JOSEP PLÁ: EL ADVENIMIENTO DE LA REPÚBLICA. -14 DE ABRIL DE 1931-



JOSEP PLA: EL ADVENIMIENTO DE LA REPÙBLICA. (1)
 
14 ADEABRIL DE 1931.





Plaza de la Constitución de Zaragoza, martes 14 de abril de 1931.


SIETE DE  LA MAÑANA

Me despierto, sacudido por el coche y me voy a desayunar. El señor Cambó, en la mesa del fondo, habla con un señor desconocido. Me hace una señal, me acerco me siento para desayunar. Es un gran nombre de la burguesía catalana.

En el vagón, todos hablan de lo que va ocurrir. Nos envuelve un ambiente de profecía. El industrial sufre, querría plantearle una cuestión al señor Cambó, pero no se atreve. Hablan del tiempo, de Barcelona, de Madrid, de la crisis mundial… el señor Cambó, que tal vez haya dormido poco, está muy pálido, esquiva las alusiones políticas con sus estiramientos de cuello,-  el tic de su juventud-. En esas, pasamos Guadalajara. Las extensiones de los campos de Castilla, tan ligadas a las formas políticas tradicionales, característicamente unidas al monarquismo castellano, se pierden de vista franjeadas por las verdes fajas del trigo tempranero, bajo un cielo enorme, claro, azul.

El industrial contempla un rato el paisaje que huye y, de repente, la cara le sonríe.

-¿Qué quiere le diga?-suelta, dirigiéndose al señor Cambó con una tartine au beurre en la mano—Este paisaje no me parece muy republicano.

¡ Coma y calle!- contesta rápido el señor Cambó. Con una cara dura y embarazada.

El industrial asustado, moja nerviosamente la tartine en el bol de café con leche. Cambó, tras arreglar sus cosas, se pone de pie para irse y dice con una sonrisa forzada:

-De todo esto ya hablaremos más tarde.

De vuelta a mi coche, paso por delante del compartimento del industrial. La puerta esta entreabIerta. Le veo sentado en la cama del sleeping, con una cara de dolor de muela


HACIA LAS ONCE Y MEDIA DE LA MAÑANA

Salgo de la estación, encuentro una habitación en un hotel de la plaza de santa Ana y enseguida  me pongo en marcha. Compro los periódicos  en el café Riego (antes Fornos) para leerlos. El café está vacío. Me sorprende la postura de los periódicos, sobre todo la de los periódicos ligados al movimiento republicano. Su punto de vista  es que los resultafos  electorales del 12 de abril son muy importantes, pero que sería prematuro empezar a hablar de un triunfo completo. En general, es como si quisieran dar a entender que las elecciones municipales no pueden tomarse como una plataforma decisiva para cambiar el régimen. Hay que esperar a las elecciones para ver qué se debe hacer y, en definitiva, qué pasará.

En ésas, entra en el café mi viejo amigo C…, redactor político de uno de los periódicos más conocidos y leídos de Madrid.

 -¿Qué hay?- le digo con la pregunta madrileña habitual.

-Acabo de hablar con don Fernando de los Ríos-me contesta-. Esta radiante. Dice que la República va a implantarse en España de manera indefectible antes de dos años.

      -¿ Es profeta , don Fernando?

      - En este país, casi todo el mundo lo es.

                 Voy al Ministerio de Hacienda. Me pongo en contacto con el entourage del señor Joan Ventosa, ministro del ramo. Ningún nerviosismo. Todos están de lo más tranquilos. Pregunto. Respuestas vagas. Vuelvo a preguntar. Me hago el pesado. Tengo la sensación de que hay quien lo sabe todo y que la consigna es mantener el secreto. Por fin consigo llegar a la mismísima raíz de la información

-¿Quiere saber si va a venir la República?- me dice-. Eso está resuelto desde ayer

-¿Desde ayer a la salida del Consejo de Ministros?

    -Escucho de labios autorizadísimos la historia de estas últimas horas.

       Es como sigue.

El señor Ventosa llegó a Madrid procedente de Barcelona el día 13 por la mañana. Se reunió en palacio el Consejo de ministros, bajo la presidencia del Rey. Encima de la mesa había una buena parte de los resultados electorales  de la víspera. El rey pidió a los ministros su opinión sobre la situación política creada po rlos resultados electorales.

La Cierva sostuvo la teoría de la resistencia. Unas elecciones municipales-dijo-no tiene ni pueden tener bajo ningún concepto político decisivo. No pueden utilizarse como una palanca para colocar la forma de gobierno. Hay que constituir un gobierno de fuerza, y resistir.

-¿Resistir con qué?-preguntó el Rey.

-¡Con el ejército!-respondió La Cierva.

    El general Berenguer, ministro de la Guerra, es el encargado de preguntar a los capitanes generales qué postura adoptarían en caso de tener que aplicar una política de resistencia. Se pone un telegrama circular urgente a las Capitanías. Las respuestas van llegando a medida que va celebrándose el Consejo de Ministros.

Después de La Cierva, habló el marqués de Alhucemas. Hizo el típico discurso del liberaloide tibio. Hay que resistir-dijo-pero, salvando las esencias. Hay que hacer una política de fuerza, pero con guante blanco. Entiéndase. Hay que aguantar y al mismo tiempo aflojar

-No pretenderá, marqués, que pasen otra vez sobre su cadáver… dijo una voz sardónica…

El marqués hace una sonrisa cortesana, aunque vidriosa y enmudece definitivamente.

Empiezan a llegar, entretanto, las respuestas de las Capitanías. Las declaraciones monárquicas son visibles; pero todavía lo son más los equívocos acerca de una posible resistencia. Poquísimas Capitanías adoptan una postura franca, clara y decidida.

El señor Ventosa plantea la cuestión en el terreno indefectible.

Las instituciones- dice- tienen dos caminos. Si se opta por la resistencia, hay que constituir un ministerio de fuerza y prescindir de nosotros (cuando menos, de mí). Nosotros representamos otra política. Si se toma el segundo camino, hay que empezar a negociar enseguida…

Movimiento de asentimiento general que corrobora las palabras del ministro. El Rey se adhiere de forma explícita. Romanones recibe el encargo de negociar con el Comité republicano, o sea, con el ministerio del pacto de San Sebastián. Se acuerda una negociación entre Romanones y Alcalá Zamora aquella misma tarde- ayer- en el domicilio del doctor Marañón. El propio doctor ha explicado en  unos celebres artículos los detalles publicables de estas negociaciones.

El Consejo de Ministros ha terminado. Los ministros saludan al Rey, que durante toda la reunión ha permanecido en un estado de impávida serenidad. Al despedirse del señor Ventosa, le dice:

-Podría, seguramente resistir. Pero la fuerza material no puede emplearse cuando no se tiene fuerza moral para ello…

Excelente observación. Es un resumen de la mayor parte de su reinado. Resulta curioso constatar que, a veces, los hombres empiezan a volverse sensatos cuando lo tienen todo perdido. Se trata, sin duda, de una buena observación. En política, ante un cúmulo de imponderables, no hay resistencia posible


HACIA LAS TRES Y MEDIA DE LA TARDE

Los pocos transeúntes que pasean por el cruce formado por la Castellana y la calle de Alcalá como una bandera del palacio de Comunicaciones. Al otro lado de la Castellana está el banco de España, y otro ángulo de Alcalá, los jardines del palacio de Godoy, sede del ministerio de la Guerra.

 La bandera  que sube por el mástil es la bandera republicana republicana. La noticia  corre como una exhalación y una riada de gente sale de los cafés y los establecimientos colindantes. La noticia llega enseguida al Hotel Palace,  donde en aquel momento estaba yo hablando con mi viejo amigo Azcoaga, maître de´hôtel de la casa- personaje alto y voluminoso, vestido con un redingote impresionante, unos pantalones a rayas y unos zapatos de un lustre funerario-. El hall del hotel se vacía de inmediato. Le propongo a Azcoaga  que se ponga una americana y se venga conmigo a participar del espectáculo. Respuesta negativa. Me dice que estas cosas, para él, no tiene importancia; que se debe a la casa. “¡La casa es  la casa!”  suelta con una severidad dogmática. De modo que salgo del Hotel, y por la acera del palacio Esquilache, Castellana arriba, llegó el cruce en cuestión. Me encuentro con gran cantidad de gente, más bien pasmada, que mira  la bandera izada. Me da la impresión de que no tienen  una idea clara de la bandera republicana. La bandera permanece inmóvil, porque o hace viento y la tarde está clara y magnífica.  La bandera morada-que según mi lectura proviene de los comuneros de Castilla-queda ahogada por el rojo y  gualda. ¡Llevábamos tantos años viendo la otra! En Barcelona, gracias al lerrouxismo quizá tuviéramos una idea más clara del símbolo republicano. En Madrid, la cosa es más baja. En una población de funcionarios, la bandera del sueldo cuenta con mayor aceptación.


En el cruce de mucha gente. El volumen aumenta a cada instante. Nadie sabe qué hacer. ¿Dónde estamos? hasta las cuatro  de la tarde la gente permanece perpleja y flotando. En esas, como un reguero de pólvora en el hormiguero  humano, circula la noticia de Correos representa lo que pretende  simbolizar-a saber, que el poder ha caído en manos del Gobierno provisional.  De la perplejidad inicial se pasa rápidamente al entusiasmo. Ha bastado un segundo. Una vez constatado el hecho, veo que el enorme griterío tiene tendencia a subir por la calle de Alcalá, hacia la Puerta del Sol. La cosa está consumada.

Perdido en medio del hormiguero, observo como el comercio se apresura a destruir y esconder los símbolos monárquicos. Los comerciantes, proveedores de la Real Casa, escudo real, los hoteles, las fondas, los teatros y los restaurantes que tenían o aspiraban atener  el nombre ligado al régimen caído, hacen desaparecer, con una diligencia admirable, las insignias y los nombres considerados y comprometedores. En el Hotel del Príncipe de Asturias, Carrera de San Jerónimo, veo una bandera republicana sobre la palabra “Príncipe” del letrero de la calle. El establecimiento se ha convertido, de forma instantánea, en el Hotel de Asturias. Esto me ayuda a comprender un poco más en Madrid. No es solamente una ciudad de la gran aristocracia, de los funcionarios, los albañiles y peones del sindicato de la construcción, afiliados a la Casa del Pueblo; también es una ciudad de pequeños  comerciantes, muy vivarachos, como acostumbraba  a decir el obtuso señor Matesanz.

Vuelvo a la Puerta del Sol. La circulación por el centro de Madrid transcurre con toda libertad. En las llamadas bocacalles hay pareja de la Guardia Civil a caballo.  Las parejas están están mano sobre mano en la más y los caballos  permanecen en la más  absoluta inmovilidad. Constato la llegada al centro de la ciudad de oleadas  y más oleaas populares  provenientes de los suburbios. En todas las calles que convergen hacia el centro de Madrid, el número de banderas republicanas va en aumento. ¿Estaban tal vez escondidas? ¿las hicieron tal vez en un santiamén? Un grupo arrastre un busto y de yeso de Primo de Rivera, con una cuerda atada al cuello. El yeso aguanta poco y la cara está deformada. El entusiasmo, pese a la relativa discreción producida por la sorpresa del acontecimiento, no,  cesa de crecer  por momentos. Se empiezan oír las primeras notas de La Marsellesa. Después, constato un grupo de ciudadanos comienza entonar el Himno de Riego.  El pueblo ignora ambas canciones. Desafinan. El conocimiento de la letra es escaso.  Cantan mal. Da igual. Ya lo harán  mejor más adelante. Entre los obreros de la construcción el himno más conocido es el de la Internacional, aprendida en la Casa del Pueblo. la severidad de este himno se transforma  en Madrid en una cosa atenorada, con algún que otro gallo. Sin embargo, todas estas composiciones impresionantes son abandonadas rápidamente. A las musiquilla de moda, que la gente  sabe bordar sin ningún género de dudas, se les pone espontáneamente una letra adecuada los acontecimientos. Así, oigo canciones cáusticas sobre el rey, la Reina y el general Berenguer. Chiquilladas que no alcanza nunca la vulgaridad. Todos los que miro siguen con cara de monárquicos. En esto, aparece una profusión de retratos de Galán y García Hernández. Los gritos de «viva» y de «abajo» son innumerables. Todo coge un aire de verbena infantil, un aire del franco y desenfrenado -solo que es una verbena política-. La gente se abraza, grita, suda, canta. Un ciudadano cualquiera, pacífico y retirado, su señora o su hija, pueden echarse a  los brazos de otra persona completamente desconocida y extraña. Como en todos los espectáculos de masas las posaderas del sexo femenino, pueden ser más o menos tactilizadas por personas que no tienen de republicanas. Pasan sobre la multitud ráfagas de entusiasmo  cívico que determinan movimientos de tu enternecimiento humano.“¡Un día es un día! Después, Dios dira…”,  oigo decir a  algunas mamás. En ésas, personas desconocidas y de vaga procedencia asaltan los taxis  y camiones que han tenido que han tenido la desgracia  de hallarse en el centro de Madrid en estas horas de amontonamiento humano, y emprenden un carrusel por las calles que durará hasta mañana a la misma hora. El ruido producido por los motores de explosión de esta procesión  altera un poco  es un poco la sangre de los caballos de las parejas de la Guardia Civil en las bocacalles. Se produce un viento de expectación. Un momento, tan solo. Los guardias dominan sus caballos  y siguen indiferentes en las esquinas, mano sobre mano

CINCO DE LA TARDE

Me encuentro a esta hora en la puerta de la Peña, el gran club  aristocrático y acomodado de Madrid, de tanto renombre . En  el club hay juego, restaurantes, biblioteca y tertulia de   personas que,  poco o mucho, han tenido su peso. Por los  alrededores vi siempre a toreros, algunos muy afamados, banderilleros, y todo tipo de personas vinculadas con la llamada fiesta nacional. En aquel momento, los porteros y empleados de la casa primero con unas señoras de aspecto suburbial ligeramente desgarrado, y les hacen el huevo magníficas y señoriales referencias. En Madrid ha habido siempre criados de primera categoría. Al cabo de poco,  la bandera republicana izada en el mástil de la Peña- Todo junto no ha durado más que instante.

    Pienso en lo acontecido. A mi modesto entender, tiene cierta profundidad. Una monarquía-que, según oí decir en el café, duraba quince siglos-ha caído con un peso muerto, que se desploma, minada por todas partes, por la altura y por la base. Nada ha resistido, y en este sentido es algo sensacional.

Madrid, cuya única razón de existir durante tantos siglos ha sido, con quien dice, la Monarquía, ha visto hundirse  las instituciones, desaparecer sus símbolos. con el alborozo del pueblo desbordado y con la indiferencia de las clases altas, y no digamos los funcionarios. Ni la aristocracia- que se lo debe toda la Monarquía-ni el ejército, que en tantas ocasiones sirvió de excusa a las instituciones , han dado por el momento señales de vida. Los círculos aristocráticos eran una especie de baluartes monárquicos. En estos círculos ya producido como una especie de campeonato para ver quién izaba primero la bandera republicana. Este hundimiento general ha sido, a mí entender lo que más ha impresionado al observador objetivo, que se encuentra, sin pensarlo a veces, con el profundo dramatismo y tiene que tragarse , aunque no vay amuy sobrado de lecturas históricas (como es mi caso), el fondo amargo de los fenómenos de la existencia humana. La frivolidad de Madrid- que en las clases altas  parece una copia de la de París-, el carácter insondable de esta ciudad, tan pobre y  tan mísera, el cretinismo de las clases cuya única razón de existir ha sido el carnaval de la Monarquía, ha constituido un fenómeno de lo más extraordinario


SEIS DE LA TARDE

Intento llegar al domicilio de don Miguel Maura, pero, al ir a cruzar la puerta, los porteros me cierran el paso. De todos cuantos elementos componen el gobierno republicano (Pacto de San Sebastián) a quien creo llamado actuar de un modo más eficiente es al señor Maura. Es un hombre muy bien vestido americana cruzada que contrasta con la dejadez del vestido del resto de los elementos del Gobierno provisional, muy bien peinado, pero de mentalidad extraordinariamente alocada. En la calle Alcalá  vi pasar a Maura en un taxi  que se abría paso con con dificultades por entre la muchedumbre, acompañado de don Manuel Azaña. Conozco a ambos personalmente; a Azaña, de algún que otro café literario, frecuentado siempre por don Ramón del Valle-Inclán y su cuñado Rivas Cherif, un chico muy agitado que siempre daba la impresión de estar bailando. A don Miguel lo conocí en alguna casa de la alta sociedad-quizá en casa del financiero Bamberg, presentado por Vidal y Guardiola, que sabía el alemán y tenía amistad con los Bamberg.

Así, no tuve más remedio que dirigirme, por entre la multitud, a la Puerta del Sol hasta alcanzar el gran portalón del Ministerio de la Gobernación, del que Maura acababa de apoderarse. Los porteros, como es natural, mr cerraron el paso del Ministerio. Espere, pues, largo rato, en medio de un gentío vociferante, A que saliera alguien que pudiera  contarme lo ocurrido. La espera fue positiva y, en un momento dado, vi que salía el señor Ayuso, de Soria, político, hombre pequeño y agudo, que me dio una versión de lo que acababa de ocurrir.

A las tres de la tarde-me dijo el señor Ayuso-nos encontramos en el domicilio del señor maura varios amigos y un  un miembro del gobierno provisional: don Manuel Azaña. Maura teléfono a Palacio, a Gobernación, al domicilio del doctor Marañón, donde se estaba celebrando en la negociación Romanones-Alcalá-Zamora que garantizó la salida pacífica de la familia real. No pudo sacar nada en claro. Empezó a impacientarse. A las tres y media volvió a telefonear puntos ninguna respuesta. A las cuatro, ansioso, enervado, volvió a insistir, a las cinco, a las cinco y media, no sabía aún si el paso de la República era franco. Por fin, cuando cansada americana, con los ojos enrojecidos saliéndole de las órbitas, dijo Maura:

-Ha llegado la hora de echarse a la calle. Vámonos, Azaña…

        En la calle alquilaron un taxi y Maura ordenó, contundente:

        -A Gobernación.

    Azaña lo miró, asustado. A medida que  el taxi se fue acercando al centro de Madrid, la inquietud Azaña fue creciendo. Por fin dijo:

-¡¿Pero, Maura, es usted un insensato! nos van a ametrallar. Nos van a ametrallar. Nos acribillaron a balazos. Esto es una locura….

-No se preocupe-dijo Maura, impávido, aunque trastornado por dentro-, Pronto habremos salido de dudas 

    -Pero Maura...

    -Si nos ametrallan, nos ametrallan.

    Llegaron, sí, a la Puerta del Sol. Cuando la multitud reconoció, y ovacionó. Bajar del coche frente al portal del ministerio. La gente se abrió paso. Ante la puerta. Apareció en el portal un oficial de la Guardia Civil.

-¿Desean los señores…?-Preguntó

        -Somos el Gobierno provisional de la República-contestó Maura, estirado.

       El oficial soltó un grito y la guardia formó primer paso está dado. Azaña, valido como un muerto, se secó el sudor de la frente.

    Maura subió los peldaños de la escalera del primer piso de tres en tres. Llegaron hacia la puerta del despacho secretario. Maura se abalanzó sobre la manilla de la cerradura. Entró como una exhalación del despacho y se encontró ante don Mariano Marfil, a quien conocía perfectamente, pues había trabajado con su padre, don Antonio Maura. Don Miguel dice, con voz enérgica:

    -¡Señor subsecretario soy el ministro de gobernación del Gobierno provisional de la República. Deseo que se ausente usted en el acto.

    Marfil pálido con un personaje del Greco, se pasó la mano por la barba y dijo con voz cobarde:

    - Me doy por enterado.

    Marfil salió por una puerta falsa.

    Maura pasó enseguida el despacho del ministro y cogió el teléfono, exaltado, mientras, Azaña sentado enfrente, iba  tranquilizándose de forma visible.

    -¿Es usted el gobernador Sevilla? -dice Maura-. Aquí el ministro el  Gobernación de la República

     -¿Qué? ¿cómo dice usted?- responde el gobernador de Sevilla 

    -Aquí Miguel Maura, ministro de Gobernación de la República, de Re-pú-bli- ca… ¿Me oye usted?  Entregue usted el mando al presidente de la Audiencia en el acto…

    -Bien, señor ministro- dice la voz de Sevilla, temblando y quizá indignada

Maura habló así, uno por uno, con todos los gobernadores de la Península. A las seis y media el régimen republicano de la tarde, republicano fue instaurado oficialmente en toda España. A medida que Maura fue telefoneando, don Manuel Azaña se fue quitando la angustia de encima y acabó en un estado de fatiga tranquilizada…

-Las ventanas exteriores del Ministerio- me dice señora Ayuso-estaban cerradas, pero los aullidos de la muchedumbre, que llenaba literalmente la Puerta del Sol y las calles adyacentes, llegaban hasta el despacho del ministro. Espectáculo era impresionante, como el Madrid se cena tan tarde, el espectáculo duró mucho.Los estallidos del espectáculo de masas fueron variados y apasionados

SIETE DE LA TARDE

    Mientras el señor Ayuso me contaba estas noticias, salieron  los periódicos de la tarde. La gente se arrancado de las manos de los vendedores. Los compramos. Grandes titulares. Los leímos, claro.  En primera página, los periódicos publican el documento del Rey. Es un manifiesto al país cuya particularidad consiste no contener renuncia alguna  a ningún derecho de la familia real . Alfonso XIII presenta su partida como un mal menor para España porque esta marcha va a evitar la guerra civil. Pone el énfasis de forma explícita, en que no ha querido resistir en ningún momneto. Todo el documento acentúa la not constitucionalista, y está escrito con una notoria preocupación histórica.  Ayuso que, según me cuenta, ha cambiado de régimen ligero respingo, parece satisfecho del contenido del documento real.

    Me despido agradecido de mi amigo de Soria y entro en Teléfonos. Encuentro algunos periodistas con los que me une una larga amistad. Les pregunto quién es el autor del documento del rey publicado por los periódicos. Me dicen todos lo mismo

    -Está escrito de puño y letra por el conde de la Mortera, por Gabriel Maura.

    Es curioso, pienso.  Mientras Miguel Maura forcejeaba para apoderarse de Gobernación el nombre del Gobierno provisional, su hermano Gabriel escribía la despedida del rey y preservaba los derechos de la dinastía de forma explícita y clara. Mis compañeros, que han constatado el hecho, igual que yo, también lo encuentran curioso.

-Y eso, efecto. En España pasa siempre lo mismo  Una vez más, hemos dispuesto las cosas para ver quién gana a largo plazo. ¿Ganará don Gabriel? ¿Ganará don Miguel?  ¿Quién ganará?

-No es lo primero que vemos  ni último que vamos a ver, si vivimos …-dice otro compañero encogiéndose escépticamente  de hombros.


DIEZ MENOS CUARTO

Ceno en el Ritz en España con el señor Ventosa, en el comedor general. En el salón en la mesa de al lado se encuentra el coronel Benn, simpático que apuesto la compañía Telefónica.

-El cambio de régimen-oigo como le dice el señor Ventosa- va a dar mucho trabajo a la Compañía.

Mister Benn se echa a reír. Come espárragos. Tiene uno en la mano. Su risa da tantas sacudidas que el espárrago le tiembla en las manos. Mientras, los gritos del desbordamiento popular llegan al comedor, algo apagados.

Durante la cena, hablamos de Bagur, de Aiguablava, del vedado de Aiguaxellida y Les Falugues, y dedicamos un recuerdo a nuestro amigo Florià Pi de Sa Riera, tan simpático e inteligente. Aprovecho un momento de propensión al lirismo casero para realizar una descripción enfática y exuberante del estofado de conejo de monte. Estas comidas horripilantes de gran hotel me excitan la imaginación culinaria.

En esto, anuncian a una aristocracia de Barcelona que quiere ver con urgencia al señor Ventosa. Se le recibe con el gesto torcido.

-Vengo a pedirle un favor…-dice el aristócrata con gran volubilidad y un catalán castellanizado de difícil comprensión-. He hecho una apuesta con unos amigos del hotel. Ellos dicen que el Rey ha salido por Cartagena. Yo digo que saldrá por Portugal…

-¿Y yo que quiere que le diga, Virgen Santa!- responde Ventosa haciendo grandes esfuerzos para contenerse-.¿ Qué quiere que sepa pobre de mí?

El otro insiste. Ventosa lo mira y le hace un gesto con la mano para que pare.

-¿Quiere hacerme el favor- le dice marcando las palabras- de no molestarme  más y de dejarme cenar tranquilo?

El aristócrata huye conturbado y derriba una silla de dos o tres metros más allá

A la hora de los postres anuncian a don Luis Zulueta. Cuando están cara a cara se abrazan. En el momento de largar los abrazos, Zulueta le dice:

-Por encima de todo, la amistad

Cuando Zulueta se retira, Ventosa me dice:

    Es agradable haber compartido estudios con este hombre. Hace muchos años que nos conocemos. Hemos mantenido siempre gran amistad… desde que estudiamos en jesuitas de Barcelona. ¡Hace tiempo!

    Fuera se oyen los gritos del desbordamiento popular.


    DE MADRUGADA

Tras haber cenado, hallándome en la Puerta del Sol y en la calle Mayor, me parece indispensable acercarme a lo que hasta ahora ha sido el Palacio de Oriente o Palacio Real.

Grupos de aspecto suburbial, con alguna mujer, ligeramente bebidos, con banderas, latas de petróleo, trozos de estatuas mutiladas o derribadas, van y vienen por las calles. Gritando y cantando, pero con aire de estar ya un poco cansados. Llego a la plaza. La enorme mole del edifico, cerrado a cal y canto y en la más absoluta oscuridad produce una gran impresión. Su aspecto es tétrico, fantasmal, dramático. Los sucesivos momentos de la historia proyectan, sobre los edificios que con ellos se relacionan, visiones diferentes, como si segregaran sentimientos humanos, Ante estas piedras, geométricas e italianas, pienso en el claroscuro del estilo de Skakespeare. El ex Rey hace horas que se ha marchado.

La plaza es una caldera humana. En los jardines delanteros se ve algún cuerpo tumbado en el suelo, durmiendo-algunos, roncando-. Las oleadas humanas se suceden sin parar, van y vienen enarbolando gritos y canciones, vivas y mueras, gesticulaciones, con facciones descompuestas y sudadas. El Palacio parece muerto. Los golfillos de Madrid se suben a los árboles, ocupan las garitas de los soldados. Algunos tratan de encaramarse por los sillares de la fachada. La gente pasa frente al edifico- el tráfico rodado es nulo-: uno con el puño en alto, la cara pálida, la garganta rota de tanto gritar; otros (pocos) contemplan, con aire pasmado y melancólico, el gran palacio, que si todo va bien, será la tumba de los Borbones de España. Una mujer, sentada en un banco, con una criatura dormida en brazos, observa con la mirada perdida el gran edificio… En el balcón de la fachada, el pueblo ha colgado, atada a una caña, una bandera republicana hecha deprisa y corriendo, con miserables andrajos de suburbios.

Madrid vive una madrugada frenética. Vuelvo a pie, paso a paso, por la calle del Arenal. Paso frente al hotel donde vi, tras los cristales del comedor, a Menéndez Pelayo ante una taza de café y una copita de coñac. La oleada de gente dirigiéndose a la plaza de Oriente no cesa nunca. Al final de la calle se ve el resplandor rojizo de los arcos voltaicos de la Puerta del Sol y una nube de polvo amarillo. El Ministerio de Gobernación está iluminado a giorgino. Los miembros del Gobierno provisional presentes en Madrid deben de estar reunidos par air siguiendo, por momentos, los acontecimientos de toda España.

    En la Puerta del Sol oigo a una señorita de mal vivir decirle a una amiga, con aire resignado:

-Con esto de la República, todavía no me he estrenado


    BIEN ENTRADA LA MADRUGADA

    Llego así, bastante cansado,  a mi hotel de la plaza de Santa Ana. El barrio parece muy calmado y silencioso. Me siento en un sillón del hall y no sé por qué razón, quizá por el propio cansancio, pienso en los libros que he leído sobre España, libros que, según me aseguraron, eran buenos, elaborados por los más agudos observadores, nacionales y extranjeros, de este país.

    En general, todos estos libros dicen lo mismo. España, dicen estos papeles, es una cosa móvil. La Monarquía es una situación eterna. La duración de esta monarquía está garantizada, primero, por el Ejército y la Marina, que es una llave intocable. Luego, por el latifundismo del sur, de Andalucía y Extremadura. Luego, por la Iglesia católica, apostólica y romana, por la que los españoles sienten una adoración viva, activa, pintoresca e indispensable. Luego, porque el dinero es monárquico. Luego, aún, porque la industrialización es incipiente, porque el orden público es fácil y porque la clase media es rabiosamente monárquica... Y gran parte del pueblo, también...

    Ahora bien, en el día de hoy, 14 de abril, todas las impresionantes columnas  del templo inmóvil se han derrumbado. Me vienen tales ganas de reír que, si no estuviera tan cansado, si el día no hubiera sido tan ajetreado, estas ganas serían aún más abundantes. ¡ Cómo han envejecido los observadores de España! El día de hoy los ha convertido en insoportables gagás. Los viejos-ya se sabe- son los más hiperbólicos, los que mas mienten. Lo deben de hacer por tradición,¡ pues han mentido tanto! ¿ Qué inseguridades más  más curiosas tiene la vida! De ahora  en adelante. ¿qué vamos a leer sobre España?

    En ésas, veo a don Julio Camba entrar por la puerta del hotel. da la impresión de haber engordado, llevaba tiempo sin verlo. Tiene la cara brillante, las facciones algo con gestionadas, se tambalea un poco. habrá pasado la noche celebrando el advenimiento, con algunos amigos...

    -  ¡Si!- me dice con habla lago atropellada- He venido a Madrid por lo de la República. aspiro a una embajada. tengo méritos, creo, yo, suficientes. He vivido casi toda mi vida en el extranjero. Conozco varios idiomas, no tan bien, como Xammar, desde luego. De joven fui anarquista. Lerroux lo sabe y espero por lo que tenga cuenta.
      
    En efecto, valdría la pena tenerlo en cuenta, pero estos humoristas profesionales como Camba nunca se sabe si hablan de broma o hablan en serio. Que don Julio Camba sería un buen embajador, esta fuera de toda duda. Juega al póquer como los ángeles


NOTA A PIE DE PÁGINA

 Obra publicada en catalán en 1933 con el título: . L’ adveniment de la República  y  en español por Alianza Editorial en 1986, 






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