No hace mucho tiempo, la tierra estaba poblada por dos 

mil millones de habitantes, es decir, quinientos millones de 

hombres y mil quinientos millones de indígenas. Los pri-

meros disponían del Verbo, los otros lo tomaban prestado. 

Entre aquéllos y éstos, reyezuelos vendidos, señores feuda-

les, una falsa burguesía forjada de una sola pieza servían de 

intermediarios. En las colonias, la verdad aparecía desnuda; 

las “metrópolis” la preferían vestida; era necesario que los 

indígenas las amaran. Como a madres, en cierto sentido. La 

élite europea se dedicó a fabricar una élite indígena; se se-

leccionaron adolescentes, se les marcó en la frente, con hie-

rro candente, los principios de la cultura occidental, se les 

introdujeron en la boca mordazas sonoras, grandes palabras 

pastosas que se adherían a los dientes; tras una breve estan-

cia en la metrópoli se les regresaba a su país, falsificados. 

Esas mentiras vivientes no tenían ya nada que decir a sus 

hermanos; eran un eco; desde París, Londres, Ámsterdam 

nosotros lanzábamos palabras: “¡Partenón! ¡Fraternidad!” y 

en alguna parte, en África, en Asia, otros labios se abrían: 

“¡...tenón! ¡...nidad!” Era la Edad de Oro.

Aquello se acabó: las bocas se abrieron solas; las voces, 

amarillas y negras, seguían hablando de nuestro humanis-

mo, pero fue para reprocharnos nuestra inhumanidad No-

sotros escuchábamos sin disgusto esas corteses expresiones 

de amargura. Primero con orgullosa admiración: ¿cómo?, 

¿hablan solos? ¡Ved lo que hemos hecho de ellos! No dudá-

bamos de que aceptasen nuestro ideal, puesto que nos acu-

saban de no serles fieles; Europa creyó en su misión: había 

helenizado a los asiáticos, había creado esa especie nueva. 

Los negros grecolatinos. Y añadíamos, entre nosotros, con 

sentido práctico: hay que dejarlos gritar, eso los calma: pe 8

rro que ladra no muerde.

Vino otra generación que desplazó el problema. Sus escri-

tores, sus poetas, con una increíble paciencia, trataron de 

explicarnos que nuestros valores no se ajustaban a la verdad 

de su vida, que no podían ni rechazarlos del todo ni asimi-

larlos. Eso quería decir, más o menos: ustedes nos han con-

vertido en monstruos, su humanismo pretende que somos 

universales y sus prácticas racistas nos particularizan. Noso-

tros los escuchamos, muy tranquilos: a los administradores 

coloniales no se les paga para que lean a Hegel, por eso lo 

leen poco, pero no necesitan de ese filósofo para saber que 

las conciencias infelices se enredan en sus gemidos, sería la 

de la integración. No se trataba de pues, su infelicidad, no 

surgirá sino el viento. Si hubiera, nos decían los expertos, 

la sombra de una reivindicación en sus gemidos, sería la de 

la integración. No se trataba de otorgársela, por supuesto: 

se habría arruinado el sistema que descansa, como ustedes 

saben, en la sobreexplotación. Pero bastaría hacerles creer 

el embuste: seguirían adelante. En cuanto a la rebeldía, esta-

mos muy tranquilos. ¿Qué indígena consciente se dedicaría 

a matar a los bellos hijos de Europa con el único fin de con-

vertirse en europeo como ellos? En resumen, alentábamos 

esa melancolía y no nos parecía mal, por una vez, otorgar el 

premio Goncourt a un negro: eso era antes de 1939.

1961. Escuchen: “No perdamos el tiempo en estériles leta-

nías ni en mimetismos nauseabundos. Abandonemos a esa 

Europa que no deja de hablar del hombre al mismo tiempo 

que lo asesina por dondequiera que lo encuentra, en todas 

las esquinas de sus propias calles, en todos los rincones del 

mundo. Hace siglos que en nombre de una pretendida aven-

tura espiritual’ ahoga a casi toda la humanidad.” El tono es 

nuevo. ¿Quién se atreve a usarlo? Un africano, hombre del 

Tercer Mundo, ex colonizado. Añade: “Europa ha adquiri 9

do tal velocidad, local y desordenada... que va... hacia un 

abismo del que vale más alejarse.” En otras palabras: está 

perdida. Una verdad que a nadie le gusta declarar, pero de 

la que estamos convencidos todos — ¿no es cierto, queridos 

europeos?

Hay que hacer, sin embargo, una salvedad. Cuando un fran-

cés, por ejemplo, dice a otros franceses: “Estamos perdidos” 

—lo que, por lo que yo sé, ocurre casi todos los días desde 

1930— se trata de un discurso emotivo, inflamado de co-

raje y de amor, y el orador se incluye a sí mismo con todos 

sus compatriotas. Y además, casi siempre añade: “A menos 

que...”. Todos ven de qué se trata: no puede cometerse un 

solo error más; si no se siguen sus recomendaciones al pie 

de la letra, entonces y sólo entonces el país se desintegrará. 

En resumen: es una amenaza seguida de un consejo y esas 

ideas chocan tanto menos cuanto que brotan de la intersub-

jetividad nacional. Cuando Fanon, por el contrario, dice que 

Europa se precipita a la perdición, lejos de lanzar un grito de 

alarma hace un diagnóstico. Este médico no pretende ni con-

denarla sin recurso —otros milagros se han visto— ni darle 

los medios para sanar; comprueba que está agonizando, des-

de fuera, basándose en los síntomas que ha podido recoger. 

En cuanto a curarla, no: él tiene otras preocupaciones; le da 

igual que se hunda o que sobreviva. Por eso su libro es es-

candaloso. Y si ustedes murmuran, medio en broma, medio 

molestos: “¡Qué cosas nos dice!”, se les escapa la verdadera 

naturaleza del escándalo: porque Fanon no les “dice” abso-

lutamente nada; su obra —tan ardiente para otros— perma-

nece helada para ustedes; con frecuencia se habla de ustedes 

en ella, jamás a ustedes. Se acabaron los Goncourt negros 

y los Nobel amarillos: no volverá la época de los coloniza-

dos laureados. Un ex indígena “de lengua francesa” adapta 

esa lengua a nuevas exigencias, la utiliza para dirigirse úni 10

camente a los colonizados: “¡Indígenas de todos los países 

subdesarrollados, uníos!” Qué decadencia la nuestra: para 

sus padres, éramos los únicos interlocutores; los hijos no nos 

consideran ni siquiera interlocutores válidos: somos los ob-

jetos del razonamiento. Por supuesto, Fanon menciona de 

pasada nuestros crímenes famosos, Setif, Hanoi, Madagas-

car, pero no se molesta en condenarlos: los utiliza. 

Si descubre las tácticas del colonialismo, el juego complejo 

de las relaciones que unen y oponen a los colonos y los “de 

la metrópoli” lo hace para sus hermanos; su finalidad es en-

señarles a derrotarnos.

En una palabra, el Tercer Mundo se descubre y se expresa 

a través de esa voz. Ya se sabe que no es homogéneo y que 

todavía se encuentran dentro de ese mundo pueblos someti-

dos, otros que han adquirido una falsa independencia, algu-

nos que luchan por conquistar su soberanía y otros más, por 

último, que aunque han ganado la libertad plena viven bajo 

la amenaza de una agresión imperialista. Esas diferencias 

han nacido de la historia colonial, es decir, de la opresión. 

Aquí la Metrópoli se ha contentado con pagar a algunos se-

ñores feudales; allá, con el lema de “dividir para vencer”, ha 

fabricado de una sola pieza una burguesía de colonizados; 

en otra parte ha dado un doble golpe: la colonia es a la vez 

de explotación y de población. Así Europa ha fomentado las 

divisiones, las oposiciones, ha forjado clases y racismos, ha 

intentado por todos los medios provocar y aumentar la es-

tratificación de las sociedades colonizadas. Fanon no oculta 

nada: para luchar contra nosotros, la antigua colonia debe 

luchar contra sí misma. O más bien ambas luchas no son 

sino una sola. En el fuego del combate, todas las barreras 

interiores deben desaparecer, la impotencia burguesa de 

los negociantes y los compradores, el proletariado urbano, 

siempre privilegiado, el lumpen-proletariat de los barrios 11

miserables, todos deben alinearse en la misma posición de 

las masas rurales, verdadera fuente del ejército colonial y 

revolucionario; en esas regiones cuyo desarrollo ha sido 

detenido deliberadamente por el colonialismo, el campesi-

nado, cuando se rebela, aparece de inmediato como la clase 

radical: conoce la opresión al desnudo, la ha sufrido mucho 

más que los trabajadores de las ciudades y, para que no mue-

ra de hambre, se necesita nada menos que un desplome de 

todas las estructuras. Si triunfa, la Revolución nacional será 

socialista; si se corta su aliento, si la burguesía colonizada 

toma el poder, el nuevo Estado, a pesar de una soberanía 

formal, queda en manos de los imperialistas. El ejemplo de 

Katanga lo ilustra muy bien. Así, pues, la unidad del Tercer 

Mundo no está hecha: es una empresa en vías de realizarse, 

que ha de pasar en cada país, tanto después como antes de 

la independencia, por la unión de todos los colonizados bajo 

el mando de la clase campesina. Esto es lo que Fanon ex-

plica a sus hermanos de África, de Asia, de América Latina: 

realizaremos todos juntos y en todas partes el socialismo 

revolucionario o seremos derrotados uno a uno por nuestros 

antiguos tiranos. No oculta nada; ni las debilidades, ni las 

discordias, ni las mixtificaciones. Aquí, el movimiento tiene 

un mal comienzo; allí, tras brillantes éxitos, pierde veloci-

dad; en otra parte se detiene; si se quiere reanudarlo, será 

necesario que los campesinos lancen al mar a su burguesía. 

Se advierte seriamente al lector contra las enajenaciones 

más peligrosas: el dirigente, el culto a la personalidad, la 

cultura occidental e, igualmente, el retorno al lejano pasado 

de la cultura africana: la verdadera cultura es la Revolución, 

lo que quiere decir que se forja al rojo. Fanon habla en voz 

alta; nosotros los europeos podemos escucharlo: la prueba 

es que aquí tienen ustedes este libro en sus manos; ¿no teme 

que las potencias coloniales se aprovechen de su sinceridad? 12

No. No teme nada. Nuestros procedimientos están anti-

cuados: pueden retardar ocasionalmente la emancipación, 

pero no la detendrán. Y no hay que imaginar que podemos 

modificar nuestros métodos: el neocolonialismo, ese sueño 

lánguido de las metrópolis, no es más que aire; las “Terceras 

Fuerzas” no existen o bien son las burguesías de hojalata 

que el colonialismo ya ha colocado en el poder. Nuestro ma-

quiavelismo tiene poca influencia sobre ese mundo, ya muy 

despierto, que ha descubierto una tras otra nuestras menti-

ras. El colono no tiene más que un recurso: la fuerza cuando 

todavía le queda; el indígena no tiene más que una alterna-

tiva: la servidumbre o la soberanía. ¿Qué puede importarle 

a Fanon que ustedes lean o no su obra? Es a sus hermanos a 

quienes denuncia nuestras viejas malicias, seguro de que no 

tenemos alternativa. A ellos les dice: Europa ha dado un zar-

pazo a nuestros continentes; hay que acuchillarle las garras 

hasta que las retire. El momento nos favorece: no sucede 

nada en Bizerta, en Elizabethville, en el campo argelino sin 

que la tierra entera sea informada; los bloques asumen po-

siciones contrarias, se respetan mutuamente, aprovechemos 

esa parálisis, entremos en la historia y que nuestra irrupción 

la haga universal por primera vez; luchemos: a falta de otras 

armas, bastará la paciencia del cuchillo. 

Europeos, abran este libro, penetren en él. Después de dar 

algunos pasos en la oscuridad, verán a algunos extranjeros 

reunidos en torno al fuego, acérquense, escuchen: discuten 

la suerte que reservan a las agencias de ustedes, a los mer-

cenarios que las defienden. Quizá estos extranjeros se den 

cuenta de su presencia, pero seguirán hablando entre sí, sin 

tan siquiera bajar la voz. Esa indiferencia hiere en lo más 

hondo: sus padres, criaturas de sombra, criaturas de ustedes, 

eran almas muertas, ustedes les dispensaban la luz, no ha-

blaban sino a ustedes y nadie se ocupaba de responder a esos 13

zombis. Los hijos, en cambio, los ignoran: los ilumina y los 

calienta un fuego que no es el de ustedes, que a distancia 

respetable se sentirán furtivos, nocturnos, estremecidos: a 

cada quien su turno; en esas tinieblas de donde va a surgir 

otra aurora, los zombis son ustedes.

En ese caso, dirán, arrojemos este libro por la ventana. ¿Para 

qué leerlo si no está escrito para nosotros? Por dos motivos, 

el primero de los cuales es que Fanon explica a sus herma-

nos cómo somos y les descubre el mecanismo de nuestras 

enajenaciones: aprovéchenlo para revelarse a ustedes mis-

mos en su verdad de objetos. Nuestras víctimas nos conocen 

por sus heridas y por sus cadenas: eso hace irrefutable su 

testimonio. Basta que nos muestren lo que hemos hecho de 

ellas para que conozcamos lo que hemos hecho de nosotros 

mismos. ¿Resulta útil? Sí, porque Europa está en gran peli-

gro de muerte. Pero, dirán ustedes, nosotros vivimos en la 

Metrópoli y reprobamos los excesos. Es verdad, ustedes no 

son colonos, pero no valen más que ellos. Ellos son sus pio-

neros, ustedes los enviaron a las regiones de ultramar, ellos 

los han enriquecido; ustedes se lo habían advertido: si ha-

cían correr demasiada sangre, los desautorizarían de labios 

afuera; de la misma manera, un Estado —cualquiera que 

sea— man-tiene en el extranjero una turba de agitadores, de 

provocadores y de espías a los que desautoriza cuando se les 

sorprende. Ustedes, tan liberales, tan humanos, que llevan al 

preciosismo el amor por la cultura, parecen olvidar que tie-

nen colonias y que allí se asesina en su nombre. Fanon reve-

la a sus camaradas —a algunos de ellos, sobre todo, que to-

davía están demasiado occidentalizados— la solidaridad de 

los “metropolitanos” con sus agentes coloniales. Tengan el 

valor de leerlo: porque les hará avergonzarse y la vergüen-

za, como ha dicho Marx, es un sentimiento revolucionario. 

Como ustedes ven, tampoco yo puedo desprenderme de la 14

ilusión subjetiva. Yo también les digo: “Todo está perdido, 

a menos que...” Como europeo, me apodero del libro de un 

enemigo y lo convierto en un medio para curar a Europa. 

Aprovéchenlo.

Y he aquí la segunda razón: si descartan la verborrea fascis-

ta de Sorel, comprenderán que Fanon es el primero después 

de Engels que ha vuelto a sacar a la superficie a la partera 

de la historia. Y no vayan a creer que una sangre demasia-

do ardiente o una infancia desgraciada le han creado algún 

gusto singular por la violencia: simplemente se convierte en 

intérprete de la situación: nada más. Pero esto basta para que 

constituya, etapa por etapa, la dialéctica que la hipocresía li-

beral les oculta a ustedes y que nos ha producido a nosotros 

lo mismo que a él.

En el siglo pasado, la burguesía consideraba a los obreros 

como envidiosos, desquiciados por groseros apetitos, pero 

se preocupaba por incluir a esos seres brutales en nuestra 

especie: de no ser hombres y libres ¿cómo podrían vender 

libremente su fuerza de trabajo? En Francia, en Inglaterra, 

el humanismo presume de universal.

Con el trabajo forzado sucede todo lo contrario. No hay con-

trato. Además, hay que intimidar: la opresión resulta evi-

dente. Nuestros soldados, en ultramar, rechazan el universa-

lismo metropolitano, aplican al género humano el numerus 

clausus: como nadie puede despojar a su semejante sin co-

meter un crimen, sin someterlo o matarlo, plantean como 

principio que el colonizado no es el semejante del hombre. 

Nuestra fuerza de choque ha recibido la misión de convertir 

en realidad esa abstracta certidumbre: se ordena reducir a 

los habitantes del territorio anexado al nivel de monos su-

periores, para justificar que el colono los trate como bestias. 

La violencia colonial no se propone sólo como finalidad 

mantener en actitud respetuosa a los hombres sometidos, 15

trata de deshumanizarlos. Nada será ahorrado para liquidar 

sus tradiciones, para sustituir sus lenguas por las nuestras, 

para destruir su cultura sin darles la nuestra; se les embrute-

cerá de cansancio. Desnutridos, enfermos, si resisten toda-

vía al miedo se llevará la tarea hasta el fin: se dirigen contra 

el campesino los fusiles; vienen civiles que se instalan en 

su tierra y con el látigo lo obligan a cultivarla para ellos. Si 

se resiste, los soldados disparan, es un hombre muerto; si 

cede, se degrada, deja de ser un hombre; la vergüenza y el 

miedo van a quebrar su carácter, a desintegrar su persona. 

Todo se hace a tambor batiente, por expertos: los “servicios 

psicológicos” no datan de hoy. Ni el lavado de cerebro. Y 

sin embargo, a pesar de todos los esfuerzos, no se alcanza 

el fin en ninguna parte: ni en el Congo, donde se cortaban 

las manos a los negros ni en Angola donde, recientemente, 

se horadaban los labios de los descontentos, para cerrarlos 

con cadenas. Y no sostengo que sea imposible convertir a un 

hombre en bestia. Solo afirmo que no se logra sin debilitarlo 

considerablemente; no bastan los golpes, hay que presionar 

con la desnutrición. Es lo malo con la servidumbre: cuando 

se domestica a un miembro de nuestra especie, se disminuye 

su rendimiento y, por poco que se le dé, un hombre de co-

rral acaba por costar más de lo que rinde. Por esa razón los 

colonos se ven obligados a dejar a medias la domesticación: 

el resultado, ni hombre ni bestia, es el indígena. Golpeado, 

subalimentado, enfermo, temeroso, pero sólo hasta cierto 

punto, tiene siempre, ya sea amarillo, negro o blanco, los 

mismos rasgos de carácter: es perezoso, taimado y ladrón, 

vive de cualquier cosa y sólo conoce la fuerza.

¡Pobre colono!: su contradicción queda al desnudo. Debe-

ría, como hace, según se dice, el ogro, matar al que cap-

tura. Pero eso no es posible. ¿No hace falta acaso que los 

explote? Al no poder llevar la matanza hasta el genocidio y 16

la servidumbre hasta el embrutecimiento animal, pierde el 

control, la operación se invierte, una implacable lógica lo 

llevará hasta la descolonización.

Pero no de inmediato. Primero, reina el europeo: ya ha per-

dido, pero no se da cuenta; no sabe todavía que los indíge-

nas son falsos indígenas; afirma que les hace daño para des-

truir el mal que existe en ellos; al cabo de tres generaciones, 

sus perniciosos instintos ya no resurgirán. ¿Qué instintos? 

¿Los que impulsan al esclavo a matar al amo? ¿Cómo no re-

conoce su propia crueldad dirigida ahora contra él mismo? 

¿Cómo no reconoce en el salvajismo de esos campesinos 

oprimidos el salvajismo del colono que han absorbido por 

todos sus poros y del que no se han curado? La razón es 

sencilla: ese personaje déspota, enloquecido por su omni-

potencia y por el miedo de perderla, ya no se acuerda de 

que ha sido un hombre: se considera un látigo o un fusil; ha 

llegado a creer que la domesticación de las “razas inferio-

res” se obtiene mediante el condicionamiento de sus refle-

jos. No toma en cuenta la memoria humana, los recuerdos 

imborrables; y, sobre todo, hay algo que quizá no ha sabido 

jamás: no nos convertimos en lo que somos sino mediante 

la negación íntima y radical de lo que han hecho de noso-

tros. ¿Tres generaciones? Desde la segunda, apenas abrían 

los ojos, los hijos han visto cómo golpeaban a sus padres. 

En términos de psiquiatría, están “traumatizados”. Para toda 

la vida. Pero esas agresiones renovadas sin cesar, lejos de 

llevarlos a someterse, los sitúan en una contradicción inso-

portable que el europeo pagará, tarde o temprano. Después 

de eso, aunque se les domestique a su vez, aunque se les 

enseñe la vergüenza, el dolor y el hambre, no se provocará 

en sus cuerpos sino una rabia volcánica cuya fuerza es igual 

a la de la presión que se ejerce sobre ellos. ¿Decían ustedes 

que no conocen sino la fuerza? Es cierto; primero será sólo 17

la del colono y pronto después la suya propia: es decir, la 

misma, que incide sobre nosotros como nuestro reflejo que, 

desde el fondo de un espejo, viene a nuestro encuentro. No 

se equivoquen; por esa loca roña, por esa bilis y esa hiel, por 

su constante deseo de matarnos, por la contracción perma-

nente de músculos fuertes que temen reposar, son hombres: 

por el colono, que quiere hacerlos esclavos, y contra él. To-

davía ciego, abstracto, el odio es su único tesoro: el Amo 

lo provoca porque trata de embrutecerlos, no puede llegar 

a quebrantarlo porque sus intereses lo detienen a medio ca-

mino; así, los falsos indígenas son todavía humanos, por el 

poder y la impotencia del -opresor que se transforman, en 

ellos, en un Techazo obstinado de la condición animal. Por 

lo demás ya se sabe; por supuesto, son perezosos: es sabota-

je. Taimados, ladrones. ¡Claro! Sus pequeños hurtos marcan 

el comienzo de una resistencia todavía desorganizada. Eso 

no basta: hay quienes se afirman lanzándose con las manos 

desnudas contra los fusiles; son sus héroes; y otros se hacen 

hombres asesinando europeos. Se les mata: bandidos y már-

tires, su suplicio exalta a las masas aterrorizadas.

Aterrorizadas, sí: en ese momento, la agresión colonial se 

interioriza como Terror en los colonizados. No me refiero 

sólo al miedo que experimentan frente a nuestros inagota-

bles medios de represión, sino también al que les inspira su 

propio furor. Se encuentran acorralados entre nuestras ar-

mas que les apuntan y esos tremendos impulsos, esos deseos 

de matar que surgen del fondo de su corazón y que no siem-

pre reconocen: porque no es en principio su violencia, es la 

nuestra, invertida, que crece y los desgarra; y el primer mo-

vimiento de esos oprimidos es ocultar profundamente esa 

inaceptable cólera, reprobada por su moral y por la nuestra 

y que no es, sin embargo, sino el último reducto de su huma-

nidad. Lean a Fanon: comprenderán que, en el momento de 18

impotencia, la locura homicida es el inconsciente colectivo 

de los colonizados.

Esa furia contenida, al no estallar, gira en redondo y daña 

a los propios oprimidos. Para liberarse de ella, acaban por 

matarse entre sí: las tribus luchan unas contra otras al no 

poder enfrentarse al enemigo verdadero —y, naturalmente, 

la política colonial fomenta sus rivalidades; el hermano, al 

levantar el cuchillo contra su hermano, cree destruir de una 

vez por todas la imagen detestada de su envilecimiento co-

mún. Pero esas víctimas expiatorias no apaciguan su sed de 

sangre; no evitarán lanzarse contra las ametralladoras, sino 

haciéndose nuestros cómplices: ellos mismos van a acelerar 

el progreso de esa deshumanización que rechazan. Bajo la 

mirada zumbona del colono, se protegerán contra sí mismos 

con barreras sobrenaturales, reanimando antiguos mitos 

terribles o atándose mediante ritos meticulosos: el obseso 

evade así su exigencia profunda, infligiéndose manías que 

lo ocupan en todo momento.

Bailan: eso los ocupa; relaja sus músculos dolorosamen-

te contraídos y además la danza simula secretamente, con 

frecuencia a pesar de ellos, el No que no pueden decir, los 

asesinatos que no se atreven a cometer. En ciertas regio-

nes utilizan este último recurso: el trance. Lo que antes era 

el hecho religioso en su simplicidad, cierta comunicación 

del fiel con lo sagrado, lo con-vierten en un arma contra la 

desesperanza y la humillación: los zars, las loas, los santos 

de la santería descienden sobre ellos, gobiernan su violen-

cia y la gastan en el trance hasta el agotamiento. Al mismo 

tiempo, esos altos personajes los protegen: esto quiere decir 

que los colonizados se defienden de la enajenación colonial 

acrecentando la enajenación religiosa. El único resultado a 

fin de cuentas, es que se acumulan ambas enajenaciones y 

que cada una refuerza a la otra. Así, en ciertas psicosis, can 19

sados de ser insultados todos los días, los alucinados creen 

un buen día que han escuchado la voz de un ángel que los 

elogia; los denuestos no desaparecen, sin embargo: en lo 

sucesivo, alternan con el elogio. Es una defensa y el final de 

su aventura: la persona está disociada, el enfermo se enca-

mina a la demencia. Hay que añadir, en el caso de algunos 

desgraciados rigurosamente seleccionados, ese otro trance 

de que he hablado más arriba: la cultura occidental. En su 

lugar, dirán ustedes, yo preferiría mis zars a la Acrópolis. 

Bueno, eso quiere decir que han comprendido. Pero no del 

todo, sin embargo, porque ustedes no se encuentran en su 

lugar. Todavía no. De otra manera sabrían que ellos no pue-

den escoger: acumulan. Dos mundos, es decir, dos trances: 

se baila toda la noche, al alba se apretujan en las iglesias 

para oír misa; día a día, la grieta se ensancha. Nuestro ene-

migo traiciona a sus hermanos y se hace nuestro cómplice; 

sus hermanos hacen lo mismo. La condición del indígena es 

una neurosis introducida y mantenida por el colono entre los 

colonizados, con su consentimiento.

Reclamar y negar, a la vez, la condición humana: la contra-

dicción es explosiva. Y hace explosión, ustedes lo saben lo 

mismo que yo. Vivimos en la época de la deflagración: bas-

ta que el aumento de los nacimientos acreciente la escasez, 

que los recién llegados tengan que temer a la vida un poco 

más que a la muerte, y el torrente de violencia rompe todas 

las barreras. En Argelia, en Angola, se mata al azar a los 

europeos. Es el momento del boomerang, el tercer tiempo 

de la violencia: se vuelve contra nosotros, nos alcanza y, 

como de costumbre, no comprendemos que es la nuestra. 

Los “liberales” se quedan confusos: reconocen que no éra-

mos lo bastante corteses con los indígenas, que habría sido 

más justo y más prudente otorgarles ciertos derechos en la 

medida de lo posible; no pedían otra cosa sino que se les 20

admitiera por hornadas y sin padrinos en ese club tan cerra-

do, nuestra especie: y he aquí que ese desencadenamiento 

bárbaro y loco no los respeta en mayor medida que a los ma-

los colonos. La izquierda metropolitana se siente molesta: 

conoce la verdadera suerte de los indígenas, la opresión sin 

piedad de que son objeto y no condena su rebeldía, sabiendo 

que hemos hecho todo por provocarla. Pero de todos modos, 

piensa, hay límites: esos “guerrilleros” deberían esforzarse 

por mostrarse caballeros; sería el mejor medio de probar que 

son hombres. A veces los reprende: “Van ustedes demasiado 

lejos, no seguiremos apoyándolos;” A ellos no les importa; 

para lo que sirve el apoyo que les presta, ya puede hacer con 

él lo que más le plazca. Desde que empezó su guerra, com-

prendieron esa rigurosa verdad: todos valemos lo que so-

mos, todos nos hemos aprovechado de ellos, no tienen que 

probar nada, no harán distinciones con nadie. Un solo deber, 

un objetivo único: expulsar al colonialismo por todos los 

medios. Y los más alertas entre nosotros estarían dispuestos, 

en rigor, a admitirlo, pero no pueden dejar de ver en esa 

prueba de fuerza el medio inhumano que los subhombres 

han asumido para lograr que se les otorgue carta de huma-

nidad: que se les otorgue lo más pronto posible y que traten 

luego, por medios pacíficos, de merecerla. Nuestras almas 

bellas son racistas.

Nos servirá la lectura de Fanon; esa violencia irreprimible, 

lo demuestra plenamente, no es una absurda tempestad ni la 

resurrección de instintos salvajes ni siquiera un efecto del 

resentimiento: es el hombre mismo reintegrándose. Esa ver-

dad, me parece, la hemos conocido y la hemos olvidado: 

ninguna dulzura borrará las señales de la violencia; sólo la 

violencia puede destruirlas. Y el colonizado se cura de la 

neurosis colonial expulsando al colono con las armas. Cuan-

do su ira estalla, recupera su transparencia perdida, se cono 21

ce en la medida misma en que se hace; de lejos, considera . -

mos su guerra como el triunfo de la barbarie; pero procede 

por sí misma a la emancipación progresiva del combatiente, 

liquida en él y fuera de él, progresivamente, las tinieblas 

coloniales. Desde que empieza, es una guerra sin piedad. 

O se sigue aterrorizado o se vuelve uno terrible; es decir: 

o se abandona uno a las disociaciones de una vida falsea-

da o se conquista la unidad innata. Cuando los campesinos 

reciben los fusiles, los viejos mitos palidecen, las prohibi-

ciones desaparecen una por una; el arma de un combatiente 

es su humanidad. Porque, en los primeros momentos de la 

rebelión, hay que matar: matar a un europeo es matar dos 

pájaros de un tiro, suprimir a la vez a un opresor y a un 

oprimido: quedan un hombre muerto y un hombre libre; 

el superviviente, por primera vez, siente un suelo nacional 

bajo la planta de los pies. En ese instante, la Nación no se 

aleja de él: se encuentra dondequiera que él va, allí don-

de él está —nunca más lejos, se confunde con su libertad. 

Pero, tras la primera sorpresa, el ejército colonial reacciona: 

hay que unirse o dejarse matar. Las discordias tribales se 

atenúan, tienden a desaparecer; primero porque ponen en 

peligro la Revolución y, más hondamente, porque no tenían 

más finalidad que derivar la violencia hacia falsos enemi-

gos. Cuando persisten —como en el Congo— es porque son 

alimentadas por los agentes del colonialismo. La Nación 

se pone en marcha: para cada hermano está en dondequie-

ra que combaten otros hermanos. Su amor fraternal es lo 

contrario del odio que les tienen a ustedes: son hermanos 

porque cada uno de ellos ha matado o puede, de un momen-

to a otro, haber matado. Fanon muestra a sus lectores los 

límites de la “espontaneidad”, la necesidad y los peligros 

de la “organización”. Pero, cualquiera que sea la inmensi-

dad de la tarea, en cada paso de la empresa se profundiza la 22

conciencia social. Los últimos complejos desaparecen: que 

nos hablen del “complejo de dependencia” en el soldado del 

A.L.N. Liberado de sus anteojeras, el campesino toma con-

ciencia de sus necesidades: ellos lo mataban, pero él trataba 

de ignorarlos; ahora los descubre como exigencias infinitas. 

En esta violencia popular, para sostenerse cinco años, ocho 

años como han hecho los argelinos, las necesidades milita-

res, sociales y políticas no pueden distinguirse. La guerra 

—aunque sólo fuera planteando el asunto del mando y las 

responsabilidades— instituye nuevas estructuras que serán 

las primeras instituciones de la paz. He aquí, pues, al hom-

bre instaurado hasta en las nuevas tradiciones, hijas futuras 

de un horrible presente, helo aquí legitimado por un derecho 

que va a nacer, que nace cada día en el fuego mismo: con el 

último colono muerto, reembarcado o asimilado, la especie 

minoritaria desaparece y cede su lugar a la fraternidad so-

cialista. Y esto no basta: ese combatiente quema las etapas; 

por supuesto no arriesga su piel para encontrarse al nivel del 

viejo “metropolitano”. Tiene mucha paciencia: quizá sueña 

a veces con un nuevo Dien-Bien-Phu; pero en realidad no 

cuenta con eso: es un mendigo que lucha, en su miseria, 

contra ricos fuertemente armados. En espera de las victorias 

decisivas y con frecuencia sin esperar nada, hostiga a sus 

adversarios hasta exacerbarlos. Esto no se hace sin espan-

tosas pérdidas; el ejército colonial se vuelve feroz: cuadri-

llas, ratissages, concentraciones, expediciones punitivas; se 

asesina a mujeres y niños. Él lo sabe: ese hombre nuevo 

comienza su vida de hombre por el final; se sabe muerto 

en potencia. Lo matarán: no sólo acepta el riesgo sino que 

tiene la certidumbre; ese muerto en potencia ha perdido a 

su mujer, a sus hijos; ha visto tantas agonías que prefiere 

vencer a sobrevivir; otros gozarán de la victoria, él no: está 

demasiado cansado. Pero esa fatiga del corazón es la fuente 23

de un increíble valor. Encontramos nuestra humanidad más 

acá de la muerte y de la desesperación, él la encuentra más 

allá de los suplicios y de la muerte. Nosotros hemos sembra-

do el viento, él es la tempestad. Hijo de la violencia, en ella 

encuentra a cada instante su humanidad: éramos hombres a 

sus expensas, él se hace hombre a expensas nuestras. Otro 

hombre: de mejor calidad.

Aquí se detiene Fanon. Ha mostrado el camino: vocero 

de los combatientes, ha reclamado la unión, la unidad del 

Continente africano contra todas las discordias y todos los 

particularismos. Su fin está logrado. Si quisiera describir 

integralmente el hecho histórico de la descolonización, ten-

dría que hablar de nosotros, y ése no es, sin duda, su propó-

sito. Pero, cuando cerramos el libro, continúa en nosotros, 

a pesar de su autor, porque experimentamos la fuerza de los 

pueblos en revolución y respondemos con la fuerza. Hay, 

pues, un nuevo momento de violencia y nos es necesario 

volvernos hacia nosotros esta vez porque esa violencia nos 

está cambiando en la medida en que el falso indígena cam-

bia a través de ella. Que cada cual reflexione como quiera, 

con tal de que reflexione: en la Europa de hoy, aturdida por 

los golpes que recibe, en Francia, en Bélgica, en Inglaterra, 

la menor distracción del pensamiento es una complicidad 

criminal con el colonialismo. Este libro no necesitaba un 

prefacio. Sobre todo, porque no se dirige a nosotros. Lo es-

cribí, sin embargo, para llevar la dialéctica hasta sus últimas 

consecuencias: también a nosotros, los europeos, nos están 

descolonizando; es decir, están extirpando en una sangrienta 

operación al colono que vive en cada uno de nosotros. De-

bemos volver la mirada hacia nosotros mismos, si tenemos 

el valor de hacerlo, para ver qué hay en nosotros. Primero 

hay que afrontar un espectáculo inesperado: el striptease de 

nuestro humanismo. Helo aquí desnudo y nada hermoso: no 24

era sino una ideología mentirosa, la exquisita justificación 

del pillaje; sus ternuras y su preciosismo justificaban nues-

tras agresiones. ¡Qué bello predicar la no violencia!: ¡Ni 

víctimas ni verdugos! ¡Vamos! Si no son ustedes víctimas, 

cuando el gobierno que han aceptado en un plebiscito, cuan-

do el ejército en que han servido sus hermanos menores, sin 

vacilación ni remordimiento, han emprendido un “genoci-

dio”, indudablemente son verdugos. Y si prefieren ser víc-

timas, arriesgarse a uno o dos días de cárcel, simplemente 

optan por retirar su carta del juego. No pueden retirarla: tie-

ne que permanecer allí hasta el final. Compréndanlo de una 

vez: si la violencia acaba de empezar, si la explotación y la 

opresión no han existido jamás sobre la Tierra, quizá la pre-

gonada “no violencia” podría poner fin a la querella. Pero si 

el régimen todo y hasta sus ideas sobre la no violencia están 

condicionados por una opresión milenaria, su pasividad no 

sirve sino para alinearlos del lado de los opresores.

Ustedes saben bien que somos explotadores. Saben que 

nos apoderamos del oro y los metales y el petróleo de los 

“continentes nuevos” para traerlos a las viejas metrópolis. 

No sin excelentes resultados: palacios, catedrales, capitales 

industriales; y cuando amenazaba la crisis, ahí estaban los 

mercados coloniales para amortiguarla o desviarla. Europa, 

cargada de riquezas, otorgó de jure la humanidad a todos 

sus habitantes: un hombre, entre nosotros, quiere decir un 

cómplice puesto que todos nos hemos beneficiado con la 

explotación colonial. Ese continente gordo y lívido acaba 

por caer en lo que Fanon llama justamente el “narcisismo”. 

Cocteau se irritaba con París, “esa ciudad que habla todo el 

tiempo de sí misma”. ¿Y qué otra cosa hace Europa? ¿Y ese 

monstruo supereuropeo, la América del Norte? Palabras: li-

bertad, igualdad, fraternidad, amor, honor, patria. ¿Qué se 

yo? Esto no nos impedía pronunciar al mismo tiempo frases 25

racistas, cochino negro, cochino judío, cochino ratón. Los 

buenos espíritus, liberales y tiernos —los neocolonialistas, 

en una palabra— pretendían sentirse asqueados por esa in-

consecuencia; error o mala fe: nada más consecuente, entre 

nosotros, que un humanismo racista, puesto que el europeo 

no ha podido hacerse hombre sino fabricando esclavos y 

monstruos. Mientras existió la condición de indígena, la im-

postura no se descubrió; se encontraba en el género humano 

una abstracta formulación de universalidad que servía para 

encubrir prácticas más realistas: había, del otro lado del mar, 

una raza de subhombres que, gracias a nosotros, en mil años 

quizá, alcanzarían nuestra condición. En resumen, se con-

fundía el género con la élite. Actualmente el indígena revela 

su verdad; de un golpe, nuestro club tan cerrado revela su 

debilidad: no era ni más ni menos que una minoría. Lo que 

es peor: puesto que los otros se hacen hombres en contra 

nuestra, se demuestra que somos los enemigos del género 

humano; la élite descubre su verdadera naturaleza: la de una 

pandilla. Nuestros caros valores pierden sus alas; si los con-

templamos de cerca, no encontraremos uno solo que no esté 

manchado de sangre. Si necesitan ustedes un ejemplo, re-

cuerden las grandes frases: ¡cuan generosa es Francia! ¿Ge-

nerosos nosotros? ¿Y Setif? ¿Y esos ocho años de guerra 

feroz que han costado la vida a más de un millón de arge-

linos? Y la tortura. Pero comprendan que no se nos repro-

cha haber traicionado una misión: simplemente porque no 

teníamos ninguna. Es la generosidad misma la que se pone 

en duda; esa hermosa palabra cantarina no tiene más que un 

sentido: condición otorgada. Para los hombres de enfrente, 

nuevos y liberados, nadie tiene el poder ni el privilegio de 

dar nada a nadie. Cada uno tiene todos los derechos. Sobre 

todos; y nuestra especie, cuando un día llegue a ser, no se 

definirá como la suma de los habitantes del globo sino como 26

la unidad infinita de sus reciprocidades. Aquí me detengo; 

ustedes pueden seguir la labor sin dificultad. Basta mirar 

de frente, por primera y última vez, nuestras aristocráticas 

virtudes: se mueren; ¿cómo podrían sobrevivir a la aristo-

cracia de subhombres que las han engendrado? Hace años, 

un comentador burgués —y colonialista— para defender a 

Occidente no pudo decir nada mejor que esto: “No somos 

ángeles. Pero, al menos, tenemos remordimientos.” ¡Qué 

declaración! En otra época, nuestro Continente tenía otros 

salvavidas: el Partenón, Chartres, los Derechos del Hombre, 

la svástica. Ahora sabemos lo que valen: y ya no pretenden 

salvarnos del naufragio sino a través del muy cristiano sen-

timiento de nuestra culpabilidad. Es el fin, como verán uste-

des: Europa hace agua por todas partes. ¿Qué ha sucedido? 

Simplemente, que éramos los sujetos de la historia y que 

ahora somos sus objetos. La relación de fuerzas se ha inver-

tido, la descolonización está en camino; lo único que pue-

den intentar nuestros mercenarios es retrasar su realización.

Hace falta aún que las viejas “metrópolis” intervengan, que 

comprometan todas sus fuerzas en una batalla perdida de 

antemano. Esa vieja brutalidad colonial que hizo la dudosa 

gloria de los Bugeaud volvemos a encontrarla, al final de 

la aventura, decuplicada e insuficiente. Se envía al ejército 

a Argelia y allí se mantiene desde hace siete años sin re-

sultado. La violencia ha cambiado de sentido; victoriosos, 

la ejercíamos sin que pareciera alterarnos: descomponía a 

los demás y en nosotros, los hombres, nuestro humanismo 

permanecía intacto; unidos por la ganancia, los “metropoli-

tanos” bautizaban como fraternidad, como amor, la comu-

nidad de sus crímenes; actualmente, bloqueada por todas 

partes, vuelve sobre nosotros a través de nuestros soldados, 

se interioriza y nos posee. La involución comienza: el colo-

nizado se reintegra y nosotros, ultras y liberales, y colonos 27

y “metropolitanos” nos descomponemos. Ya la rabia y el 

miedo están al desnudo: se muestran al descubierto en las 

“cacerías de ratas” de Argel. ¿Dónde están ahora los sal-

vajes? ¿Dónde está la barbarie? Nada falta, ni siquiera el 

tam-tam: las bocinas corean “Argelia francesa” mientras los 

europeos queman vivos a los musulmanes. No hace mucho, 

recuerda Fanon, los psiquiatras se afligían en un congreso 

por la criminalidad de los indígenas: esa gente se mata entre 

sí, decían, eso no es normal; su corteza cerebral debe estar 

subdesarrollada. En África central, otros han establecido 

que “el africano utiliza muy poco sus lóbulos frontales”.

Ésos sabios deberían proseguir ahora su encuesta en Europa 

y particularmente entre los franceses. Porque también no-

sotros, desde hace algunos años, debemos estar afectados 

de pereza mental: los Patriotas empiezan a asesinar a sus 

compatriotas; en caso de ausencia, hacen volar en trozos al 

conserje y su casa. No es más que el principio: la guerra 

civil está prevista para el otoño o la próxima primavera. 

Nuestros lóbulos parecen, sin embargo, en perfecto estado: 

¿no será, más bien, que al no poder aplastar al indígena, 

la violencia se vuelve sobre sí misma, se acumula en el 

fondo de nosotros y busca una salida? La unión del pueblo 

argelino produce la desunión del pueblo francés; en todo 

el territorio de la antigua metrópoli, las tribus danzan y se 

preparan para el combate. El terror ha salido de África para 

instalarse aquí: porque están los furiosos, que quieren ha-

cernos pagar con nuestra sangre la vergüenza de haber sido 

derrotados por el indígena y están los demás, todos los de-

más, igualmente culpables —después de Bizerta, después 

de los linchamientos de septiembre ¿quién salió a la calle 

para decir: basta?—, pero más sosegados: los liberales, los 

más duros de los duros de la izquierda muelle. También a 

ellos les sube la fiebre. Y el malhumor. ¡Pero qué espanto! 28

Disimulan su rabia con mitos, con ritos complicados; para 

retrasar el arreglo final de cuentas y la hora de la verdad, 

han puesto a la cabeza del país a un Gran Brujo cuyo oficio 

es mantenernos a cualquier precio en la oscuridad. Nada se 

logra; proclamada por unos, rechazada por otros, la violen-

cia gira en redondo: un día hace explosión en Metz, al día 

siguiente en Burdeos; ha pasado por aquí, pasará por allá, 

es el juego de prendas. Ahora nos toca el turno de recorrer, 

paso a paso, el camino que lleva a la condición de indígena. 

Pero para convertirnos en indígenas del todo, sería necesa-

rio que nuestro suelo fuera ocupado por los antiguos coloni-

zados y que nos muriéramos de hambre. Esto no sucederá: 

no, es el colonialismo decadente el que nos posee, el que 

nos cabalgará pronto, chocho y soberbio; ése es nuestro zar, 

nuestro loa. Y al leer el último capítulo de Fanon uno se 

convence de que vale más ser un indígena en el peor mo-

mento de la desdicha que un ex colono. No es bueno que 

un funcionario de la policía se vea obligado a torturar diez 

horas diarias: a ese paso, sus nervios llegarán a quebrarse a 

no ser que se prohíba a los verdugos, por su propio bien, el 

trabajo en horas suplementarias. Cuando se quiere proteger 

con el rigor de las leyes la moral de la Nación y del Ejército, 

no es bueno que éste desmoralice sistemáticamente a aqué-

lla. Ni que un país de tradición republicana confíe a cientos 

de miles de sus jóvenes a oficiales putchistas. No es bueno, 

compatriotas, ustedes que conocen todos los crímenes co-

metidos en nuestro nombre, no es realmente bueno que no 

digan a nadie una sola palabra, ni siquiera a su propia alma, 

por miedo a tener que juzgarse a sí mismos. Al principio 

ustedes ignoraban, quiero creerlo, luego dudaron y ahora sa-

ben, pero siguen callados. Ocho años de silencio degradan. 

Y en vano: ahora, el sol cegador de la tortura está en el cenit, 

alumbra a todo el país; bajo esa luz, ninguna risa suena bien, 29

no hay una cara que no se cubra de afeites para disimular la 

cólera o el miedo, no hay un acto que no traicione nuestra 

repugnancia y complicidad. Basta actualmente que dos fran-

ceses se encuentren para que haya entre ellos un cadáver. Y 

cuando digo uno... Francia era antes el nombre de un país, 

hay que tener cuidado de que no sea, en 1961, el nombre de 

una neurosis. ¿Sanaremos? Sí. La violencia, como la lanza 

de Aquiles, puede cicatrizar las heridas que ha infligido. En 

este momento estamos encadenados, humillados, enfermos 

de miedo: en lo más bajo. Felizmente esto no basta todavía 

a la aristocracia colonialista: no puede concluir su misión 

retardataria en Argelia sin colonizar primero a los franceses. 

Cada día retrocedemos frente a la contienda, pero pueden 

estar seguros de que no la evitaremos: ellos, los asesinos, la 

necesitan; van a seguir revoloteando a nuestro alrededor, a 

seguir golpeando el yunque. Así se acabará la época de los 

brujos y los fetiches: tendrán ustedes que pelear o se pudri-

rán en los campos de concentración. Es el momento final 

de la dialéctica: ustedes condenan esa guerra, pero no se 

atreven todavía a declararse solidarios de los combatientes 

argelinos; no tengan miedo, los colonos y los mercenarios 

los obligarán a dar este paso. Quizá entonces, acorralados 

contra la pared, liberarán ustedes por fin esa violencia nue-

va suscitada por los viejos crímenes rezumados. Pero eso, 

como suele decirse, es otra historia. La historia del hombre. 

Estoy seguro de que ya se acerca el momento en que nos 

uniremos a quienes la están haciendo.

 

 Jean Paul Sartre - Septiembre de 1961 30

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