El ¡Maura no! y el nacimiento de la izquierda española moderna (1)

9 enero, 2015


En tres entregas, repasaremos el desafío que planteó el terrorismo anarquista en la España de principios del siglo XX, la Semana Trágica, la formación del Bloque de Izquierdas y la estrategia del ¡Maura, no! Lo que vino luego la caída de Antonio Maura y el final del proyecto democratizador del régimen constitucional español. Fue el nacimiento de la izquierda moderna de nuestro país. De La política pura. Vida de Antonio Maura, Gota a Gota, Madrid, 2013.


El terrorismo anarquista

Cuando Joaquín Artal le clavó un cuchillo en el pecho, en Barcelona, el 12 de abril de 1904, Maura se sacó el arma de la herida y entró a pie a la Diputación donde el médico del Rey le curó. Antes de eso, encargó que pusieran al tanto a José Sánchez Guerra en Madrid, para que este le transmitiera la noticia a Constanza Gamazo.[1] El atentado de 1904 continuaba el del anarquista Angiolillo contra Cánovas. Quienes estuvieron detrás del asesinato de Cánovas buscaban una acción que acabara con la autoridad de España en Cuba y provocara la crisis de la Monarquía constitucional. El primer atentado contra Maura, por su parte, parece haber sido fruto de una frustración personal. Artal quería ser artista.[2] Aun así, pudo haber servido para bloquear la evolución de la Monarquía constitucional a otra parlamentaria. Desaparecido Maura, se habría desvanecido, al menos por el momento, la posibilidad de una transición ordenada. El 26 de abril, Maura volvió a sufrir otro atentado, esta vez en Alicante.[3]

Maura sabía a lo que se enfrentaba al plantarle cara al terrorismo: “La represión de los delitos anarquistas engendra la represalia, engendra el odio, renueva el delito; de modo que el terrorista es el ministro de la Gobernación, y el imprudente, el Gobierno.” Esta inversión de los papeles, con la que tantas veces han tenido que lidiar los gobiernos democráticos en la lucha contra el terrorismo, no le impediría, sin embargo, enfrentarse al terror. “El Poder público –dijo en el mismo discurso de 1908- no puede pedir permiso a los delincuentes para existir, y si surgen represalias o peligra la vida es igual. El que no tiene hecho el holocausto de su vida en aras del deber podrá ser súbdito y manejar la rueca o la pluma, pero es indigno de ejercer autoridad.”[4]

La primera gran oleada de terrorismo fue protagonizada por los nihilistas rusos entre 1870 y 1885. Fue por entonces cuando algunos anarquistas hicieron suya la teoría de la “propaganda por el hecho”. Postulaba que la mejor forma de suscitar el levantamiento del pueblo no eran las ideas. La mejor forma de movilización era la acción violenta.[5] La idea tardó algún tiempo en prender, pero la lanzó un criminal francés, de sobrenombre Ravachol, que hizo estallar varias bombas y denunciar así la represión del Estado. El ciclo que inició Ravachol culminó con el asesinato del presidente francés Sidi Carnot por un anarquista italiano, Sante Caserio, en 1894. (El atentado de Artal contra Maura fue un calco del de Caserio contra Carnot.)

El anarquismo se ensañaba en España, y muy en particular en Andalucía, desde los años ochenta. Los atentados en Barcelona empezaron en 1892, con un muerto por bomba en la Plaza Real. Vino luego el atentado de Paulino Pallás contra el general Martínez Campos, en el que cayó asesinado un policía. Para vengar la ejecución de Pallás, que había actuado con el apoyo de una red internacional, un amigo suyo, Santiago Salvador, lanzó dos bombas sobre el patio de butacas del Teatro del Liceo. En total, Salvador mató a 22 personas e hirió a más de cincuenta. Nunca se había cometido un atentado tan bestial y la repercusión en todo el mundo galvanizó a algunos círculos anarquistas, que olvidaron el mínimo resto de humanidad que tal vez les quedaba todavía. La deriva –del atentado personal a la violencia indiscriminada- quedó confirmada con el atentado de la calle Cambios Nuevos (Canvis Nous), cuando estalló otra bomba al paso de la procesión del Corpus Christi. Causó la muerte a doce personas, con otras 60 heridas.

La policía, desconcertada y poco preparada, detuvo a centenares de personas que fueron encerrados en el Castillo de Montjuic. Muchos de ellos sufrieron torturas que dieron lugar a campañas de denuncia y sirvieron de pretexto a más violencia, en particular al asesinato de Cánovas, a quien los anarquistas consideraban responsable de los crímenes de Montjuic, el auténtico “terrorista” como diría Maura después. Sagasta, en 1894, había promulgado una ley de represión. Establecía la pena de muerte para los atentados con explosivos que resultaran en muertes o lesiones, y disolución de las asociaciones que facilitaran la comisión de atentados, por ejemplo. La crueldad del atentado de la calle Cambios Nuevos llevó a Cánovas, en 1896, a rectificar esta ley. Los delitos terroristas pasaban a jurisdicción militar y el gobierno se atribuía la competencia de cerrar periódicos, centros anarquistas de movilización, reunión y propaganda. También podría expulsar de España a quienes difundieran ideas anarquistas o formaran parte de grupos que facilitaran los atentados.[6] La ley tenía plazo de caducidad, hasta 1899, aunque las Cortes la prorrogaron un año más.

Entre tanto, y seguramente a consecuencia tanto del horror que causaron los propios atentados como del miedo a la represión, la violencia anarquista parecía haber desaparecido. No fue así. Hubo tres atentados con bomba en 1903, ocho en 1904 (primer gobierno Maura), cuatro en 1905, doce en 1906 y 16 en 1907 (inicio del segundo gobierno Maura).[7] La policía de Barcelona, la ciudad en la que se cebaron los terroristas, no estaba preparada para reprimir ni prevenir aquella oleada. Los gobiernos, sin embargo, no reaccionaron como las medidas de la década anterior tal vez dejaban esperar. Al contrario. Las torturas se habían acabado después del descrédito que había traído el proceso de Montjuic. En 1904, el gobierno Maura indultó a los presos por los crímenes de Alcalá del Valle. Estaba claro -para quien quisiera verlo- que Maura se inclinaba por un tratamiento humano y compasivo en la lucha contra el terrorismo. El indulto no evitó que Alfonso XIII fuera atacado en París. Luego vino el atentado contra la comitiva de la boda de los Reyes en Madrid. Tras haber asesinado a 23 personas, Morral se suicidó, pero Francisco Ferrer Guardia, que había colaborado con el asesino, fue absuelto por el gobierno liberal y quienes habían ayudado a Morral a huir fueron absueltos, a su vez, en 1908, por el nuevo gobierno de Maura.

Crecía, sin embargo, la sensación de que la nueva ofensiva terrorista requería respuestas que la atajaran. La reunión de Cartagena, en 1907, se organizó en las aguas del puerto murciano para evitar que el rey Eduardo VII pudiera sufrir algún atentado en suelo español. El 1 de febrero de 1908 fueron asesinados en Lisboa don Carlos I, Rey de Portugal, y su hijo el infante Luis Felipe, de 21 años. Ante estos hechos y la situación en Barcelona -donde estallaron dos bombas en marzo de ese mismo año, con ocasión de la visita de Alfonso XIII a la escuadra austríaca atracada en el puerto- el gobierno Maura suspendió las garantías constitucionales en la capital catalana, un recurso bastante común en la época. No resultaba satisfactorio porque era una medida limitada en el tiempo y, sobre todo, porque constituía una confesión de impotencia por parte del gobierno, justo cuando los nacionalistas, que Maura quería atraerse a su proyecto, demandaban medidas consistentes. Maura debía demostrar que el gobierno central no había abandonado Barcelona al terror.[8]


La legislación contra el terrorismo


La siguiente línea de actuación –descartada la tortura y la presión sobre los tribunales, como ha señalado Joaquín Romero Maura- era profesionalizar, modernizar y reforzar la policía en Cataluña, algo de lo que se ocupó Juan de la Cierva en colaboración con Ángel Ossorio y Gallardo, que fue nombrado gobernador de Barcelona.[9] Aquella tarea requería unos plazos demasiado largos. Por eso en mayo el gobierno presentó ante el Senado un proyecto de ley para la represión del terrorismo que retomaba algunos aspectos de la ley de 1896. No se volvía a la jurisdicción militar, pero sí a la posibilidad de censurar las manifestaciones anarquistas y expulsar a los activistas. El texto, de hecho, podía ser interpretado como una amenaza contra cualquier partido revolucionario o ajeno al sistema, como el socialista o –en teoría al menos- los republicanos. En la tramitación de la ley en el Senado se agravaron los términos: el Gobierno podría prohibir la publicación de noticias sobre terrorismo y podía establecer juntas territoriales autorizadas para cerrar centros, periódicos e incluso expulsar a personas del país.[10] Para enfrentarse al terrorismo, dar satisfacción al nacionalismo y no caer en las arbitrariedades policiales o judiciales, el gobierno se reservaba un margen amplio de discrecionalidad.[11] Era un proyecto arriesgado, en el que Maura se jugaba su credibilidad.

En vista de la gravedad de la situación, Maura esperaba que las oposiciones dinásticas adoptaran con este proyecto una actitud similar a la que él había mantenido ante la Ley de Jurisdicciones del gobierno liberal de Moret. No le parecía bien, pero la había respaldado por sentido de la responsabilidad. Maura, por otra parte, pensaba que el terrorismo anarquista constituía una novedad por cuanto que sus ideas constituían de por sí una incitación a la violencia: entre la formulación del concepto y la violencia política no había nada. Esta idea intentaba justificar la dureza de la ley.

La oposición de republicanos y socialistas estaba asegurada: Pablo Iglesias, que –como ha explicado Juan Avilés- encontró en la ley un pretexto para equiparar la Monarquía constitucional española a la autocracia rusa, dijo: “Seremos terroristas”.[12] Sobre todo, se opuso buena parte de la prensa, que vio en la Ley un instrumento para imponer la censura previa y obligarle a limitarse a publicar la versión oficial de la actualidad. El 4 de mayo la sede de El Liberal, en Madrid, acogió una reunión en la que los directores de casi todos los diarios madrileños –incluidos los de ABC y La Correspondencia de España mostraron su posición en contra y formaron un “comité de defensa”. A partir de ahí iniciaron una campaña de oposición al proyecto.[13]

El enfrentamiento venía de lejos. Rafael Gasset, que se había integrado en el primer gobierno de Silvela, no había encontrado su sitio en el proyecto de reconstrucción del conservadurismo. Gasset se aproximó al Partido Liberal y su periódico, El Imparcial, fue tomando posiciones de izquierdas. Por su parte, Maura, cuando fue ministro de Gobernación en el gobierno Silvela de 1902, se había negado a subvencionar a la prensa con lo que se llamó el “fondo de reptiles” a disposición de la autoridad gubernativa. Maura siempre pareció despreciar la prensa, como si fuera más una forma de manipulación de la opinión pública que el espacio de debate donde se da forma, se instruye y se refleja la opinión pública.

La prensa de izquierdas le correspondió siempre con una animadversión implacable. El caso Nozaleda aclaró las posiciones respectivas. Miguel Moya, director de El Liberal –de Madrid- y presidente de una sociedad que agrupaba a otras cuatro cabeceras del Liberal en otras tantas capitales, fue de los que más se distinguió en la campaña contra la decisión de Maura. En 1906, Moya y su sociedad editora decidieron ampliar su empresa y asociarse con los diarios nacionales de Madrid. Se trataba de abaratar costes, en particular del papel, y también de aumentar la influencia política. A El Liberal se unió El Imparcial, de la familia Gasset. Moya compró El Heraldo de Madrid a Canalejas gracias a un millón y medio de pesetas que consiguió por intermedio de Juan de la Cierva.[14] El grupo, llamado Sociedad Editorial de España (SEDE) se constituyó en mayo de 1906. Quedaron fuera ABC, fundado hacía poco tiempo, y La Correspondencia de España, que publicó durante varios años en la primera plana una frase que alcanzó gran popularidad: “Este periódico no pertenece al Trust”.[15]

El Trust, como fue conocido, lanzó su primera campaña contra Maura a comienzos de 1907.[16] En un momento en que los periódicos estaban en pleno cambio, precisamente por la democratización de los sistemas políticos y los adelantos técnicos que permitían tiradas hasta ahí impensables, el enfrentamiento con Maura garantizaba un gran espectáculo. El proyecto de evitar la promulgación de la Ley antiterrorista fue asumido como un objetivo irrenunciable. Fue en este círculo donde nació el slogan de ¡Maura, no!

El ¡Maura, no! plasmaba el sentido de una campaña que, aunque fuera con dureza inédita hasta ahí, podía haberse limitado a una cuestión general, de orden político. El slogan centraba el objetivo de la campaña, pero no en la simple oposición a una ley, o incluso a un gobierno, sino en un nombre, el del presidente del Gobierno, al que se convertía en una caricatura. Maura se convertía definitivamente en el figurón reaccionario, ultramontano, clerical, represor hasta la brutalidad…también corrupto, con ocasión de los escándalos promovidos con ocasión del episodio del Canal de Isabel II y las concesiones hechas a las empresas encargadas de las construcciones previstas en la Ley de la Escuadra. No había límites con tal de conseguir los objetivos de la campaña.

Más allá de la retirada de la ley, el ¡Maura, no! ofrecía la oportunidad de simplificar los mensajes y conseguir la penetración comercial en la opinión pública. También empezó pronto a tener efectos políticos. Las campañas del trust contra Maura consiguieron, efectivamente, unir a una oposición de izquierdas desconcertada por la consistencia de las fuerzas políticas que apoyaban al gobierno conservador. Desde la Institución Libre de Enseñanza, donde se consideraba al gobierno de Maura la encarnación de “la pedantería, la procacidad y la ignorancia”, presionaron sin tregua a Moret para que acabara con Maura, sin para por las urnas, como así acabó ocurriendo.

El 9 de mayo de 1908 la Ley antiterrorista fue aprobada en el Senado. El Trust contestó el 28, con la organización en el Teatro de la Princesa, en Madrid, de una asamblea en la que intervinieron los republicanos Sol y Ortega, Azcárate y Melquíades Álvarez, además de dos liberales monárquicos, Moret y Canalejas. En las Cortes, Maura comentó con sarcasmo el acto de unidad de los liberales monárquicos, herederos del Partido Liberal Fusionista de Sagasta, con los republicanos: “Es un éxito –dijo- para los monárquicos que ciertas minorías tengan un punto de mira común y se unan para constituir un organismo robusto, gobernante futuro. Esto, sin contar con la buena disposición que a todo monárquico ha de producirle que elementos radicales se presenten a colaborar a la obra de esas minorías, dentro, por su puesto, de este régimen.”[17] Es probable que ni el tono ni el lugar fuesen los adecuados para contrarrestar una campaña que se estaba desarrollando en la prensa y en la calle.

Viendo que se echaba encima el verano y la ley de Administración Local –el gran proyecto de su legislatura- se atascaba en el Congreso, Maura, por fin, decidió retirar la ley contra el terrorismo. (También parece haber intervenido el Rey, que no era partidario de la nueva legislación, tal vez por creerla contraproducente.[18]) El trust celebró su victoria con un banquete en homenaje a Moya. Según escribió Carlos Seco Serrano, este acto puede ser considerado el punto de partida del Bloque de Izquierdas.[19]


 


[1] Silió, César (1934): 95-96. El relato del propio Maura, en Maura, G. y Fernández Almagro, M. (1999): 62-63.

[2] Romero Maura, J. (2000): 22.

[3] Romero Maura, J. (2000): 22.

[4] Las dos citas, en Sevilla Andrés, D. (1954): 338. También, Maura, A. (1953a) 397.

[5] Avilés Farré, J. (2006): 21.

[6] Avilés Farré, J., en Pendás, B. (2009): 144.

[7] Avilés Farré, J., en Pendás, B. (2009): 145.

[8] Romero Maura, J. (2000): 61-62.


[9] Romero Maura, J. (2000): 64-66.

[10] Avilés Farré, J., en Pendás, B. (2009): 151-152.

[11] Romero Maura, J. (2000): 76.

[12] Avilés Farré, J., en Pendás, B. (2009): 154-155.

[13] Seco Serrano, C. (1995): I-136.

[14] Cierva, J. de la (1955): 76.

[15] Seco Serrano, C. (1995): I-136 y Gómez Aparicio, P. (1974): 243.

[16] Márquez Padorno, M. (2011): 694.

[17] Sevilla Andrés, D. (1954): 341.

[18] Avilés Farré, J., en Pendás, B. (2009): 157.

[19] Seco Serrano, C. (1995): I-136.



El ¡Maura no! y el nacimiento de la izquierda moderna española (2)




Esta es la segunda entrega (de tres) en las que estamos repasando el desafío que planteó el terrorismo anarquista en la España de principios del siglo XX, la Semana Trágica, la formación del Bloque de Izquierdas y la estrategia del ¡Maura no! Lo que vino luego la caída de Antonio Maura y el final del proyecto democratizador del régimen constitucional español. Fue el nacimiento de la izquierda moderna de nuestro país. De La política pura. Vida de Antonio Maura, Gota a Gota, Madrid, 2013.



El Bloque de izquierdas

Tras la muerte de Sagasta, el liderazgo del Partido Liberal había estado en liza entre diversas figuras, algunas de ellas de la etapa anterior, como Montero Ríos y Moret, y otras nuevas, de la generación de Maura, como Santiago Alba y Canalejas. En 1909, ninguna había conseguido todavía volver a fusionar el grupo. Canalejas, que era quien tenía una personalidad más acusada, mayor capacidad de liderazgo y un proyecto consistente de renovación, había creado su propia formación, el Partido Liberal Demócrata. Los grandes asuntos del momento tampoco habían servido para unir a los liberales. Más bien eran utilizados para que las diversas facciones ganaran influencia interna. Así pasó con el anticlericalismo a principios de siglo. Los dividía también la dificultad para dejar atrás el liberalismo ortodoxo y enfrentarse de una vez a los nuevos requerimientos sociales que los conservadores habían asumido ya a finales del siglo XIX. Les unía, en cambio, la querencia centralista. Se traducía en un discurso antinacionalista que no acababa de encontrar una articulación política clara porque los notables liberales se atenían, al mismo tiempo, a un funcionamiento interno propio de un partido de elites, sin dar el paso para construir un partido de masas, como estaba haciendo Lerroux y como parecía haber hecho Maura.


Les resultaba particularmente difícil, además, porque tenían que satisfacer al mismo tiempo a los caciques rurales, de los que dependía para formar mayorías, y a las clases medias y populares urbanas, que les estaban disputando los republicanos.[1] En esas condiciones, y ante la amenaza que suponía un Partido Conservador unido, con un líder indiscutible y unos instrumentos políticos nuevos –como la ley de Administración Local, se impuso el giro hacia la izquierda no dinástica. De por sí, este giro era consistente con la historia de la Monarquía constitucional. Cánovas y Sagasta (fundador del Partido Fusionista) se habían esforzado por integrar a la mayoría de los elementos ajenos a la Constitución, y en buena medida lo habían conseguido. Maura había hecho otro tanto con los integristas católicos y estaba ensayando la misma operación con los nacionalistas catalanes conservadores. El propio Maura recomendó a los liberales, aunque con el tono arrogante que sacaba de quicio a sus interlocutores, que se esforzaran por integrar a los elementos menos asilvestrados del republicanismo. Hicieron lo contrario. En vez de hacer confluir estas fuerzas hacia el centro del sistema y contribuir ellos mismos a consolidarlo mediante la organización de un partido moderno, un liderazgo fuerte y un programa consistente, prefirieron apoyarse en una izquierda ajena al sistema, que ni dejó de serlo ni abandonó su programa antimonárquico y anticonstitucional.

Lo que les había empezado a unir era, en realidad, la voluntad de imponer un veto a quien no perteneciera a sus propias filas. El ¡Maura, no! lo expresaba a la perfección. A finales de septiembre de 1908, liberales, demócratas (Canalejas) y republicanos marcharon reunidos por Recoletos y la Castellana madrileña, desde el Obelisco de la Plaza de la Lealtad hasta el monumento a Castelar, el republicano que se consideraba más conservador que la Monarquía constitucional de Cánovas y Sagasta. Todo fue paradójico aquel día, aunque estaban por llegar paradojas aún mayores. El 18 de noviembre, Moret consolidó el Bloque de izquierdas con un discurso en Zaragoza en el que apeló a los liberales, a los republicanos (“nuestros afines”), a los “elementos sociales (…) que trabajan”, a los jóvenes (“que nos creen a los partidos políticos autores de todos los males”) en un frente común contra “el peligro”.[2] La campaña contra Maura estaba en marcha. Estaba naciendo la izquierda española moderna. Era la antítesis de la izquierda de Sagasta, la que había permitido fundar la Monarquía constitucional en el consenso y el respeto a las instituciones.


Revolución en Barcelona. La Semana Trágica


Una vez cerradas las Cortes, y después de adelantar en todo lo posible la aprobación de la Ley de Administración Local, Maura se fue de veraneo al norte. Estuvo en Bilbao y luego en Santander. Las cartas de esos días, a primeros de agosto, no atestiguan una especial preocupación ni por la situación en Marruecos ni por la de Barcelona. En cuanto a Marruecos, Maura escribió al Rey que había puesto en conocimiento de Moret todo lo que el gobierno estaba haciendo allí y que este había manifestado su acuerdo.[3] Más tarde, Moret ratificó estas afirmaciones. Maura, por su parte, no tenía la menor intención de volver a Madrid, e incluso encargó al ministro de Estado el inicio de una negociación con una delegación enviada por el sultán de Marruecos.

Las cosas empezaron a cambiar por esos mismos días. Desde Marruecos, los mandos militares pidieron refuerzos y el día 11, en Barcelona, empezó a embarcar una brigada de reservistas que el 19 ya estaba en Marruecos. El 23, Maura decidió volver a Madrid. Habrá que tomarlo con paciencia, le dijo a un amigo.[4]

La movilización de reservistas se había producido después de que varios grupos de habitantes del Rif, en la zona próxima a Melilla, atacaran por su cuenta un ferrocarril minero español. Hubo cuatro muertos, todos ellos trabajadores del ferrocarril y pareció estar en peligro la ciudad de Melilla. Maura pensaba que el interés estratégico de España consistía en salvaguardar las ciudades españolas, controlar el territorio que le había sido entregado en custodia en los acuerdos diplomáticos de Cartagena y contribuir a estabilizar la posición –no muy sólida- del Sultán. España estaba en Marruecos porque así lo requería su posición geográfica: el control de esa franja del norte de Marruecos era la clave de la integridad territorial de España. No había más. Maura sentía aversión por cualquier aventura marroquí. Sabía que el ejército español no tenía medios para hacer una política imperialista ni de defensa de intereses económicos particulares, en el norte de África. Las recomendaciones del gobierno al general Juan Marina, un militar veterano y experimentado, fueron terminantes: no había que iniciar ninguna operación de represalia. El envío de tropas estaba encaminado a garantizar la seguridad de las posiciones españolas, en particular la defensa de Melilla.

Esta posición no le iba a ahorrar problemas. El gobierno dio la orden de que prosiguieran los trabajos mineros interrumpidos por los ataques, por lo que las tropas tendrían más motivos para intervenir ante un ataque probable. Un destacamento cayó en una emboscada en el Barranco del Lobo. Se intentó una retirada sin apoyo artillero, que degeneró en una matanza, y por fin el general Marina, con el apoyo de la artillería, consiguió sacar los españoles de la encerrona. Fue el preludio del “desastre” del Barranco el Lobo, donde murieron centenares de soldados españoles en los mismos días en que estallaban los disturbios en Barcelona.[5]

Estaba próximo el recuerdo de la Guerra de Cuba, y toda la izquierda ajena al sistema, desde los anarquistas a los republicanos pasando por los socialistas, se apoyó en él para acusar a Maura de sacrificar vidas españolas a un plan imperialista, destinado a satisfacer las ansias económicas de una oligarquía con intereses en la explotación minera del norte de África. Pablo Iglesias, el líder del Partido Socialista, llegó a decir que “los moros tienen razón en cuanto hacen. (…) Eso que (Maura) ha dicho de que bombardeamos a los moros para defender a cuatro obreros asesinados es una ofensa que se nos hace, porque jamás se ha ocupado Maura de defender a los obreros. Se han violado las leyes de la guerra lanzando una lluvia de granadas sobre poblados en que había mujeres, niños y enfermos. Este proceder es bárbaro e infame. ¿Se extrañará alguien de que cualquier ciudadano, al tener que dejar en su casa mujer e hijos para ir a la guerra, en vez de hacer eso, clavase un puñal en alguno de nuestros representantes políticos? Si hubiera alguien que hiciera lo que he dicho, yo lo aplaudiría (…) (…) y si vienen los atropellos y hubiese que usar las armas, no se tire abajo: tírese arriba.”[6]

Maura, por su parte, pensó que su posición contraria a cualquier aventura bélica en Marruecos era suficientemente conocida y que no requería más explicaciones ante la opinión pública.[7] A pesar de conocer el peligro, su gobierno había autorizado las explotaciones mineras cerca de Melilla, y pidió el crédito para reforzar la guarnición de Melilla una vez cerradas las Cortes.[8] El gobierno no tenía el respaldo de ninguno de los grupos políticos que contaban en la vida barcelonesa, ni siquiera el de sus amigos en la tramitación de la Ley de Administración Local, los nacionalistas de derechas. Cambó, que era el más próximo al gobierno, se marchó de excursión a los países bálticos.[9] El ministro de Defensa, el general Linares, fue a elegir precisamente Barcelona como lugar de embarque de las tropas. No eran soldados profesionales. Eran tropas de reemplazo, reservistas del año 1903, con poca experiencia, bastantes de ellos casados y con hijos pequeños. Había otras opciones, pero se descartaron.[10] El gobierno quería promulgar el servicio militar obligatorio para acabar con la injusticia de la redención a metálico. Sin embargo, mandaba a aquellos hombres a una carnicería, de juzgarse por las noticias que llegaban de Marruecos.

El embarque de los reservistas provocó la movilización del Partido Socialista contra la guerra y la convocatoria de los delegados de las asociaciones obreras por el sindicato anarquista Solidaridad Obrera, germen de la futura CNT, el 23 de julio. Socialistas y sindicalistas aspiraban a paralizar la salida de las tropas, con lo que el ejército español en Marruecos habría quedado abandonado a su suerte. Quedó formado un comité de huelga en el que participaban un miembro de la propia Solidaridad, otro del Partido Socialista y otro por los anarquistas. Los republicanos radicales prestaron su apoyo desde fuera, sin comprometerse demasiado. El lunes 26 estalló el movimiento, que en muy poco tiempo paralizó Barcelona.[11] Ossorio y Gallardo, el gobernador civil, mantenía un prolongado contencioso con el ministro de la Gobernación Juan de la Cierva a cuenta del orden público y la organización de la policía. Dimitió en desacuerdo con la declaración de estado de sitio en la ciudad. Se hizo cargo de la situación el capitán general, Luis de Santiago, que se comunicaba con Madrid por el único medio que los sublevados habían olvidado de cortar: el cable telegráfico submarino que unía Barcelona con Palma de Mallorca. El gobierno suspendió las garantías constitucionales en el resto de España y sofocó los intentos de movimiento fuera de Barcelona y algunas ciudades de su cinturón. Barcelona quedó aislada. Las autoridades fueron incapaces de hacer frente al movimiento y la revuelta fue dueña de la ciudad durante cuatro días.

El martes 27 se levantaron las primeras barricadas y ese mismo día empezaron los incendios de edificios religiosos. Los revolucionarios incendiaron unas 80 iglesias y edificios religiosos: conventos, hospitales, asilos y sobre todo establecimientos de enseñanza. Hubo pocos ataques a edificios de otra índole, ni gubernamentales, ni fabriles, ni residenciales. De una forma espontánea y sin una dirección precisa, los revolucionarios cumplieron al mismo tiempo el programa anarquista que llevaba a exaltar la acción revolucionaria sin más perspectiva que la destrucción en sí misma, y el modelo anticlerical predicado por los republicanos radicales de Lerroux (quien, por su parte, se encontraba en de gira en Argentina). Lo primero llevaba a la violencia, lo segundo a ejercerla contra los símbolos y los edificios religiosos, equiparados a la materia ideológica y emocional de la que se alimentaba un sistema basado en la explotación de los obreros, las mujeres, los niños, los pequeños empresarios.[12]


La fiebre emancipadora causó algo más de 70 muertos. Terminó en cuanto las autoridades recibieron refuerzos. El jueves 29 empezó la retirada y el domingo todo se había acabado. Ese día se publicaron los periódicos y el lunes 2 de agosto los barceloneses volvieron al trabajo. Para Maura, las responsabilidades estaban claras, como dejó escrito en una carta a Eduardo Dato del mismo día 29 de julio: “republicanos (…), socialistas con plena intervención y dirección declarada de P. Iglesias, el de la legalidad, anarquistas”. No atribuía, como hacía Juan de la Cierva, ninguna responsabilidad a los nacionalistas, pero en otra carta un poco posterior (19 de agosto, también a Dato), precisaba el caldo de cultivo que había hecho posible la erupción y lo relacionaba con el ambiente nacionalista: “En Gerona y en gran parte de Barcelona, donde viene de tan antiguo la honda y total perturbación que formó piña de ácratas, canónigos, bandidos, fabricantes, nobles, carreteros, literatos y oradores, mientras se trató de protestar contra la Guerra, contra el Gobierno, contra Madrid, contra l’Estat, contra todo ese amasijo de cosas que, no siendo catalanas, sólo execración podían merecer… ¡Era la costumbre!”

De ahí Maura deducía una conclusión muy distinta de la habitual. Lo ocurrido en Barcelona en julio no era un movimiento de futuro, ni siquiera algo revolucionario. Era “un residuo purulento del pasado (…), vestigios de la tradicional política española,”[13] algo parecido a lo que en 1901 había llamado “la tupida y revieja maraña de la oligarquía”.[14] Había ocurrido lo que él había querido evitar con su política de integración de las fuerzas políticas catalanes en la nación española. Si seguían “organizadas en partidos locales”, el daño no se iba a remediar. Ni siquiera –dijo luego en las Cortes- “se iniciará la curación de esos males”.[15] Maura apuntaba a la necesidad de tener en cuenta el ensimismamiento nacionalista como una de las explicaciones de la radicalización de la política catalana, que había acabado desatando la violencia. También confiaba –volviendo a la carta a Dato- en que su propuesta de modernización y democratización había sido correctamente entendida, y esperaba en que la Nación (“casi entera”) estuviera “resuelta y declaradamente en contra” de todo aquello. Lo más importante, a partir de ahí, sería acabar con el conflicto militar en África con una “cumplida victoria” y terminar con la “acometida revolucionaria” mediante las “ejemplaridades necesarias”.[16]


Notas


[1] Romero Maura, J. (2000): 60.

[2] Maura, G. y Fernández Almagro, M. (1999): 112.

[3] Tusell, J. (1994): 111.

[4] Tusell, J. (1994): 112.

[5] Seco Serrano, C. (1995): I-270.

[6] Sevilla Andrés, D. (1954): 354.

[7] Romero Maura, J. (1989): 502.

[8] González, M. J. (1997): 311.

[9] Romero Maura, J. (1989): 504.

[10] Seco Serrano, C. (1995): I-144.

[11] Para un relato de la “Semana Trágica”, Connelly Ullmann, J. (1972): 343-505.

[12] Para un análisis del significado de la “Semana Trágica”, Romero Maura, J. (1989): 461-543.

[13] “La costumbre” y los “residuos”, en Seco Serrano, C. (1995): I-149.

[14] Costa. J. (1982): 12.

[15] Arranz Notario, L. (1996), 16.

[16] La nación “en contra” y las “ejemplaridades”, en Seco Serrano, C. (1995): I-149 y 148.




El ¡Maura no! y el nacimiento de la izquierda española moderna (3)


Esta es la tercera (y última) entrega del capítulo de la biografía de Antonio Maura que repasa el desafío del terrorismo anarquista en la España de principios del siglo XX, la Semana Trágica, la formación del Bloque de Izquierdas y la estrategia del ¡Maura no! Lo que vino luego la caída de Antonio Maura y el final del proyecto democratizador del régimen constitucional español. Fue el nacimiento de la izquierda moderna de nuestro país. De La política pura. Vida de Antonio Maura, Gota a Gota, Madrid, 2013.


El final de la democratización

Las tropas españolas sofocaron los movimientos de los rifeños con una victoria que puso fin a lo que se llamó la Guerra de Melilla. Lo ocurrido después en Marruecos responde a otra política, la que llevó a establecer un Protectorado español en la zona. Maura nunca estuvo del todo de acuerdo con ella.[1] En cuanto a las “ejemplaridades necesarias”, se procedió a detener a los sospechosos de participar en los acontecimientos de Barcelona. Fueron procesadas dos mil personas, de las que cuatro fueron condenadas a muerte. Más de doscientas fueron desterradas y hubo cerca de sesenta condenas a perpetuidad. No era un castigo cruel para lo que había ocurrido, pero entre los cuatro condenados y ejecutados estaba Francisco Ferrer Guardia, el mismo que, según se sospechaba y luego se ha sabido, participó en la preparación del atentado de Mateo Morral contra la comitiva real en Madrid, en 1906.[2]


Ferrer había vivido mucho tiempo en Francia y tenía excelentes contactos con la red de anarquistas europeos. Su habilidad para vivir de las mujeres le había llevado a hacerse con una fortuna respetable. Eso le convirtió en un caso raro, un anarquista con dinero propio. Cuando volvió a España y se instaló cerca de Barcelona, se convirtió en uno de los ideólogos del anarquismo local. Su doctrina, como ya hemos visto, no era particularmente sofisticada. Ferrer estaba obsesionado con la revolución, que se justificaba por sí misma. Había que hacer la revolución por la revolución. Imaginó un plan según el cual unos cuantos terroristas suicidas debían provocar con explosivos el mayor daño posible a la población. Aquel acto de sacrificio les llevaría a ellos, a la honra eterna, y a las masas, a la revolución, que para Ferrer pasaba obligadamente por la proclamación de la República. Una vez hecho eso, ya se vería.[3]

Con su dinero, Ferrer financió algunos atentados, y también la red de centros de enseñanza que él mismo fundó. El nombre de la Escuela Moderna intentaba disimular en lo posible, todo ante los padres que llevaban allí a sus hijos, el auténtico objetivo del establecimiento. No era otro que formar terroristas anarquistas que llevaran a cabo los planes del fundador. (Como es natural, el gobierno cerró las sucursales de la Escuela Moderna después de lo ocurrido en 1909.) Ferrer había sido visto en Barcelona durante los primeros momentos de la sublevación. Luego se escondió en su masía, y fue detenida en las proximidades al poco tiempo. Sobre él pesaba la condena general de la opinión española. Poca gente rechistó cuando Ferrer fue condenado a muerte y fusilado en Montjuic el 13 de octubre de 1909.

No pasó lo mismo con la opinión extranjera, que no tenía tan claros los antecedentes de Ferrer. En realidad, Ferrer había sido condenado sin pruebas concluyentes. Sin duda había sido instigador de lo ocurrido, pero su participación en la sublevación fue mínima, por no decir inexistente. Ferrer había sido indultado cuando era culpable y ahora que no lo era, se le fusilaba.[4] Los contactos internacionales de Ferrer se movilizaron. Empezaron una gigantesca campaña de propaganda para conseguir el indulto. Maura no había querido intervenir en el proceso ni en sus resultados y no hizo caso. La campaña no iba a bajar tras la ejecución. Maura lo supo de primera mano cuando se presentó en Madrid su propio hijo Gabriel. Gabriel había llegado de París de urgencia, despachado por el embajador español León y Castillo para avisar a su padre de la gravedad de lo que se le venía encima.[5] Con la seguridad, tan propiamente suya, de que la adversidad hace crecerse a quien se enfrenta a ella con la justicia y la razón de su parte (algo dudoso en este caso), dejó pasar la ocasión de proponer al Rey el indulto. Consultó el caso con Moret, el jefe del Partido Liberal, y este no puso ninguna objeción.[6]

Las Cortes habían permanecido cerradas el verano a causa de la suspensión de garantías. No había ninguna obligación de abrirlas en un momento tan crítico, pero Maura se empeñó en que se abrieran para informar él mismo de lo ocurrido. Así se hizo el día 14 de octubre, un día después de la ejecución de Ferrer. Como había previsto el embajador en París, la campaña contra la ejecución había alcanzado proporciones gigantescas en Italia, en Francia y en Bélgica, en Gran Bretaña. Desempolvó todos los lugares comunes, tan melodramáticos y seductores, de la España inquisitorial. En España habían informado de ella, con gran despliegue de medios, los periódicos del Trust. El 6 de octubre Galdós, en la primera plana de El Imparcial, habló de “la mayor barbarie política que hemos sufrido desde el aborrecido Fernando VII”[7] y el día anterior a la apertura de las Cortes un conocido médico republicano, el doctor Luis Simarro, dio una conferencia en el Ateneo en la que responsabilizó a Maura de la campaña contra España que se estaba desarrollando en el resto de Europa…[8]

Una vez elegido Eduardo Dato para la Presidencia del Congreso, se abrió el debate el día 18. Empezó a las cuatro de la tarde y terminó cerca de las siete y media. A nadie se le ocultaba que iba a ser un debate trascendental, aunque nadie, probablemente, se figuró su auténtico alcance. Con elegancia y dignidad en la forma, Moret manifestó su nostalgia de la concordia que una vez rigió las relaciones entre los conservadores y los liberales y que, efectivamente, se había ido rompiendo desde principios de siglo. Lo ocurrido en el verano y en particular la Semana Trágica –Moret siempre trataba con delicadeza a los militares- había roto lo que hoy llamaríamos consenso. El gobierno conservador, como demostraba la campaña de agitación, se había convertido en un peligro para el país.[9] En esas circunstancias, el Partido Liberal no podía otorgar su confianza a los conservadores y solicitaba que Maura dimitiera y se formara un gobierno conservador sin Maura ni La Cierva.[10]

Maura contestó con un largo relato de la gestión del gobierno en el frente de Melilla y en los sucesos de Barcelona. Se centró luego en la acusación central de Moret, que retomaba los temas de fondo de la campaña contra Maura desarrollada por el Bloque de Izquierdas. Maura insistió en que la mayoría parlamentaria le sostenía, a él y a su gobierno. Defendió el carácter democrático de su política conservadora y contraatacó acusando a la oposición de continuar la tradición de pronunciamiento y revolución que había obstaculizado y falsificado la gran obra del liberalismo español durante un siglo. “(Es) una obra conservadora –dijo- la integración de las fuerzas sociales en la realidad de las leyes políticas que habían votado los liberales. A eso se ha contestado desde la izquierda con la tradición de los movimientos revolucionarios y la apelación a la fuerza, con toda la ponzoña histórica, que deshonra las crónicas del siglo XIX.”[11]

Los términos del debate quedaron aclarados en la tarde del día siguiente, 19 de octubre, cuando Moret y Maura volvieron a enfrentarse en sus réplicas. Moret, entonces, se reafirmó en la crítica al gobierno por su política militar en Marruecos y por la represión de los hechos de Barcelona. Ahora bien, este ataque no desembocaba en la petición de elecciones. Lo que Moret quería no era eso. Su verdadero interlocutor ya no era Maura, sino el Rey, al que Moret apelaba allí mismo para que interviniera y retirara la confianza a Maura. Maura replicó que estaban en vísperas de unas elecciones municipales, donde se podrían dirimir el apoyo del gobierno ante el electorado. Y en vista de la argumentación de Moret, que recurría a las mismas afirmaciones que hacía la campaña contra él y a favor de Ferrer, concluyó que quedaba claro que en pleno ataque de las fuerzas ajenas al sistema, el Partido Liberal abandonaba al gobierno conservador. “Eso añadió- queda registrado para el porvenir.”[12]

La última intervención de Moret dejó bien claro que descartaba el recurso a las elecciones. Argumentaba su posición insistiendo en que el voto no traducía fielmente el estado de la opinión pública. (Ya Maura había contestado a esto, diciendo que, aunque las elecciones no fueran totalmente limpias, aquel era un proceso en marcha: nadie podía discutir la autoridad de unas elecciones.) “Dejemos, pues, tranquilos los derechos electorales –dijo Moret-; nosotros en las condiciones actuales no podemos aceptar más que lo que resulta de nuestros razonamientos y de nuestras discusiones.”[13]

Las posiciones estaban por tanto bien claras: la izquierda apelaba al poder real, mientras que Maura y los conservadores apelaban a las elecciones y al ejercicio de la democracia. El día 20, Maura acudió al Palacio Real para despachar con Alfonso XIII. Expuso al Rey la gravedad de la situación y le dio cuenta, como había hecho en las Cortes, del desgaste sufrido. En unas semanas quedarían aprobadas las leyes fiscales y de presupuestos, así como las de interés nacional. Maura desaconsejaba un cambio de gobierno en circunstancias tan tempestuosas. El Rey mostró su acuerdo y Maura pudo decir a los periodistas reunidos a la salida que no había “vacante”.[14]

El debate parlamentario continuó, sin embargo, y esa misma tarde enfrentó a Moret con La Cierva. La Cierva se dejó llevar por su carácter irritable y puntilloso. Para responder a Moret se remontó al atentado de Morral, y llegó a sugerir una supuesta complicidad de los liberales.[15] El escándalo fue mayúsculo. Los liberales acusaron a La Cierva (y a Maura) de empujarlos al republicanismo y la sesión acabó con gran función de abucheos y griterío. Todo lo presenció un enviado especial del Rey, desde la tribuna de la Presidencia.

Al día siguiente, Maura convocó el Consejo de ministros en su casa. Tenía por costumbre hacerlo así siempre que no los presidiera el Rey. Aunque no todos los ministros estuvieron de acuerdo, se decidió presentar al monarca la cuestión de confianza. Después de la dureza del debate y de que quedara aclarado que los liberales pasaban a la oposición total, no era adecuado dar la sensación de que se tenía secuestrada la confianza del monarca. Con este documento en la cartera, Maura llegó al Palacio, donde fue recibido por el Rey en su despacho. Sin dar tiempo a hablar al presidente, el Rey le dijo: “¿Viene usted solo? Ya sabía yo que iba a prestar un gran servicio a la Patria y a la Monarquía. ¿Qué le parece a usted Moret como sucesor?” Así que Maura entregó la nota y “sin glosarla poco ni mucho”, según contó él mismo, se dirigió a la salida. Anunció la crisis total a los periodistas y al llegar a su casa, en brazos de su hijo mayor Gabriel rompió a llorar.[16] Según cuenta su hijo, nadie había visto nunca llorar a quien todos en aquella casa –salvo su esposa- llamaban don Antonio, la única persona a la que el Rey nunca se atrevió a tutear.

El esfuerzo por crear un partido conservador democrático dentro del sistema liberal terminaba allí mismo. Para Maura, en aquel momento crucial, la Corona prescindía de los pactos que regían el funcionamiento del sistema liberal, cedía a la presión de una izquierda que prefería aliarse con los radicales a profundizar en el consenso con los conservadores. Así recibía un golpe casi definitivo el gran objetivo de democratización de la Monarquía constitucional. A cambio, triunfaba la táctica del Bloque de izquierdas. Después de la etapa civilizada de Sagasta, se consolidaba una cierta forma de ser y de entender la obra de la izquierda. El mito de la derecha autoritaria, que había servido como táctica contra Maura, se convertía en el relato fundador de la izquierda española del siglo XX. El veto a Maura estaría en la base de una situación que había jugado con la revolución como si fuera capaz de dominarla.


Ilustración: Semana Trágica, Barcelona, 1909,


 


 


[1] Ver, p. e., carta a Canalejas de 13-09-1911, en Maura, G. y Fernández Almagro, M. (1999): 165.


[2] Avilés Farré, J., en Pendás, B. (2009): 159.


[3] Avilés Farré, J. (2006): 54-57.


[4] Avilés Farré, J., en Pendás, B. (2009): 169-161.


[5] Maura, G. y Fernández Almagro, M. (1999): 128.


[6] Arranz Notario, L. (1996), 13.


[7] Los periódicos del Trust y Galdós, en Gómez Aparicio, P. (1974): 264-265 y 268.


[8] Seco Serrano, C. (1995): I-157.


[9] Arranz Notario, L. (1996), 14.


[10] Maura, G. y Fernández Almagro, M. (1999): 131.


[11] Arranz Notario, L. (1996), 15.


[12] Arranz Notario, L. (1996), 17.


[13] Arranz Notario, L. (1996), 18.


[14] Maura, G. y Fernández Almagro, M. (1999): 133.


[15] Maura, G. y Fernández Almagro, M. (1999): 134.


[16] Las citas y el llanto, en Maura, G. y Fernández Almagro, M. (1999): 136.





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