LA DONACIÓN DE CONSTANTINO.











Donación de Constantino (Latín, Donatio Constantini): Este nombre designa, desde el final de la Edad Media, un documento falsificado del emperador Constantino el Grande mediante el cual se le conferían grandes privilegios y ricas posesiones al Papa y a la Iglesia Romana.

En el manuscrito más antiguo conocido (siglo IX) (Bibliothèque Nationale, Paris, man. Latin 2777) y en muchos otros manuscritos, el documento lleva el título: "Constitutum domini Constantini imperatoris". Constantino lo dirige al Papa Silvestre I (314-35) y consiste de dos partes. En la primera (titulada "Confessio") el emperador relata cómo Silvestre lo instruyó en la fe cristiana, hace una completa profesión fe y cuenta de su bautismo por ese Papa en Roma, y cómo de este modo se curó de lepra.

En la segunda parte (la "Donatio") Constantino dispone conferir a Silvestre y a sus sucesores los siguientes privilegios y posesiones: el Papa, como sucesor de San Pedro, tiene la primacía sobre los cuatro patriarcas de Antioquía, Alejandría, Constantinopla y Jerusalén, también sobre todos los obispos en el mundo. La basílica de Letrán en Roma, construida por Constantino, excederá a todas las iglesias como su cabeza, igualmente las iglesias de San Pedro y San Pablo serán dotadas de ricas posesiones. Los principales eclesiásticos romanos (clerici cardinales), entre los cuales también se puede recibir a los senadores, obtendrán los mismos honores y distinciones que los senadores. Al igual que el emperador, la Iglesia Romana tendrá como funcionarios cubicularii, ostiarii, y excubitores. (N.T.: cubicularri, ayudantes de cámara o dormitorio; ostiarii, portero; excubitores, guardias)

El Papa disfrutará de los mismos derechos honoríficos que el emperador, entre ellos, el de llevar una corona imperial, una capa y túnica púrpura, y en general todas las insignias imperiales o señales de distinción; pero, como Silvestre se negó a poner en su cabeza una corona de oro, el emperador lo invistió con el gorro blanco alto (phrygium) ). Constantino, el documento continúa, le prestó al Papa el servicio de strator (caballerizo), es decir, condujo el caballo sobre el que cabalgaba el Papa. Además, el emperador le obsequia al Papa y a sus sucesores el palacio de Letrán, Roma y las provincias, distritos y pueblos de Italia y todas las regiones occidentales (tam palatium nostrum, ut prelatum est, quamque Romæ urbis et omnes Italiæ seu occidentalium regionum provinicas loca et civitates). El documento continúa diciendo que el emperador ha establecido para sí mismo en Oriente una nueva capital que lleva su nombre, y allá él muda su gobierno, porque es inoportuno que un emperador secular tenga poder donde Dios ha establecido la residencia de la cabeza de la religión cristiana. El documento, concluye con maldiciones contra todos los que se atrevan a violar estas donaciones y con la certidumbre de que el emperador las ha firmado con su propia mano y las ha puesto en la tumba de San Pedro.

Este documento es sin  duda  una falsificación, inventada en algún lugar entre los años 750 y 850 d.C. Ya para el siglo XV su falsedad era conocida y demostrada. El cardenal Nicolás de Cusa (De Concordantiâ Catholicâ, III, II, en la ed. de Basilea de su Opera, 1565, I) habló de él como de un dictamen  apocyphum. Algunos años después (1440) Lorenzo Valla (De falso credita et ementita el Constantini donatione declamatio, Mainz, 1518) probó la falsificación concerteza. Independientemente de sus dos predecesores, Reginal Pecock, obispod e Chichester  (1450-57) llegó a una conclusión similar en su obra "The represor of over much Blaming of the Clergy", Rolls Series, II, 351-366. Aun así su autenticidad fue defendida de vez en cuando, y luego se siguió usando el documento como auténtico hasta que Baronio, en su "Annales Ecclesiastici" (ad.an 324), admitió que la "Donatio" era una falsificación, tras lo cual se consideró universalmente como tal.

Paulatinamente dejó de ser invocado como sustento legal para la existencia de los Estados Pontificos  desde mediados del siglo XV. Inclusive, ni siquiera fue citado en la Bula Inter Caetera de 1493 cuando el Papado se atribuyó facultades para dividir el  Nuevo Mundo entre  España y Portugal. Tras el silencio mostrado por once papas desde la constatación del fraude, Lutero haría público al fin el descubrimiento en 1517-


Donación Constantino, fragmento segunda parte

 
Concedemos a nuestro santo padre Silvestre, sumo pontífice y Papa universal de Roma, y a todos los pontífices sucesores suyos que hasta el fin del mundo reinarán en la sede de San Pedro, nuestro palacio imperial de Letrán (el primero de todos los palacios del mundo). Después la diadema, esto es, nuestra corona, y al mismo tiempo el gorro frigio, es decir, la tiara y el manto que suelen usar los emperadores y además el manto purpúreo y la túnica escarlata y todo el vestido imperial, y además también la dignidad de caballeros imperiales, otorgándoles también los cetros imperiales y todas las insignias y estandartes y diversos ornamentos y todas las prerrogativas de la excelencia imperial y la gloria de nuestro poder. Queremos que todos los reverendísimos sacerdotes que sirven a la Santísima Iglesia Romana en los distintos grados, tengan la distinción, potestad y preeminencia de que gloriosamente se adorna nuestro ilustre Senado, es decir, que se conviertan en patricios y cónsules y sean revestidos de todas las demás dignidades imperiales. Decretamos que el clero de la Santa Iglesia Romana tenga los mismos atributos de honor que el ejército imperial. Y como el poder imperial se rodea de oficiales, chambelanes, servidores y guardias de todas clases, queremos que también la Santa Iglesia Romana se adorne del mismo modo. Y para que el honor del pontífice brille en toda magnificencia, decretamos también que el clero de la Santa Iglesia Romana adorne sus cabellos con arreos y gualdrapas de blanquísimo lino. Y del mismo modo que nuestros senadores llevan el calzado adornado con lino muy blanco (de pelo de cabra blanco), ordenamos que de este mismo modo los lleven también los sacerdotes, a fin de que las cosas terrenas se adornen como celestiales para la gloria de Dios... 

Hemos decidido también que nuestro venerable padre el sumo pontífice Silvestre y sus sucesores lleven la diadema, es decir, la corona de oro purísimo y preciosas perlas, que a semejanza con la que llevamos en nuestra cabeza le habíamos concedido, diadema que deben llevar en la cabeza para honor de Dios y de la sede de San Pedro. Pero, ya que el propio beatísimo Papa no quiere llevar una corona de oro sobre la corona del sacerdocio, que lleva para gloria de San Pedro, con nuestras manos hemos colocado sobre su santa cabeza una tiara brillante de blanco fulgor, símbolo de la resurrección del Señor y por reverencia a San Pedro sostenemos la brida del caballo cumpliendo así para él el oficio de mozo de espuelas: estableciendo que todos sus sucesores lleven en procesión la tiara, como los emperadores, para imitar la dignidad de nuestro Imperio. Y para que la dignidad pontificia no sea inferior, sino que sea tomada con una dignidad y gloria mayores que las del Imperio terrenal, concedemos al susodicho pontífice Silvestre, Papa universal, y dejamos y establecemos en su poder, por decreto imperial, como posesiones de derecho de la Santa Iglesia Romana, no sólo nuestro palacio como se ha dicho, sino también la ciudad de Roma y todas las provincias, distritos y ciudades de Italia y de Occidente. 

Por ello, hemos considerado oportuno transferir nuestro Imperio y el poder del reino a Oriente y fundar en la provincia de Bizancio, lugar óptimo, una ciudad con nuestro nombre y establecer allí nuestro gobierno, porque no es justo que el emperador terreno reine donde el emperador celeste ha establecido el principado del sacerdocio y la cabeza de la religión cristiana.

 Ordenamos que todas estas decisiones que hemos sancionado mediante decreto imperial y otros decretos divinos permanezcan invioladas e íntegras hasta el fin del mundo. Por tanto, ante la presencia del Dios vivo que nos ordenó gobernar y ante su tremendo tribunal, decretamos solemnemente, mediante esta constitución imperial, que ninguno de nuestros sucesores, patricios, magistrados, senadores y súbditos que ahora y en el futuro estén sujetos al Imperio, se atreva a infringir o alterar esto en cualquier manera. Si alguno, cosa que no creemos, despreciara o violara esto, sea reo de condenación eterna y Pedro y Pablo, príncipes de los apóstoles, le sean adversos ahora y en la vida futura, y con el diablo y todos los impíos sea precipitado para que se queme en lo profundo del infierno. 

Ponemos este decreto, con nuestra firma, sobre el venerable cuerpo de San Pedro, príncipe de los apóstoles, prometiendo al apóstol de Dios respetar estas decisiones y dejar ordenado a nuestros sucesores que las respeten. Con el consentimiento de nuestro Dios y Salvador Jesucristo entregamos este decreto a nuestro padre el sumo pontífice Silvestre y a sus sucesores para que lo posean para siempre y felizmente. 



Edictum Constantini ad Silvestrem Papam, P.L., VIII, en: M. Artola, Textos Fundamentales para la Historia, Madrid: Alianza, 1992, p.47-48.

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