1. El origen medieval y la procesión del Corpus Christi

El registro documental más antiguo conocido de estas figuras en la península ibérica data del año 1265 en Évora, Portugal, en el marco de las procesiones del Corpus Christi. En España, una de las primeras menciones escritas aparece en 1276 en Pamplona (Navarra), donde se documenta la existencia de tres gigantes que representaban a personajes locales: un leñador, una aldeana y un judío.

Durante los siglos XIV y XV, la Iglesia católica incorporó estas enormes figuras de madera y cartón a las comitivas religiosas. Su propósito era didáctico y moral:

• Los gigantes encarnaban a personajes bíblicos (como Goliat o San Cristóbal), soberanos de tierras lejanas o virtudes teologales.

• Los cabezudos (junto a bestias mitológicas como las tarascas o dragones) representaban los pecados capitales, los vicios y la herejía.

Al desfilar y bailar sometidos al ritmo de la procesión, simbolizaban visualmente el triunfo del bien y de la Eucaristía sobre el mal y los vicios humanos.

2. Expansión y la prohibición ilustrada del siglo XVIII

A partir del siglo XV, la costumbre se extendió con fuerza por las Coronas de Castilla y Aragón, ganando gran arraigo en ciudades como Barcelona, Valencia, Alcalá de Henares y Zaragoza. Con el tiempo, los desfiles adquirieron matices más satíricos, burlescos y teatrales.

Este carácter cada vez más profano y bullicioso terminó chocando con las corrientes ilustradas del siglo XVIII. En 1780, el rey Carlos III emitió una Real Cédula que prohibía expresamente la presencia de gigantones, cabezudos y danzas en el interior de las iglesias y en las procesiones solemnes por considerarlos una «falta de decoro».


"...en ninguna Iglesia de estos mis Reinos, sea Catedral, Parroquial, o Regular, haya

en adelante tales danzas, ni gigantones, sino que cese del todo esta práctica en las procesiones y demás funciones eclesiásticas, como poco conviene a la gravedad y decoro que en ellas se requiere."   (enlace Reel Cédula de 11 de agosto de 1780)


3. La reconversión burguesa y popular (Siglos XIX y XX)

A pesar del veto real, el fervor del pueblo impidió que las figuras desaparecieran. En lugar de extinguirse, la tradición abandonó el ámbito estrictamente religioso para mudarse al civil, integrándose por completo en las fiestas patronales de los ayuntamientos durante el siglo XIX.

Durante este periodo, las comparsas se estandarizaron: los gigantes pasaron a representar habitualmente a los Reyes Católicos o a las cuatro partes del mundo conocidas (Europa, Asia, África y América). Por su parte, los cabezudos dejaron atrás la simbología del pecado para encarnar arquetipos costumbristas, profesiones tradicionales de cada región o personajes históricos que el pueblo quería parodiar o recordar

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