BERNARD HENRI´LÈVY: IL NÚY A PAS DE GENECIDE À GAZA



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EL BLOC DE NOTAS DE BERNARD-HENRI LÉVY

No hay genocidio en Gaza

«Israel genocida…»

Es la obsesión de Mélenchon y de sus secuaces.

Es un tema de precampaña presidencial de la izquierda.

Es un signo de reagrupamiento, un eslogan, en las pancartas frente a ciertos institutos bloqueados.

La fórmula circula, se impone, adquiere valor de contraseña en peticiones de escritores, llamamientos de cineastas, declaraciones que acompañan a los festivales.

Teniendo el temible privilegio de haber cubierto, en mi larga vida, genocidios consumados (los rohinyás de Birmania, Darfur, Bangladés…) o de haber meditado sobre otros (la Shoah [el Holocausto], Camboya o, en La Pureza peligrosa, ya en octubre de 1994, Ruanda…), no puedo resignarme a esta dimisión de la inteligencia.

Y quiero decir aquí por qué esta acusación me parece inepta, insensata y jurídicamente infundada.

No hay genocidio cuando, como lo ha hecho el ejército israelí durante los dos años de guerra intensa, se avisa antes de bombardear.

No hay genocidio cuando se permite la llegada de una ayuda humanitaria que, por muy cruelmente insuficiente que haya sido, jamás ha sido cortada de forma duradera.

No hay genocidio cuando, casi todos los días, se abren corredores de evacuación que permiten a los no combatientes llegar a zonas de repliegue.

Uno tiene derecho a considerar inhumanas estas exhortaciones a abandonar la casa antes de que sea pulverizada: una invitación a salvarse no es un genocidio.

Se puede estimar que no es vida estar dando tumbos en campamentos improvisados a la carrera, desplazados, reinstalados: nunca he visto, ni en Mosul ni en ninguna otra parte, a un ejército que se tome la molestia de crear, en plena guerra, zonas refugio de esta índole.

Se puede, y es evidentemente mi caso, encontrar insoportable la idea de decenas de miles de civiles muertos bajo los disparos de Israel después de que Hamás los haya convertido en escudos humanos; pero ¿puede hablarse de genocidio cuando se sabe que el mismo Israel organiza, al mismo tiempo, campañas de vacunación para cientos de miles de niños de Gaza? ¿O cuando facilita los traslados de otros niños que padecen enfermedades raras hacia hospitales egipcios, emiratíes o jordanos?

Sé muy bien que el sentido de la palabra ha cambiado desde Srebrenica y que la intención de destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso puede bastar para constituir un crimen de genocidio: pero ¿dónde está la intención genocida cuando todos, a excepción de los ministros de ultraderecha Ben-Gvir y Smotrich, repiten que el fuego cesará cuando el enemigo deponga las armas? ¿De qué genocidio se habla cuando, hace un año, ya sea por la presión de Estados Unidos, de los tribunales internacionales o de la conciencia de los israelíes, se negocia un alto el fuego que, aun siendo violado, sigue siendo hasta hoy el marco al que se refieren las partes?

No es cierto, dicho sea de paso, que la Corte Internacional de Justicia, interpelada por Sudáfrica, haya concluido que hay genocidio.

Tampoco es cierto que el otro tribunal, la Corte Penal Internacional, pueda concluir nada, ya que solo es verdaderamente competente frente a países carentes (lo que no es el caso de Israel) de una justicia digna de ese nombre.

Y en cuanto a la supuesta «unanimidad» de los historiadores del Holocausto detrás de la cual se atrincheran los adversarios de Israel, simplemente no existe: unos pocos (Omer Bartov, Amos Goldberg, Raz Segal) hablan en efecto de genocidio; pero la mayoría de ellos (en particular en Yad Vashem y en el Wyman Institute de Washington) rechazan esta calificación con firmeza.

En resumen, esta acusación es jurídicamente absurda y, en verdad, solo tiene un efecto.

Diabolizar a Israel achacándole no un exceso de violencia, ni una desproporción en la respuesta, ni violaciones del derecho de la guerra, sino el crimen de los crímenes, el crimen por excelencia, el único que es, junto con el crimen de lesa humanidad, imprescriptible.

Insultar, exigir que se justifiquen y, al final, señalar a la picota de las multitudes a cualquier judío que exprese, en Francia o en cualquier otro lugar, aunque sea una pizca de comprensión o matiz respecto a la democracia israelí en guerra.

Y luego, evidentemente, ahogar bajo un diluvio de desinformación y odio otro acontecimiento, aquel por el cual todo empezó y cuyo tercer aniversario deberíamos conmemorar todos juntos: el pogromo del 7 de Octubre.

Pues bien... Intención por intención... ¿Cuál era la intención de quienes, ese día, asesinaron a 1.200 civiles en pocas horas? ¿Que chillaban, como los hutus en Kigali, «Maten a todos»? ¿Que masacraban indiscriminadamente, como los jinetes de Darfur, a hombres, mujeres y niños? ¿Que mutilaban antes de matar, como vi hacer en Bangladés? ¿Que se llevaban a la gente como ganado antes de violarla de nuevo, como hicieron los verdugos de las mujeres yazidíes? ¿Cuál era la intención de los asaltantes palestinos, que habrían continuado así, sin freno ni fin, de no haber intervenido los valientes defensores de los kibutz?

Si hay un día en que, desde hace tres años, en esta región del mundo, la intención genocida se ha manifestado a cara descubierta, es sin duda ese 7 de octubre de 2023, en la furia exterminadora de Hamás.

152 | 8 de octubre de 2026 | Le Point 2828


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