y emprendidas con la inevitable precipitación propia de un remedio de fortuna, que se arbitra para salir de un atasco, es, a mi juicio, un dislate político y un grave error económico, porque acarrea a plazo corto un paro mayor y conduce además a una inflación innecesaria y perjudicial. A las obras públicas extraordinarias no deben ir a parar más brazos que los que no sean absorbidos por la industria y la agricultura en plena actividad y rendimiento, y la misión propia del Estado consiste, a mi entender, en poner los medios precisos para que esa actividad se produzca.

Una política de salarios altos que aumente la capacidad adquisitiva de la masa obrera es, en efecto, necesaria y útil, pero a condición de que la subida no sea prohibitiva y ruinosa y de que esté previamente apercibido el mercado consumidor de los productos encarecidos por la elevación del costo de la mano de obra.

Prescindir de esas condiciones y entrar alegremente en la política de acceder a todas las pretensiones de elevación de salarios acarrea la ruina de las industrias, el colapso de la vida agraria, aumenta el paro y agrava hasta el límite el mal, como lo demuestra la realidad de hoy. Díganlo los labradores, lo mismo los fuertes que los modestos, que no pueden dar salida a sus granos y se ven obligados a pagar jornales de siega que superan el valor del cereal recogido en un año como el actual, de mala cosecha. Díganlo tantos industriales a quienes la elevación exagerada de los salarios pone en la imposibilidad de dar salida a los productos de su industria, faltos ya hoy de mercados. Dígalo nuestra Marina mercante, cuya flota está hoy en gran parte amarrada en los puertos porque el aumento recientemente impuesto de los jornales y sueldos imposibilita la competencia en el mercado del flete con las Marinas extranjeras.

Una política de salarios altos y de justicia social en la retribución del trabajo es obligada y necesaria; pero ha de tener como límite y tope infranqueable la posibilidad económica que impongan las circunstancias de los mercados interior y exterior. Y es el Estado quien, con conocimiento exacto de esas circunstancias, ha de regular, con espíritu generoso pero inflexible, los límites de esa política, haciendo sentir a todos el peso de su autoridad.

Habría de emprender ese Gobierno, de verdad y en serio, la reforma agraria, renunciando al mito y al engaño espectacular y populachero de los asentamientos, indotados e indotables, y de las roturaciones arbitrarias y antieconómicas de los majadales, llevando el Estado la reforma al límite de sus posibilidades financieras, delimitando las zonas de las experiencias y no aplicando los sistemas y métodos sino sobre seguro y allí donde fuera de verdad necesaria su implantación.

A la par que esta obra urgente de puesta a punto de la normalidad de la vida nacional, habría de emprender ese Gobierno la más elevada y difícil de dar estructura definitiva al Estado republicano mediante una auténtica reforma de los órganos de la Administración pública y una atención constante y preocupada a los elementos de nuestra independencia y nuestra seguridad, el Ejército, la Marina, la Aviación y las bases navales, en los que no es aventurado afirmar que en plazo más o menos corto habrá de descansar la posibilidad de conservar nuestra existencia como nación dueña de verdad de sus destinos.

Y sólo cuando la reforma de los órganos todos del Estado sea un hecho, cuando de verdad la eficiencia y rendimiento de todos y cada uno de ellos garantice la función rectora de la vida nacional, será llegado el momento de pensar en el sistema político y constitucional más apto para encuadrar, con marco sólido y respetable, el desenvolvimiento del régimen.

Así concibo yo el Gobierno nacional cuya formación considero urgentísima e indispensable para salvar a la República democrática del fracaso y de la ruina. La última posibilidad que se ofrece a la democracia de sobrevivir a las convulsiones que agitan el mundo es la de acoplarse a la realidad de la hora y poner de su parte, voluntariamente, los medios necesarios para que los pueblos no se dejen alucinar por el espejismo que producen los regímenes totalitarios, en los que la aparente unión de los nacionales todos en el desarrollo de la empresa colectiva dirigida por el Estado presta eficacia indiscutible a la acción y produce efectos tales, que para los espíritus profanos y simplistas alcanzan la categoría de milagros. Las democracias que aun subsisten en Europa, si quieren salvarse de esa ola de autoritarismo más o menos bárbaro, impulsada en fin de cuentas por el ansia de los pueblos de sentirse dirigidos y gobernados, tienen que evolucionar en la medida necesaria para lograr ese mismo objetivo sin perder su esencia, que no consiste sino en la legitimidad del origen del Poder, que ha de nacer de la voluntad nacional, pero renunciando a cuanto sea traba u obstáculo a la eficacia de la acción de gobierno. De no hacerlo así, la ola las barrerá sin remedio, porque vivimos en el siglo de las realidades imperiosas, y los principios y postulados razonables o utópicos no pesan un adarme en las conciencias colectivas de los pueblos, que miran al mañana con ilusión apoyándose en el hoy con ahínco, y si es preciso con violencia.

Y nada más. He cumplido con mi deber haciendo un postrer llamamiento, a través de estos mal pergeñados artículos, a quienes tienen la responsabilidad suprema de esta hora trascendental de nuestra España. Demócrata de toda mi vida —ni tan larga que pueda renunciar a presenciar el mañana, ni tan corta que no esté preñada de experiencia—, pensando, y sobre todo sintiéndome español, me veo en el trance de renunciar a determinados principios incompatibles con la realidad del momento, y aspiro a salvar la esencia de la doctrina por el único camino expedito dentro de esa realidad innegable. ¿Me quedo solo una vez más en este empeño? Cancelada desde hoy mi responsabilidad si tal caso llega, sin vacilar antepondré el servicio de España, al que he consagrado mi vida, a toda otra consideración y a todos los demás afectos. Lo que ese servicio me ordene será cumplido sin tibieza.


(Exclusiva para A. L. P. E. S.—Reproducción reservada.)

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