ACADEMIA DE CIENCIAS MORALES Y POLÍTICAS
MARXISMO Y ANTIMARXISMO
DISCURSO LEÍDO POR D. JULIÁN BESTEIRO EN EL ACTO DE SU RECEPCIÓN
CONTESTACIÓN DE SU EXCELENCIA EL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA, D. NICETO ALCALÁ ZAMORA, ACADÉMICO DE NÚMERO
8 DE ABRIL DE 1935
MADRID, 1935
DISCURSO DE D. JULIÁN BESTEIRO
Señores académicos:
El día 15 de mayo de 1921, siendo ministro de la Gobernación, leyó D. GABINO BUGALLAL Y ARAUJO su discurso de ingreso en esta Academia. La disertación versaba sobre La inviolabilidad parlamentaria en su origen y naturaleza, sus límites y sus sanciones posibles.
El asunto es siempre importante, y hoy tal vez de más actualidad que entonces. Como entonces, hoy y siempre es el tema de la inviolabilidad tan especializado y tan concreto, que sólo un espíritu extremadamente cuidadoso del detalle y provisto de un gran caudal de erudición puede desarrollarle con la amplitud con que aparece expuesto en el discurso de D. GABINO BUGALLAL.
Parece que, una vez establecida la distinción entre el significado de la freedom of speech y la freedom from arrest, está expresado todo cuanto puede decirse acerca, no sólo de la definición, naturaleza y orígenes de la inviolabilidad, sino también de la inmunidad parlamentaria, y, sin embargo, en ese trabajo, el problema o, más bien, los problemas que la consideración de la inviolabilidad parlamentaria suscita son estudiados con un verdadero lujo de conocimientos acerca de los principios filosóficos del Derecho y del Derecho parlamentario comparado.
No es ésta la única vez que la labor de D. GABINO BUGALLAL aparece dotada de este carácter de objetividad minuciosa en la que el autor se despersonaliza en la obra.
Siendo ministro de Hacienda hizo publicar, el año 1915, una voluminosa Memoria, que da testimonio de la pluralidad de temas y de la diversidad de matices que abarcaban su atención vigilante y su actividad ministerial. Los asuntos en esta Memoria tratados cubren un área tan extensa, que en ella están comprendidas disposiciones acerca de la circulación fiduciaria, las facilidades al crédito privado, los Sindicatos industriales, la protección a las nuevas industrias, el depósito franco de Cádiz, los medios de favorecer la exportación de productos manufacturados, las subsistencias, la roturación de montes, la deuda exterior, la conversión de esta deuda, las obligaciones de Ultramar, las indemnizaciones a las corporaciones civiles, las admisiones temporales, las zonas francas, la constitución de almacenes generales de depósito y de instituciones de crédito y la inspección de las Cajas de ahorro.
No es extraño que, en trabajos de esta naturaleza, los rasgos psicológicos personales del autor, si bien pueden inferirse con una observación sustained, no puedan percibirse directamente con facilidad. La impersonalidad es una condición inherente a este género de estudios y resoluciones.
Mas la labor realizada en su vida pública por D. GABINO BUGALLAL ha dejado, además de esos testimonios, otros muchos en los cuales los rasgos distintivos de su carácter personal se dibujan tan claramente que parecen evocar la imagen de su existencia real, como si surgiera ante nosotros en los escaños rojos de la oposición u ocupando el banco azul de los gobernantes en el Congreso de los Diputados. Esos testimonios hay que ir a buscarlos, principalmente, en las páginas del Diario de Sesiones, en las conferencias políticas, en los artículos de revista que, sobre materias no sólo estrictamente políticas, sino también económicas y sociales, publicó D. GABINO BUGALLAL.
En su discurso de ingreso en esta Academia, ya citado anteriormente, alguno de esos rasgos aparece, de un modo inesperado, al final de la disertación, para dotar a su contenido, de erudición serena, de un estremecimiento de vida emocional. Me refiero a aquellos pasajes finales del discurso, en los cuales el autor deduce de todo lo expuesto la conclusión de que la inviolabilidad parlamentaria se puede ir suprimiendo, puesto que, según él, los llamados Poderes ejecutivo y judicial no hay que pensar que puedan hoy cometer abusos que coarten la independencia del diputado.
En este juicio está contenida una visión marcadamente optimista de la realidad política de su época, acerca de cuya exactitud yo no voy a formular ninguna apreciación, pero sí quiero hacerla resaltar como una de las principales caracterizaciones de la personalidad que trato de describir. Ese matiz psicológico es, además, el fundamento del significado eminentemente conservador de su actuación en la vida pública. La realidad política de su época la veía D. GABINO BUGALLAL dotada de tales perfecciones, que todo intento de retocarla, y no digamos de anularla, le parecía reprobable y llevaba a sus palabras los acentos de la indignación.
Ese mismo rasgo resalta, entre la variedad de sus discursos y de sus escritos, en un trabajo literario que apareció el año 1904 en la revista de ciencias y artes La Lectura, publicación de grata memoria que fundó D. CLEMENTE DE VELASCO y dirigió D. FRANCISCO ACEBAL. Con razón, el ilustre académico que acogió a D. GABINO BUGALLAL el día de su ingreso en esta casa hacía resaltar ese estudio publicado en La Lectura, por considerarle, sin duda, como uno de los más típicos de su autor.
El artículo a que hago referencia se titula La instrucción pública y el presupuesto para 1914. Es todo él una defensa calurosa, no solamente del presupuesto de Instrucción pública, sino de la situación de la instrucción popular en España, a pesar de reconocerse que, hasta aquel momento, existían en nuestro país 6.794 escuelas, los sueldos de cuyos maestros eran inferiores a 500 pesetas, y que el número de analfabetos ascendía al 55,34 por 100, no de la población total, sino de la población escolar y post-escolar.
Esta situación que D. GABINO BUGALLAL expone en su artículo, que reconoce como defectuosa y que con su labor presupuestaria trata de corregir, no le induce a pensar que el nivel cultural de nuestra nación pudiera desmerecer ante otras naciones consideradas como superiores. Por el contrario, estima que el atraso de España no se debe tanto al número de analfabetos existente como a la endeblez intelectual de los que se tienen por cultos y se constituyen en sus censores.
Hay en esta misma Academia otro documento que descubre otra nota psicológica complementaria de la anterior e igualmente definidora de la personalidad de don GABINO BUGALLAL. Me refiero al discurso de contestación al de ingreso del MARQUÉS DE LEMA, el 7 de diciembre de 1924. En ese discurso la vocación política es definida como «una instintiva disposición para la sugestión y manejo de los hombres, que es de apreciar desde los primeros años en quienes han nacido para el mando».
Visión optimista de la realidad; inclinación de ánimo orientada hacia la conservación de lo existente; vocación política considerada como unida inseparablemente a la disposición para el manejo de los hombres y para el mando. He ahí algunas de las dotes propias de la personalidad de D. GABINO BUGALLAL que habían de influenciar el curso de su vida.
Dotado de estas cualidades en un grado eminente, es natural que desde la edad de veinticinco años, en 1886, fuera diputado sin interrupción hasta el año 1923. Es natural también que, después de haber sido Secretario del Congreso, Director general de Administración local y de La Deuda, Fiscal del Tribunal Contencioso-Administrativo, Fiscal del Tribunal Supremo y Consejero de Estado, fuese dos veces Ministro de Instrucción pública, cuatro Ministro de Hacienda, una vez Ministro de Economía, de Gracia y Justicia y de Gobernación, y que hubiese sido elegido para ocupar la presidencia del Congreso de los Diputados y designado por sus correligionarios para dirigirlos como jefe del partido conservador.
Conservador fué, en efecto, D. GABINO BUGALLAL; pero conservador de las instituciones a cuyo servicio había puesto las energías de su vida. Conservador, por tanto, de una monarquía constitucional y parlamentaria. Y cuando, el 13 de septiembre de 1923, un golpe de Estado privó a la monarquía española de su carácter parlamentario y constitucional, D. GABINO BUGALLAL, sin dejar de ser monárquico, continuó siendo parlamentario y constitucionalista y defendiendo los principios que habían servido a D. ANTONIO CÁNOVAS DEL CASTILLO para estructurar, según las exigencias de los tiempos, la monarquía restaurada después de la vida gloriosa, pero efímera, de la primera República.
Cuando el 14 de abril de 1931 se proclamó la segunda República española, el ambiente político propio para la actuación de D. GABINO BUGALLAL no solamente se enrareció, como se había enrarecido durante los años de la dictadura, sino que se desvaneció por completo. Y, como si a falta de estímulos políticos la vida de D. GABINO BUGALLAL no pudiera mantenerse, abandonó la existencia en su retiro de París el 30 de mayo de 1932.
Después, el nuevo ambiente y vuestra bondad hicieron recaer sobre mí la abrumadora honra de ser llamado a ocupar un puesto a vuestro lado. Al responder a vuestro llamamiento no puedo hacerlo sin recordar los días no lejanos en que las tendencias y los temperamentos políticos opuestos producían en las Cortes de la monarquía controversias encendidas por la pasión. En aquellas controversias D. GABINO BUGALLAL participaba, ocupando una posición preponderante. Yo también, investido de una representación que estimo en mucho, tomaba parte en ellas, con la elevación de mis intenciones, con la modestia de mis facultades.
Todo aquello ha muerto. La vibración emocional de aquellos días podrá ser sustituida por otra; ella misma no puede resucitar. Los psicólogos han dicho que las emociones, los sentimientos, los placeres, los dolores no son un objeto propio de la memoria. Si se extinguen una vez, se han extinguido para siempre. Queda de ellos solamente un juicio frío o una pálida representación.
En el curso de la vida de todos los hombres, esos juicios fríos y esas representaciones pálidas van formando un halo cada vez más denso según la vida se va alejando del puerto de partida. En el halo de mi vida está inscrito con trazos firmes el nombre de D. GABINO BUGALLAL, cuyo recuerdo evoco hoy ante vosotros al comenzar mi disertación.
I. Grandezas y miserias del momento actual
Pocos años hace desde que D. GABINO BUGALLAL abandonó la vida política. Pero ¡qué de cambios se han operado en este pequeño lapso de tiempo, no sólo en el orden político, sino en el orden social y en nuestra propia relación personal con el medio político-social en el cual nos movemos!
Todo contemporáneo nuestro que haya traspasado el meridiano de la vida ha sido testigo de la producción y de la aplicación práctica de importantes descubrimientos técnicos que han introducido una profunda modificación en las costumbres. No solamente las instituciones políticas tradicionales han desaparecido y han sido sustituidas por otras más adaptadas a las necesidades de los tiempos, sino que, en el seno de las instituciones sociales de más hondas raíces en el pasado, se han operado vertiginosamente cambios sustanciales, cuya génesis y cuya determinación causal es difícil de apreciar para un espíritu poco reflexivo o débilmente dotado de facultades de observación.
Dirijamos nuestra mirada al campo de observación más inmediato. La juventud española de hoy difiere profundamente de la juventud española de hace veinte años; la actitud de la mujer ante nuestra sociedad ha experimentado transformaciones igualmente importantes; y estos cambios de actitud de la juventud masculina y femenina han alterado también el equilibrio de la vida familiar. Padres de familia hay hoy que, después de haber acreditado durante largos años virtudes de equilibrio, de mesura y de prudencia, nos sorprenden un buen día aceptando normas morales nuevas o adoptando actitudes políticas, de derecha o de izquierda, que no hace mucho tiempo hubiesen sido juzgadas por la misma juventud como arriesgados e insólitos atrevimientos.
No hay duda que en los pueblos de tradición vigorosamente enraizada, en los cuales los progresos técnicos y las nuevas costumbres son, principalmente, un producto de importación, las variaciones impuestas por el curso de los acontecimientos históricos mundiales parecen más insólitas, más extrañas, más sorprendentes y violentas. El tránsito del candil a la luz eléctrica o de la carreta de bueyes al aeroplano no puede menos de aparecer a un alma ingenua como dotado de caracteres maravillosos.
Estos tránsitos bruscos, estas variaciones repentinas, son condiciones indispensables y estimulantes necesarios para que las sociedades retrasadas en su evolución con respecto al medio, adopten el ritmo que exige la actualidad histórica, y hasta simplemente para que conserven esa facultad de cambio y de modificación sin la cual la vida se adormece o se extingue. El reconocimiento de la necesidad de la variación social repentina debe conducir a una actitud del individuo favorable a promoverla y a lograrla; no debe, sin embargo, ocultársele la visión de los riesgos que tienen los cambios bruscos, aun los de apariencia más inocente. Son riesgos en que se incurre por defectos de interpretación; por apasionamientos que, para ser fecundos, hubiesen necesitado una previa preparación crítica; por ilusiones de radicalismo progresivo que ocultan a la propia conciencia individual la existencia de apetencias y pasiones atávicas; en suma, por deficiencias e imperfecciones del trabajo de adaptación que pueden producir situaciones de momentáneo desequilibrio, traducirse en actitudes de una inadecuación a las circunstancias reales que revisten ciertos caracteres de comicidad, o pueden también manifestarse en contradicciones internas y sacudidas violentas, con toda la gravedad de los rasgos propios de la tragedia.
Estas perturbaciones, sobre todo las más graves, las cómicas y las trágicas, hay que hacer todo lo posible por evitarlas; mas si no se pueden evitar, hay que afrontarlas sin detener la marcha, aun conscientes de los riesgos que acechan al caminante.
Los núcleos sociales (familiares, nacionales, internacionales, continentales) no pueden experimentar una parálisis en su transformación constante, en su evolución continua, sin correr el más grave de todos los peligros: el retraso, la degeneración y hasta la muerte, al menos como núcleos sociales representativos de un tipo cultural. El cambio tumultuoso es siempre preferible al estancamiento, y, en ciertas circunstancias históricas, el cambio tumultuoso, o por lo menos acelerado, es el único posible si se quiere mantener la vida. Hay momentos críticos en que a las sociedades se les plantean problemas de vida o muerte que requieren soluciones perentorias que no se pueden ni eludir ni aplazar.
No creo que haya exageración alguna al afirmar que en uno de esos momentos críticos se hallan hoy todos los pueblos del planeta que han llegado a un grado estimable de civilización. Es dudoso que haya colectividades humanas, por apartadas que se encuentren de la corriente general, que puedan considerarse completamente inmunizadas contra la acción del vértigo característico de la vida contemporánea. Por regla general, habrán de ser, sin embargo, los pueblos más adelantados, los pioneers de la civilización, los que más intensamente sientan la necesidad de los cambios rápidos y los que más capaces puedan mostrarse para realizar las transformaciones necesarias con un minimum de desgaste, de pasos dados en falso, de ensayos torpes y de fracasos.
Estos momentos de la historia de la Humanidad, en los cuales, como obedeciendo a un impulso inmanente irresistible, se acelera el curso de la evolución continua, constituyen lo que se llama las revoluciones. Hoy la Humanidad toda, visiblemente las naciones próceres, se halla atravesando uno de estos momentos eminentemente revolucionarios; y si la importancia de las revoluciones se mide, no por el estruendo que produzcan, ni por las víctimas que causen, sino por la extensión del área que abarquen, por la profundidad de los cambios a que aspiren o cuya necesidad experimenten, por la complejidad de los elementos que entren en su composición, habrá que reconocer que jamás en la Humanidad se ha producido una revolución tan honda como esta que estamos viviendo.
¿Suerte aciaga la de los hombres que vivimos en esta época de incertidumbre y de zozobra? ¿Privilegio envidiable de los que pertenecemos a esta sociedad tan llena de promesas y esperanzas?
Yo tengo para mí que, para un hombre de espíritu (y en los momentos críticos, por fortuna, creo que los hombres de espíritu son legión), no puede existir mayor timbre de gloria que haber nacido en esta edad difícil y grandiosa en que la Historia propone a los humanos la solución de los más graves problemas. Y si, desechando la vana pretensión de encontrar la palabra mágica que pueda resolverlos, logramos contribuir con nuestro esfuerzo personal para que, no los elegidos, sino las grandes masas humanas se pongan al menos en camino de la solución, sea cualquiera la suerte que podamos correr, debemos sentirnos satisfechos de nuestra propia vida y darla por bien empleada.
II. La preocupación social contemporánea. En torno al Socialismo
La afirmación precedente acerca del carácter revolucionario de la época en que vivimos apenas si puede encontrar un intento de contradicción seria en la amplia esfera de la opinión contemporánea, de actividad sobreexcitada y de gran variedad de matices.
Una aquiescencia tan generalizada no puede ya lograrse cuando se trata de definir las características del movimiento revolucionario actual, más especialmente si se pretende describir su trayectoria, trazar su etiología, su diagnóstico y su pronóstico. Ante estas cuestiones la opinión se divide en las tendencias más contradictorias y opuestas. Hay, sin embargo, la posibilidad de señalar una coincidencia, una nota común a todas estas tendencias, aun las aparentemente más irreconciliables. Si no todas ellas, la inmensa mayoría al menos, y las dotadas de mayor vivacidad, extienden su campo de actividad en torno a una posición o a una serie de posiciones que tienen un significado y una denominación comunes: la expresada vagamente con la palabra Socialismo.
En todos los movimientos económicos, sociales y políticos de algún volumen se trata en nuestros tiempos de afirmar o negar el Socialismo, de favorecer o de entorpecer su realización. Sea su tendencia afirmativa o negativa, progresiva, retardataria o regresiva, la lucha de las tendencias y de los partidos gira en torno al Socialismo, y, por tanto, este tipo de revolución contemporánea, en medio de su gran variedad de modalidades, puede caracterizarse como una revolución social.
Aún puede llegarse fácilmente a una concreción mayor si se observa que, en el curso de los años, las tendencias opuestas al progreso del Socialismo se han ido impregnando de la misma doctrina que combatían. Desde los tiempos de DISRAELI y de GLADSTONE, en Inglaterra, se ha repetido en toda Europa el fenómeno de que los partidos políticos que más se preciaban de representar la tradición nacional hayan procurado hacer concesiones al Socialismo. El intervencionismo del Estado ha sido con frecuencia patrocinado por los partidos conservadores, en su lucha con el liberalismo clásico, un poco a la manera como los monarcas absolutos, en su lucha con los señores feudales, buscaban el apoyo del pueblo haciéndole concesiones.
Por algún tiempo parecía como si el intervencionismo del Estado y la política social, teñida de un matiz más o menos pronunciado de Socialismo reformista, fuese el patrimonio de los partidos conservadores. Hoy las cosas han cambiado grandemente. El puro liberalismo manchesteriano y fisiocrático apenas tiene representantes, y las personalidades, un tanto anquilosadas y atávicas, que se han aferrado obstinadamente a la pureza de la tradición, han purgado su falta de flexibilidad y de sentido de renovación con la pérdida de su influencia política. Los partidos liberales tradicionales han perdido su cohesión, y las personalidades que los integran han llevado una existencia política vacilante, cuando no han resuelto la vacilación sumándose a los núcleos conservadores, más o menos modificados, o acercándose y aun fundiéndose en la masa de los Partidos Socialistas. No en vano se ha hablado varias veces del ingreso de LLOYD GEORGE en el Laborismo.
El caso de Roosevelt
El ejemplo más conspicuo que puede ofrecerse de la transformación experimentada por los partidos liberales y por el liberalismo como doctrina política es el del partido progresista en los Estados Unidos de América del Norte. Ya con el presidente WOODROW WILSON se acusaron en el progresismo norteamericano tendencias sociales que, sin embargo, no pudieron traducirse de un modo concreto en la política interior de su propio país, tal vez por falta de madurez en la estructura de las nuevas concepciones o, quizá, por no haberse aún presentado con caracteres indubitables las circunstancias propicias para la cristalización de las nuevas tendencias del liberalismo en la acción específica de los hombres de Estado o en la iniciación de las nuevas funciones político-sociales y en la estructuración de nuevas instituciones.
El neoliberalismo norteamericano alcanza el punto álgido de su caracterización en el actual período presidencial. El presidente ROOSEVELT, amparándose en los principios del liberalismo tradicional americano, de un liberalismo constructor de una gran nacionalidad, quiere proseguir su espíritu de lucha contra la injusticia y la tiranía y declara la guerra a la oligarquía financiera de su país, dueña de los destinos de una población de ciento treinta millones de habitantes. El ideario político del presidente FRANKLIN D. ROOSEVELT no pretende ser otro que el de sus predecesores y sus maestros, el de JEFFERSON, el de THEODORE ROOSEVELT, el de WOODROW WILSON; su aplicación al estado actual de la vida económica y social difiere completamente de las prácticas anteriores.
Sería evidentemente prematuro lanzarse a pronosticar la significación que, a la postre, habrá de prevalecer en la política iniciada por ROOSEVELT. Hay en ella muchos elementos divergentes y hasta heterogéneos. La política de protección al propietario rural, la política de elevación de jornales y disminución de jornada, la política de elevación de los precios, la política de depreciación del dólar constituyen un complejo, en el cual, por el pronto, no es fácil distinguir cuáles son los factores complementarios y cuáles son los posibles factores contradictorios y de coexistence imposible, si es que, como parece verosímil, tal género de factores incompatibles se acusan en él.
El experimento americano es, tal vez, el más complicado de todos los experimentos económicos y sociales que ha emprendido hasta ahora la política de los diversos pueblos del mundo. El mismo grado de desarrollo a que en América habían llegado la gran industria y el capitalismo es lo que dota a la política de ROOSEVELT de una gran complejidad. El experimento norteamericano no es un experimento tosco; pudiéramos decir que no es un experimento de economía, de sociología y de política elementales. Esa complejidad de la política dirigida por ROOSEVELT es un signo de fortaleza. Recuérdese que SPENCER decía, creo yo que con gran acierto, que no son los organismos elementales, sino los más complicados, los que pueden ofrecer una resistencia mayor a las acciones del medio. Pero la complejidad de la acción política extiende también considerablemente el campo de los riesgos posibles. Pensar en un fracaso total de la política del neoliberalismo de ROOSEVELT me parece una fantasía misoneísta absolutamente carente de fundamento. Negar que pueda sufrir fracasos parciales, desviaciones que paralicen su impulso o desvíen su trayectoria inicial; no admitir la posibilidad de que sufra detenciones en su marcha progresiva, sería dar pruebas de un entusiasmo ingenuo y de una confianza extremada.
Una cosa, creo yo, puede afirmarse con certeza. La política del presidente ROOSEVELT responde exactamente a la expresión con que se la designa: es un new deal, un nuevo modo de acción; y este nuevo modo de acción supone una impregnación de la trama del antiguo espíritu liberal por la sustancia del Socialismo, de significado mucho más expresivo que aquella que señalábamos antes con referencia a los partidos conservadores en posesión de tendencias propias del Socialismo intervencionista y reformista. Podríamos aún arriesgarnos a decir algo más. El experimento de ROOSEVELT va camino de superar, en eficacia transformadora, a algunos de los experimentos que hasta la fecha se han intentado en Europa por Gobiernos socialistas puros, mayoritarios o minoritarios, o por Gobiernos mixtos con colaboración de Partidos Socialistas.
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