GILBERT.K. CHESTERTON: EL COLOR DE ESPAÑA Y OTROS ENSAYOS: "TOM JONES Y EL ESCORIAL"
Gilbert K. Chesterton: El color de España y otros ensayos
TOM JONES Y EL ESCORIAL
SAN LORENZO DE EL ESCORIAL VISTA DEL MONASTERIO OTTO WUNDERLICH FOTOGRAFO DECADA 1920
Me pregunto cuántas personas se habrán dado cuenta de que una famosa cita de Gibbon puede ser y cuida a día de hoy entre las profecías cumplidas o, más bien, lo que es todavía más místico y oracular, entre las profecías a medio cumplir. Digo una cita de Gibbon pues temo que introducía más llamarla un pasaje de Gibbon. Gibbon es ahora un clásico, es decir, un autor al que se cita en vez de leerlo. Lo más comúnmente citado ha sido una falsedad extrañamente absoluta y espantosa: la fábula que identifica a San Jorge con un ario que era un contratante tramposo. Y se sigue citando a veces como cierta, aunque cuesta comprender como alguien que poesía siquiera sentido más superficial de la historia pueda haberla considerado alguna vez verosímil. Aun suponiendo, como mira concesión a su argumento, que la Iglesia se hubiese mostrado entusiasta caminante ansiosa de canonizar a un tramposo, le habría sido absolutamente imposible canonizar aún. Pero en nuestros días suele citarse mucho más a menudo como una falsedad, pues frío a la tradición cristiana del historiador ha comenzado a ser sentido y admitido. Sin embargo, siendo esta una de las pocas cosas que se citan podría sostenerse que la historia entera es un tejido de mentiras. Y eso sería mostrarse tan injusto con Gibbon como Gibbon se mostró con San Jorge. Se ha producido una reacción contra la edad de la razón en la que nos arriesgamos a perder incluso lo realmente razonable de ello. Cualquier cosa que podamos decir de nuestro propio siglo, para bien o para mal, lo cierto es que no es muy probable que nadie y siglo de la razón Razón. Los últimos panteístas franceses llamaban bárbaros a Voltaire, exactamente lo mismo que Voltaire había llamado bárbaro a Shakespeare. Del mismo modo, hasta la Decadencia y caída ha decaído y caído ya.
Pero hay otra cita desde ahora que sigue mereciendo que se le llame una cita popular. Y precisamente por ser una cita popular es, probablemente, también una cita popular error. Así que dado que suele citarse mal, en la medida de mi modesta capacidad, voy a citarla mal yo también. No tengo el libro a mi alcance y aunque lo tuviera no me molestaría en recorrer sus seis volúmenes. Pero se trata de un pasaje en el que observa, en una especie de paréntesis que la familia de Henry Fielding estaba vinculada de algún modo con la Casa Imperial del Sacro Imperio Romano, que admite que los grandes príncipes de la dinastía podían sonrisa de esa vinculación, “pero la novela de Tom Jones, y su cuadro exquisito de la vida y las costumbres sobrevivirá al palacio del Escorial y a águila imperial de Austria“.
Pues bien, ya ha sobrevivido al Águila imperial de Austria. Esa mitad de la predicción desafiante se ha convertido en un hecho concreto y algo triste, casi a la manera de un anti clímax. Y no podía menos que cruzarme por la mente, como una nube de forma extraña que atravesara en firmamento, cuando me hallaba recientemente bajo las columnas alineadas y rígidas del Escorial, ese extraño palacio español construido por puro capricho de uno de los españoles y hombres más extraños, Felipe II no solo lo dedicó a San Lorenzo, sino que lo construyó en forma de parrilla, y yo he creído percibir algo apropiado en esa imagen además de una impresión de algo rígido y doloroso en la vida del propio rey, Junoy , El distinguido escritor catalán, me dijo con gran perspicacia imaginativa: “ parece frío, y es ardiente, sin embargo “ la parrilla de Felipe, casi como el calentador de Pinckwick, sirve para cubrir el fuego oculto. La misma frialdad de los alrededores acentúa esa intensidad contenida.
Otros además de mi han observado con frecuencia el hecho curioso de que las guías de viaje, los cuadernos de viaje innumerables bocetos, fotografías y recuerdos semejantes nunca parecen hablarnos de aquello que nos parece más admirable al atraer nuestra mirada. Yo había oído hablar de Felipe II, del Escorial y de otros elementos que completaban el cuadro, pero concebía una imagen de España parecida a la que debía de ser una imagen de Sevilla. Creía vagamente que todo sucedería en el verano y que habría un fondo de naranjos Y una insinuación de arquitectura árabe. Había visto centenares de dibujos y cuadros de escenas españolas, a menudo, muy probablemente, de las mismas escenas españolas una y otra vez, y, sin embargo, por alguna razón, no había logrado captar lo principal de toda la escena.
Nadie me había dicho-o al menos nadie me lo había dicho de modo que yo lo hubiera advertido y recordado-que el rey español había hecho algo enteramente único y hasta antinatural cuando construyó el semejante lugar y con semejante estilo su horrenda parrilla de piedra. Nadie me había hecho comprender que había construido un palacio casi en la cima de un monte, en un lugar alejado, en alturas desnudas y estériles a las que solo se puede llegar por caminos rocosos y ruinosos parecidos a pasos de montaña. Había construido un palacio donde ningún otro hombre había construido una ermita. Como un loco, había levantado y magnífica sobre un destierro donde, literalmente podía oír a los lobos.
Sin embargo, no había nada extravagante y fantástico en esa hazaña arquitectónica; era demasiado severamente clásica incluso para identificarla siquiera con lo barroco. Se cuenta que Felipe se sentaba a ver cómo construyen el palacio, con los planos en la mano y su pie gotoso sobre un Escabel, y vigilaba celosamente para que ni una sola curva demasiado exuberante ablandase aquel triángulo terrible. Fue un personaje curiosos y no muy agradable, si bien genuino a su manera; pero hizo mucho daño en cierto modo,- Fue un puritano en el bando equivocado; es decir, estaba en lo que yo llamaría el buen bando, pero no en el bando de los puritanos. Su carácter fue muy distinto del de la mayoría de los españoles, y sin embargo ha llegado a ser considerado como el prototipo de todos ellos. De modo que a la sombra de su individualidad olvidamos la luz y la sombra verdaderas de todo el cuadro. Olvidamos que sus enemigos religiosos eran en su mayoría calvinistas y hombres aún más sombríos que él; hombres sombríos por principio tanto como por accidente. En su desafortunada versión de la leyenda de San Lorenzo él mismo se parecía tanto más a un perseguidor que a un mártir que logró que cualquier mártir pareciera un santo. Olvidamos que la mayoría de los mártires eran calvinistas y que habían construido algo mucho más inhumano que el Escorial si no hubieran sido demasiado inhumanos como para construir algo. Quizá también olvidará que, según la leyenda original, San Lorenzo se burló de la parrilla.
Creo que la profecía de Gibbon, como una plegaria de Virgilio, se cumplirá solo a medias mientras el viento se lleva la otra mitad. No preveo la decadencia y ruina del Escorial; en realidad creo que costaría mucho en destruir ese edificio formidable, mucho más que hacer esa revolución y tanto artificial que logró modificar el sello de correos austriaco. España tiene la la fortuna de haber vivido ya su decadencia y ruina en el presente, según creo, resurgiendo otra vez con claridad. El Escorial ha sobrevivido a la caída y no parece haber motivo alguno para verlo caer a causa de la resurrección. A pesar de todo, ciertamente confío en que otro sentido su sombra se haga un poco menos alargada, igual que la sombra del águila imperial. Durante mucho tiempo El Escorial ha respresentado a Felipe II y Felipe II ha representado a España. Todo lo que es duro y sombrío en ese palacio de aquel príncipe particular se ha asociado con todo un pueblo que no es en realidad duro ni sombrío, sino, en muchos aspectos, sumamente cordial y generoso. Felipe II no era, en modo alguno, un español típico; como Luis XI no era un francés típico ni Enrique VII un ingles típico o siquiera un galés típico. Pero el águila imperial ha llegado a parecerse a un pájaro de mal agüero y su castillo a una ruina adecuada para que aniden en ella los pájaros nocturnos. Ciertamente espero, que como idea internacional, y según algún día se disipe y la profecía de Gibbon pueda servir, en todo caso, para recordarnos que España es la patria de la novela picaresca y de las comedias de enredo y también que no es triste, Escorial, sino alegre como Tom Jones.


Comentarios
Publicar un comentario