MIGUEL MAURA: LA REÚBLICA Y EN LO PRESENTE Y EN LO PORVENIR. LOS PLENOS PODERES. DIARIO EL SOL, 25 DE JUNIO DE 1936
MIGUEL MAURA: LA REÚBLICA Y EN LO PRESENTE Y EN LO PORVENIR. LOS PLENOS PODERES. DIARIO EL SOL, 25 DE JUNIO DE 1936
LA REPÚBLICA EN LO PRESENTE Y EN LO POR VENIR
LOS PLENOS PODERES
Por MIGUEL MAURA
Sería igualmente lamentable y pernicioso negarnos a reconocer la realidad y contemporizar con el mal presente poniendo una vez más en práctica el sistema tan español de "ir tirando", como desnaturalizar el remedio reduciéndolo en su dimensión y en su alcance y perdiendo así la ocasión postrera de nacionalizar el régimen republicano a través de la obra de un Gobierno de esa composición y carácter.
Síntomas claros hay de que ambas cosas son posibles. De un lado oímos a diario en las esferas de gobierno la afirmación de que nada pasa de extraordinario ni de anormal en España, de que nada aconseja siquiera un cambio de orientación en su política, de que bastan unos telegramas circulares a los gobernadores ordenándoles que despierten de su letargo para que la paz renazca; como si semejantes sablazos en el agua tuvieran ya la virtud de amedrentar y corregir a nadie. De otra parte surge en los comentarios políticos y de Prensa en las últimas semanas el propósito, atribuido no se sabe a quién, de que las Cortes otorguen a este o a otro Gobierno del Frente Popular plenos poderes para desarrollar el programa prescindiendo del Parlamento.
Con sobrada razón fue el Gobierno mismo quien puso fin a tales comentarios afirmando que ni puede pedir esos poderes ni, según él asegura, los necesita. Para justificar lo primero basta considerar la naturaleza y origen del Gobierno y de las Cortes y pasar la vista por el artículo 61 de la Constitución. El Frente Popular, mientras permanezca vivo y entero, al menos en apariencia, sólo puede desenvolver su actuación dentro de las Cortes y a través de sus votos. El día en que no pueda ser así, el Frente Popular habrá pasado a la Historia.
Se da la paradoja de que el colapso en la vida constitucional y parlamentaria, tan patente que mueve a gentes de todos matices políticos a poner su esperanza en remedios extraordinarios, sobreviene en ocasión en que las apariencias dan a las Cortes un valor de autenticidad perfecta dentro de las reglas del sistema parlamentario. Nunca como el 16 de febrero votó el cuerpo electoral con mayor conocimiento de causa y de las consecuencias que su voto traería aparejadas. El Frente Popular lo solicitó de los electores para desarrollar un programa de gobierno perfectamente articulado, en el que se detallaban con escrupulosidad rara vez igualada todos los temas que habían de ser abordados y resueltos en caso de triunfo, y por su parte las derechas basaron su propaganda en la afirmación, un tanto torpe, de que el triunfo del adversario sería la revolución. Los electores dieron el triunfo, por escasa mayoría de votantes, al Frente Popular, y éste tomó el Poder para desarrollar su programa a través de un Gobierno exclusivamente republicano, según rezaba el programa mismo. Y en eso estamos. No cabe mayor normalidad en el desarrollo externo y formal de los acontecimientos, y sin embargo, es ahora, en esta ocasión, cuando al parecer surge el tropiezo que hace tambalearse a la institución parlamentaria y pone en entredicho la eficacia de todo el sistema político vigente.
Y es que una vez más la realidad se impone con fuerza inexorable, y la realidad de hoy es que, pese a los buenos propósitos del Gobierno e incluso a los deseos vehementes de los responsables de la dirección de las fuerzas obreristas, la indisciplina nacional es ya insoportable; el Poder público es ya impotente para dominarla; los bandos beligerantes —y ya son más de dos— se entregan al bárbaro deporte de la caza del hombre; las huelgas ilegales y las desobediencias patronales a los mandatos de la autoridad brotan con fertilidad tropical; la ruina irreparable de la economía y el colapso de la Hacienda del Estado se ven en proximidad aterradora, y por la derecha y por la izquierda del régimen, las fuerzas agrupadas, organizadas y armadas presionan al Estado, poniéndolo en punto de asfixia y anuncian su propósito de asaltarlo y derrocarlo, y todo esto acontece porque el Frente Popular, que fue un excelente instrumento electoral, no es ni puede ser un instrumento de gobierno, porque es una amalgama, además de híbrida, explosiva y destructora de la paz y de la riqueza del país. Viniendo el mal de donde viene, nada remediaría esa solución de los plenos poderes que algunos preconizan.
La decisión de abandonar el camino real de la legalidad constitucional —dentro de la que no es posible arbitrar semejantes poderes— para tomar el atajo de la anormalidad que salve el agobio de la hora presente requiere plena justificación de la imposibilidad material de seguir la ruta legal sin gravísimo daño para el interés público, y además, la firme decisión de buscar y hallar en el nuevo derrotero remedio efectivo a todos los vicios del sistema que se abandona. Sin uno y otro requisito cabalmente cumplidos se corre el riesgo de acrecentar el daño, gastando en balde y desacreditando para siempre el recurso supremo al que se apela en última instancia.
La justificación de una medida de naturaleza tan excepcional como la que suponen los plenos poderes de que se habla, lo mismo que el Gobierno dictatorial que yo preconizo, no puede ser otra que la notoria y probada incapacidad del órgano creado por el sufragio popular para desarrollar el programa que votó, o sea el fracaso del Frente Popular como instrumento de gobierno, porque ese fracaso cancela el resultado electoral y releva a los órganos del régimen de la obligación democrática de respe...
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LOS PLENOS PODERES
Por MIGUEL MAURA
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tarlo. Mientras ese fracaso no sobrevenga, mientras el Frente Popular subsista —y su duración perniciosa y abusiva es de la responsabilidad exclusiva de los partidos que lo integran—, no se puede hablar ni de plenos poderes ni de dictadura. El respeto que todos debemos a la voluntad popular nos lo impide. El pleito puede, y a mi juicio debe, quedar planteado al tiempo de quebrarse, con quiebra sin añadidura posible, el Frente Popular, y con él la mayoría de estas Cortes, porque sólo entonces podrá tener plena justificación lo excepcional e insólito de la medida.
Cualquier republicano sincero que de veras ame y defienda al régimen habrá de reconocer en estos momentos, aun cuando no lo proclame, aun cuando diga públicamente lo contrario, que la República no puede subsistir si ha de continuar por los derroteros que le traza la política del Frente Popular, tal como ella se practica y entiende. Hoy, la República no es otra cosa que el instrumento —quiero creer que inconsciente— de la parte exaltada y revolucionaria de la masa proletaria, que al socaire del sistema democrático y liberal y de la ceguera de algunos hombres representativos de los partidos republicanos prepara con prolija minuciosidad el asalto al Poder y el exterminio de la organización social capitalista y burguesa.
Cuando esa preparación esté ultimada, cuando la ruina de la grande y pequeña burguesía sea un hecho consumado a través de huelgas y perturbaciones; cuando los órganos coactivos del Estado, enervados por la pasividad que se les impone ante el agravio, pierdan su eficacia o se relajen, habrá sonado la hora decisiva, y entonces, en forma casi incruenta, suavemente, el asalto a la fortaleza quedará consumado.
Que esto no es afirmación caprichosa y vana, que éste es su propósito, nos lo dicen ellos mismos en sus propagandas, en la Prensa y en los actos públicos. No se perdona medio de elevar la tensión revolucionaria de la masa proletaria, haciéndole promesas de un triunfo rápido y total sobre el régimen burgués y anunciando en artículos y discursos la intención de pasar por encima del Estado democrático —al que hoy adulan y en el cual se amparan— para instaurar la dictadura del proletariado.
Por desgracia, la República se apoya hoy tan sólo en esas fuerzas obreras, porque en la política al uso quien no es marxista puro y exaltado es considerado y tratado como fascista, si no por el Gobierno mismo, por sus agentes y delegados subalternos, al servicio directo de las masas populares. República de nombre y de apariencia externa burguesa; pero de hecho, República de clase, que tiene enfrente, desviada de su servicio y de su apoyo, a toda la clase opuesta, a la burguesía media y alta, que cuantitativamente representa por lo menos la mitad de España, y cualitativamente, el único asiento posible del sistema político y social que la República misma dice representar.
Las cárceles rurales y provinciales están hoy pobladas de ciudadanos adscritos desde el advenimiento del régimen a partidos republicanos, culpados de fascistas y privados de la libertad, a instancias de los dirigentes de las Casas del Pueblo, por el delito de haberse dejado arruinar con exacciones absolutamente arbitrarias e ilegales, impuestas por los organismos rojos, y verse ya en la ruina y por tanto en la imposibilidad material de seguir pagándolas. Las Asociaciones patronales que por juzgar ruinosas las reclamaciones de sus obreros inician la defensa colectiva que la ley ampara y reglamenta son reputadas como fascistas, y no sólo se las priva de su derecho, sino que a gritos se pide su encarcelamiento y exfoliación como enemigos de la "democracia y de la República". Los republicanos que con más ahínco y mayor sacrificio personal colaboramos al advenimiento del régimen —mientras no pocos de los revolucionarios de hoy torpedeaban y ponían trabas a nuestra obra, al servicio clandestino del régimen caído—, somos fascistas y merecedores, como tales, del exterminio, porque no nos avenimos a presenciar impasibles el espectáculo del régimen entregado estúpidamente a quienes no tienen más designio que derrocarlo para sustituirlo por la anarquía.
Si la República ha de ser eso, la República está inexorablemente condenada a muerte próxima, a manos de esos mismos que hoy se dicen sus únicos defensores, o, lo que es más probable, a manos de la reacción opuesta, que aunando las voluntades de todas las víctimas del atropello y de la barbarie imperantes labora su organización y prepara en la clandestinidad sus cuadros de ataque y de asalto, sin que los castigos y persecuciones del Poder público sirvan para otra cosa que para aumentar el número de los fanáticos de la idea, como por propia experiencia saben, aun cuando parezca que lo han olvidado, los mismos promotores y dirigentes de la política del día.
Ante esta perspectiva que la realidad nos ofrece fácilmente se comprende la gravedad que encierra el pleito que se planteará fatalmente al sobrevenir el rompimiento del Frente Popular: o los republicanos todos —e incluyo en esta denominación a cuantos por la derecha y por la izquierda desean el mantenimiento del régimen republicano, aun cuando aspiren legítimamente a su evolución— se deciden a posponer los intereses de partido al interés supremo del régimen, y unidos se comprometen solemnemente a dar a la República la significación nacional que no ha logrado alcanzar desde su advenimiento, o se resignan a verla morir en las convulsiones de una guerra civil cruenta, cuyo desenlace sea la dictadura roja o la dictadura fascista, o más exactamente, la anarquía o los pronunciamientos. Quiero creer que no habrá en tal ocasión un solo republicano, un solo político, que no preste con fe y con entusiasmo su concurso.
¿Hay nada más humano que el derecho a la legítima defensa? ¿Puede alguien poner reparo al ejercicio por la República y sus servidores de ese derecho ante la agresión, encubierta o declarada, venga ella de donde viniere?
Un régimen que no se defiende no merece vivir; pero un régimen que se entrega pasivo y regocijado a sus adversarios declarados, además de merecer la muerte, merece el desprecio de la Historia. La República sabe que los enemigos la acechan, unos en la sombra y otros a la luz del día, entre elogios y zalamerías, pero con demostraciones públicas de sus propósitos revolucionarios. La República sabe que si al amparo de sus leyes democráticas, en momentos de pasión y merced a uniones circunstanciales y efímeras, logren unos u otros prevalecer, habrán muerto en España, a la vez, la República, las libertades y la democracia. La República sabe que si tal cosa acontece, España se verá asolada por calamidades aun desconocidas en su Historia, porque ninguno de sus adversarios está capacitado para asentar un régimen político y social humano y habitable. La República tiene contraído con los españoles, con todos los españoles, el compromiso solemne de regirlos y gobernarlos en Paz y con Justicia —ambas con mayúscula—, y no puede traicionar ese compromiso poniéndose al servicio de una parte de los españoles para ampararlos en la obra criminal de exterminar a los restantes. "La República es un régimen para hombres" —según hemos oído días atrás, en las Cortes, de labios autorizados—, y un régimen para hombres no puede envilecerse entregando, por miedo, los atributos de su poder a los más audaces de entre sus enemigos.
¿Qué republicano que lo sea de verdad puede negar la justicia de estas afirmaciones? Pues si es así, ninguno, desde el más alto al más humilde, cualquiera que sea el campo político en que esté emplazado, puede omitir su aportación personal a la obra apremiantísima de restaurar la confianza en el régimen de todos los ciudadanos, sin distinción de clases, sin más excepción que la de quienes, por ser profesionales de la revolución, serán siempre inadaptables a cualquier legalidad dentro del sistema social en que vivimos. La burguesía española ha perdido esa confianza, y un ambiente de incertidumbre y de congoja atenaza hoy el espíritu de todos los españoles que no quieren verse envueltos en el remolino de la barbarie anarquista.
El "todo menos esto", que es la última expresión de la repulsa a un estado de cosas y a una política, está hoy en los labios de la inmensa mayoría de las gentes, incluso de aquellas que por militar en las filas de los partidos de izquierda pusieron toda su ilusión en el triunfo del 16 de febrero.
Lo que no sea "esto" no puede ser otra cosa que la dictadura republicana, el Gobierno nacional de los hombres más aptos y capaces que tenga la República en sus cuadros, único Gobierno para el que es, más que lícito, obligado pedir esos plenos poderes de que se habla a nombre de la salvación de España, a cuyo servicio exclusivo ha de consagrarse.
(Exclusiva para ALPES. Reproducción reservada.)
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