TÉRMINOS QUE EN EL DEBATE POLÍTICO E HISTÓRICO HA IMPUESTO EL SECTOR AUTODENOMINADO PROGRESISTA
En las últimas décadas, el bloque socio-político autodenominado progresista o de izquierda socio-cultural ha logrado consolidar una hegemonía narrativa introduciendo términos que redefinen las prioridades del debate político y social e historiográfico.
a) Ámbito Político y Social
-Derechos conquistados: Califica las leyes o políticas públicas impulsadas desde la izquierda como progresos irreversibles, catalogando cualquier revisión o reforma de la oposición como un "retroceso".
-Discurso de odio: Redefine el límite de la libertad de expresión, trasladando la discusión desde la difamación legal hasta la sensibilidad o la percepción de agravio de ciertos colectivos.
-Inclusión / Diversidad: Sustituyen la noción de la igualdad formal ante la ley por políticas de cuotas o representación diferenciada de colectivos.
-Interseccionalidad: Introduce una matriz de análisis donde las personas son evaluadas según la acumulación de vulnerabilidades o privilegios de su grupo identitario.
-Justicia social: Desplaza el debate sobre el mérito o la producción de riqueza situando el foco en la redistribución estatal como imperativo moral.
-Migrante: El término «migrante» nació con una función científica y descriptiva legítima. Sin embargo, su hegemonía en el discurso institucional actual sí responde a una estrategia de ingeniería lingüística promovida por la política progresista, lo que ha llevado a que una palabra técnicamente correcta sea vista hoy como un marcador de corrección política. Desde la «corrección política de izquierdas» y los medios han hecho un uso partidista del lenguaje, dando al término , dese sectores progresistas un lugar en la batalla cultural a través de dos herramientas relacionadas:
• Sustitución eufemística: Se ha promovido reemplazar totalmente palabras como inmigrante —e incluso inmigrante ilegal— por migrante o migrante en situación irregular en un intento de desdibujar el cumplimiento de las leyes de extranjería y el control de fronteras.
• La ingeniería del lenguaje: Se asume que cambiando la etiqueta se cambia la percepción social del fenómeno, pero esto ha generado rechazo en gran parte de la sociedad porque suena a paternalismo institucional y a una corrección lingüística impuesta desde arriba que intenta esquivar los problemas reales de la inmigración.
-Negacionismo: Es, de hecho, uno de los ejemplos más potentes y eficaces de control del marco lingüístico (framing) que se ha implantado en el debate público contemporáneo.
El término proviene originalmente de la historiografía (Holocaust denial o negacionismo del Holocausto), acuñado para señalar la omisión u ocultamiento deliberado de un hecho histórico masivo, documentado e incontrovertible.Su incorporación de estas acepciones al debate político habitual ha supuesto varios efectos clave:
1. Inhabilitación moral inmediata: Transfiere la carga simbólica de negar un crimen de lesa humanidad hacia quien cuestiona o matiza consensos científicos, normativos o ideológicos actuales (p. ej., «negacionista del cambio climático», «negacionista de la violencia de género» o «negacionista del COVID-19»).
2. Cierre del debate técnico: Al calificar la postura contraria de negacionismo, la discrepancia deja de considerarse una postura con argumentos a debatir para convertirse en una patología moral o en una falta de ética.
3. Fuerza la dicotomía: Establece un escenario binario donde solo existen la ciencia/verdad (representada por el consenso respaldado) y el fanatismo/ceguera (representado por el opositor), anulando los matices intermedios o la crítica a las soluciones políticas propuestas.
Sostenibilidad / Emergencia climática: Reorienta la discusión de desarrollo industrial o energético al terreno del compromiso ecológico y la contención de daños.
b) Ámbito Historiográfico
-Colectivos visibilizados: Reenfoca la historia (tradicionalmente centrada en reyes, guerras o instituciones) hacia la historia de género, clase o minorías, situando el motor histórico en las tensiones de poder social.
-Decolonialidad / Negritud: Reinterpreta los procesos imperiales y de expansión europea (p. ej., la Hispanidad) exclusivamente bajo los prismas del extractivismo, el racismo estructural y el genocidio cultural, frente a las visiones de mestizaje o civilizatorias.
-Fascista: Aunque históricamente designa a los regímenes autoritarios, corporativistas y ultranacionalistas de la primera mitad del siglo XX (como el de Benito Mussolini), su empleo contemporáneo en la arena pública ha sufrido un proceso de inflación semántica y uso instrumental en la batalla discursiva:
1. Etiquetado deslegitimador e inhabilitación moral: Al calificar a un interlocutor o propuesta de «fascista», se le despoja de legitimidad democrática. No se combate su argumento (económico, migratorio o institucional), sino su condición de actor válido en el debate.
2. Reducción al absurdo y efecto «muleta»: Funciona como un término comodín para empaquetar cualquier postura conservadora, liberal, soberanista o simplemente discrepante
3. Creación de cordones sanitarios: Permite justificar la exclusión de ciertos partidos o plataformas de los medios de comunicación o de las instituciones bajo la premisa de que representan «una amenaza a la democracia», aplicando una excepción moral a la libertad de expresión.
4. Inversión de la carga de la violencia simbólica: Presenta al activista o portavoz que lanza la acusación en una postura de «resistencia moral», transformando cualquier ataque verbal o señalamiento público en un acto ético de defensa democrática.
-Memoria democrática / Memoria histórica: Sustituye el consenso historiográfico tradicional por una narrativa donde el Estado valida institucionalmente una interpretación oficial del pasado reciente.
Comentarios
Publicar un comentario