LAS PELIGROSAS CONSECUENCIAS DE CREER QUE EN EL MUNDO YA NO EXISTEN LAS GUERRAS JUSTAS
¿Qué se supone que deberían hacer las naciones que son agredidas por otras?
LAS PELIGROSAS CONSECUENCIAS DE CREER QUE EN EL MUNDO YA NO EXISTEN LAS GUERRAS JUSTAS
Durante siglos, filósofos, teólogos e intelectuales han reflexionado sobre la licitud de las guerras. Y de repente todo cambió.
¿Qué se supone que deberían hacer las naciones que son agredidas por otras?
LAS PELIGROSAS CONSECUENCIAS DE CREER QUE EN EL MUNDO YA NO EXISTEN LAS GUERRAS JUSTAS
Hace tiempo que una nueva forma de pensar se viene imponiendo en diversos ámbitos, incluso en el seno De la Iglesia: la creencia de que ya no existen las guerras justas, una expresión que durante mucho tiempo se ha referido a aquellas guerras en las qu aun bando podía alegar tener razón por haber sido víctima de una agresión armada por parte de otro país. De hecho, desde hace siglos las naciones han venido organizando Fuerzas Armadas para garantizar su defensa frente a posibles agresiones, un hecho que se da no sólo en las grandes potencias, sino también en países pequeños e incluso en el país menos poblado y con menos superficie del mundo
La razón de ser de la existencia de los ejércitos es la misma que poseen las fuerzas policiales. Mientras éstas tienen como misión garantizar la paz y la seguridad de los ciudadanos dentro de las fronteras de un país frente a la acción de los criminales, las fuerzas armadas se enfrentan al reto de la existencia de grandes criminales que utilizan la amenaza y la agresión para someter a naciones enteras, ya sean poderosas organizaciones terroristas sin un aparato estatal detrás o incluso estados terroristas como Rusia e Irán.
A la hora de valorar la licitud de una guerra, debemos partir de un hecho que muchos suelen ignorar: a los regímenes y organizaciones criminales no les importa la moralidad de sus actos. Lo hemos podido ver estos últimos años con la invasión rusa a gran escala de Ucrania, iniciada en 2022, y con el ataque terrorista de Hamás contra Israel en 2023. Son los países democráticos y civilizados los que someten sus acciones al escrutinio de la ética y de la moral, poniendo límites a su propia acción. Pero que existan esos límites no debe hacernos olvidar una cosa: el crimen y las guerras han existido desde que los albores de la humanidad, y nada indica que vayan a dejar de existir en algún momento, porque hay seres humanos propensos a hacer el mal y esto, lamentablemente, nunca cambiará por mucho que las buenas personas quieran evitar los conflictos.
Hoy en día, una nación sin ejército sería algo tan suicida como un país sin policía o un hogar sin puerta. La carencia de unas fuerzas armadas es un lujo que sólo se pueden permitir naciones que viven en zonas libres de amenazas, como Costa Rica, o países que tienen la protección de otros, como Islandia. La neutralidad y el pacifismo nunca han garantizado a ningún país que no pueda ser agredido por otro.
Entendiendo a la humanidad como lo que es y evitando confundir nuestra realidad con nuestros deseos, tener unas fuerzas armadas es algo necesario y la labor que hacen sus miembros debe ser motivo de agradecimiento, y me refiero lógicamente a aquellos países en las que esas fuerzas cumplen su deber con honor y con respeto por los derechos humanos. Si hoy no tenemos un mundo todavía más caótico no es por los esfuerzos de los pacifistas, que con demasiada frecuencia poner la lupa en unos conflictos e ignoran otros sin ninún reparo, sino por la existencia de ejércitos que disuaden a los potenciales agresores.
Sobre un papel puede parecer muy buena idea afirmar que ya no existen las guerras justas, una idea a la que no le faltarán aplausos entre muchos intelectuales que tienden a confundir sus sueños con el mundo real, pero eso tiene peligrosas consecuencias, como creer que un país agredido no tiene derecho a defenderse, y que lo que moralmente debería hacer es rendirse o negociar una paz humillante e injusta con cualquier agresor. Eso daría rienda suelta a todos los matones, especialmente a los más poderosos, porque mientras ellos se liberan de toda atadura moral, sus víctimas son a menudo objeto de reproches por el mero hecho de no querer someterse a unos criminales que cometen atrocidades como las que Rusia y Hamás vienen perpetrando.
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