JULIÁN BESTIARIO.MIERES 2 DE JULIO DE 1933




EN EL HOMENAJE A LA MEMORIA DE LLANEZA


(Conferencia pronunciada en Mieres el domingo 2 de julio de 1933.)


La dictadura republicanizó al país


[…] Durante la dictadura, ya muy quebrantada, no se celebró más que un solo Congreso ordinario y otro extraordinario. Al Congreso ordinario yo llevé una ponencia con una serie ele puntos que consideraba eran esencialmente reivindicables para la constitución de la República española, que consideraba segura. No pude lograr que aquéllos se discutieran. Y esto sí que fué para mí una gran contrariedad, porque temía que llegase la República y hubiera que improvisar en el Comité, sin la discusión previa debida, las reivindicaciones esenciales del Partido y de la clase trabajadora. Así sucedió, efectivamente, puesto que en ese estado nos sorprendió la República, 


    Nos sorprendió la República, camaradas, y entonces mi discrepancia se acentuó, porque en aquellas reivindicaciones que yo consideraba necesarias, y que había indicado con suficiente claridad en mi ponencia, no estaba la de que se nos dejase ocupar el Poder, la de que hubiera ministros socialistas, sino la de que se nos garantizase el acceso a aquellos organismos que, cada vez más, constituyen la parte esencial de la constitución de los Estados modernos y que. más interesan a la clase trabajadora para conseguir el logro de sus ideales.[…]


    Resulta que la clase trabajadora, en el Poder, por falta de preparación económica y de evolución en el país, no puede realizar una obra socialista, sino que tiene que realizar una obra distinta al Socialismo, meramente reformista, y en la magnitud to¬ tal de la República, de la vida de una República, una obra esencialmente burguesa. Y he aquí el escollo que nosotros debemos evitar, escollo que yo quisiera que evitásemos […]


¿Una o dos Cámaras?


En el programa de reivindicaciones que presenté al Congreso del Partido, en mi ponencia, y después, cuan¬ do ya no pertenecía al cuadro de elementos directivos del Partido, postulé, en nombre del Comité de la Agrupación Socialista de Madrid, en la reunión de la asamblea, que nosotros exigiéramos que en la Constitución se previese no una Cámara, sino dos.

Así lo venía propagando desde tiempos de la dictadura, y por eso fui, en general, muy censurado. 


Generalmente se pensaba que eso era una posición reaccionaria, una posición de derechas, y que realmente se debía volver la espalda, sin discusión, a un punto tan descabellado como éste.


¿En qué me fundaba yo? Pues en que de una Cámara sola, nombrada por sufragio directo, universal, en que cada individuo representa un voto, faltaba la opinión de los partidos, entre los cuales no había uno que mereciera propiamente, por su estructura, por sus ideales, el nombre de tal, más que el socialista. Los demás eran partidos tradicionales de la República, ya bastante gastados, o partidos nuevos, con sus ideales poco definidos y su organización demasiado reciente. Y una asamblea de esta catadura me figuraba yo que había de ser muy radical, pero muy radical al modo antiguo, no muy radical del radicalismo de hoy. Y no sé si deciros que no sueño. No voy a censurar la Cámara de la que soy presidente. De ella estoy orgulloso.


La Cámara actual, con respecto a las anteriores, es una Cámara muy superior, moral e intelectualmente […]


Esta es una Cámara compuesta de hombres que llevan su espíritu ilusionado por un entusiasmo ideal. Esto es indiscutible, y eso le da una superioridad que la Historia no podrá por menos de reconocer. Pero, por su composición, abundan los elementos que se inclinan al pugilato acerca de quién es el futuro Dantón de esta República y quién el futuro Robespierre, y el tiempo que se gasta en estos conflictos, compañeros, no se puede emplear en otros problemas concretos, muy modestos, quizá poco brillantes, pero que son los que más contribuyen a decidir el porvenir y los que más alientan" a la clase trabajadora.

La República y la Iglesia


Y por eso quería yo entonces, y ¡hoy añoro, la existencia de otra Cámara, menos dantoniana y menos robespierreana, menos preocupada por problemas— voy a decir palabras que quizá juzguéis mal— de curas y fra les, porque entiendo yo que el mayor homenaje que se les podía haber rendido y que se les ha rendido recientemente a la Iglesia y a las órdenes religiosas era haber estado meses y meses ocupándose de ellas y discutiendo tonterías con los teólogos.


Yo había propuesto en aquella ponencia mía una fórmula por la que, sin traer a colación conflictos viejos que no van a ninguna parte, la República hubiera dicho sencillamente a la Iglesia: Nada, vamos a respetaros en absoluto. ¿Tenéis la opinión del país? ¿Todos los españoles son católicos, menos unos cuantos desgraciados ?


¿No es eso? Pues bien, Iglesia, vamos a ajustar las cuentas: el presupuesto de culto y clero queda íntegro, pero a cargo de los católicos. A mí, no católico, no me exijas un céntimo. A cualquiera otro que no sea católico no le pidas un céntimo. Se separa el presupuesto de la Iglesia de las cargas generales del Estado, para que quede exclusivamente a cargo de los fieles católicos[…] 


Yo no soy pesimista


[…] Vuelvo al tema […]Para evitar este defecto de una Cámara de republicanos radicales y republicanos socialistas, de republicanos conservadores y republicanos federales... Cierto que los hay muy disciplinados; pero cierto también que muchas veces carecen de disciplina y son amigos de dirigirse de un lado a otro o de colocarse en la frontera de uno y otro, todo ello por moverse más libremente, pues algunos no se pueden entender con nadie, y son tan grandes, que no caben dentro de ningún partido.


 Para evitar eso, camaradas, quería yo una Cámara de representantes de esa cosa tan vil y mezquina que se llama los intereses. Los intereses de la industria, los intereses del comercio, los intereses de la Universidad, los intereses de los trabajadores que están en la industria, que están en el comercio, que están en la Universidad y hoy tienen tanto derecho o más que los de los elementos no trabajadores.


¿Cómo me va a convencer a mí nadie de que eso se debe repudiar, de que hablar de intereses es una cosa despreciable y mezquina?


Pues si nosotros somos socialistas porque damos un valor espiritual a los intereses; porque creemos que las caras negras y azules, los golpes recibidos en las manos, etcétera, no son una cosa vil, sino una cosa honrosa; que trabajar no es una cosa que se hace sólo con los brazos, sino que se hace con la voluntad, con entusiasmo1 y con valor; si creemos que hoy hay en la sociedad una cantidad de heroísmo como nunca se conoció en el mundo ; si es posible computar como heroísmo el trabajo, y el heroísmo es servir a los intereses, nosotros, como socialistas, que remos servir a los intereses. ¿A cuáles ? A los legítimos nuestros, como individuos; a los legítimos nuestros, como organizaciones obreras; a los legítimos de la Humanidad, porque, dígase lo que se quiera, una idea más universal que la nuestra no ha existido nunca.


La Humanidad se ha pasado la vida queriendo unir a todos los hombres en torno a sentimientos e ideas obscuras, como, por ejemplo, las de la religión. Y así, el catolicismo, este catolicismo que se denomina universalista, que dice que su Iglesia abarca a toda la Humanidad y unió a todos los hombres, empujó a éstos a la guerra y les hizo matarse unos a los otros.


Y nosotros decimos : Nosotros sólo nos uniremos atendiendo a lo que es legítimo en los intereses de todos los individuos, reconociendo que no puede existir unión entre los hombres mientras una masa privilegiada explote a los demás, haciendo que se establezca un régimen en el cual todos seamos iguales y que a todos nos llegue el fruto del trabajo, para lo cual es preciso que apliquemos nuestros esfuerzos espirituales a dotar a la Humanidad de una organización económica en virtud de la cual, extendidos los bienes a todos, puedan todos dedicarse a participar del noble ideal del espíritu, de la poesía, de la ciencia, del arte, de los aspectos puramente ideales, donde existe la verdadera libertad de conciencia, que hasta ahora las Iglesias no han podido establecer


La discrepancia maxima


Quería yo una Cámara de intereses, donde los conflictos de la industria y del trabajo agrícola se discutieran por sus representantes legítimos, independientemente de una atmósfera de pasión tradicional, que no hace más que provocar obscuridades y tinieblas en problemas que pueden hacerse claros, pero que ya algunas veces, de por sí, son bastante confusos.

    

    Quería una Cámara en la cual estuviesen representados todos los elementos del trabajo nacional, para hacer posible la estructura económica que necesita alcanzar nuestro país, para que en él se pueda hacer una obra socialista verdaderamente práctica. Esta es una de mis discrepancias que más me aleja idealmente, ideológicamente, de muchos de mis camaradas.

Yo os he de decir que, es natural, no aspiro a que no se reforme inmediatamente; pero creo que se ke de buscar  alguna salida con el tiempo para rectificar las deficiencias que por ni haber seguido ese camino se han podido cometer

Esta discrepancia máxima surgió en el momento en que en el Comité directivo se acordó participar en la obra de Gobierno


    Yo creía— y lo indicaba ya en aquella propuesta mía—, como os he dicho antes, que debíamos realizar labor de penetración ; pero no una labor que llevara aneja la responsabilidad del Poder[…]


La participación ministerial


No sé, camaradas, si mi discrepancia es o no la misma de antes o si es mayor. Cuanto más tiempo dura la participación ministerial, es natural que los conflictos que yo anunciaba se acentúen de tal modo, que espero llegue el día en que la participación ministerial tendrá que cesar.


    ¿Quién lo va a decir ? ¿ Yo ?

    No. Lo tiene que decir la masa del Partido. La masa del Partido es la que tiene que hablar, porque nuestro Partido no ha sido nunca, ni debe ser, ni lio ha de ser, una masa dócil, que obedezca las órdenes que se le den desde arriba.


    La masa del Partido debe tener su opinión, debe discutir las opiniones opuestas, debe llevarlas, por medio de sus representantes, a los Congresos, y los elementos directivos deben aceptar esa dirección, y ponerlo en duda afecta a la fidelidad con que ellos cumplen por su cuenta con sus representados.


Yo me atengo a la democrcia


[…] yo digo a veces, veo que flota en el ambiente de nuestra organización la tendencia a considerar que, sea como sea, para defender las posiciones adquiridas hay que aclarar nuestra responsabilidad adaptándose a las condiciones de una República democrática o rompiendo esas condiciones, saltando por ellas, impugnarlas. Y yo digo: j Bueno ! Que nos hemos hecho todos bolcheviques. Pero ¿ para eso hemos estado tanto tiempo luchando con el partido comunista español? ¿Y para eso murieron algunos de nuestros compañeros luchando con los comunistas? […] 

 

    ¿Para acabar siendo bolcheviques nosotros? ¡ Ah, no, no! Yo sería, ya digo, bolchevique si llegara el caso de Rusia, donde, como estaba deshecha y no quedaban más que los soldados, que venían de las trincheras e iban a Moscú y Petrogrado, y las organizaciones obreras, el Soviet principalmente, que había dominado sobre las demás, y entones era una utopía la Asamblea constituyente y el Gobierno Kerenski. El pueblo quería firmar el tratado de paz y tierra para labrarla, y eso no se lio podían ofrecer más que los bolcheviques; por eso fué para éstos el Poder. En España hay un problema semejante; pero en el grado de Rusia, no. Y nosotros no vamos a desestimar la fuerza de nuestros adversarios. Nuestros adversarios están débiles; pero no podemos creer que estén deshechos, como cuando la guerra estaba deshecha Rusia, y un ejemplo de esta naturaleza sería perturbador. Y si triunfase, traería dificultades a la clase trabajadora, y esta República de un pueblo que, por fortuna, tiene horror a la sangre sería la República más sanguinaria que se ha conocido en la historia contemporánea o tendría que ser barrida por los adversarios. Y yo digo: en estas condiciones, yo me atengo a la democracia, y deseo que el Partido Socialista sea el cuerpo de esa democracia burguesa, porque corresponde que con las fuerzas republicanas no dificultemos la democracia (mientras no podamos desembocar en una República socialista), sino que la vitalicemos y procuremos el desenvolvimiento de la organización obrera y de nuestro proletariado, que es lo capital, tal como lo definió en la última parte de su vida Lenin. ¿Veleidades bolchevistas aquí ahora? ¿Para qué hemos hecho esfuerzos por traer la República? Hubiéramos dejado que siguiera la monarquía deshaciendo al país, y en un momento de suprema debilidad nos hubiéramos incautado del' Poder y hecho de Lenines. Pero entrar en una República democrática, emplazando como emplazaron nuestros antecedentes socialistas, y hacer que podamos desarrollar nuestras fuerzas para, llegado el día, realizar nuestro ideal socialista plenamente, y luego, a la primera contrariedad, desahogar y decir que venga la dictadura, francamente, me parece un contrasentido.   

 

    Durante la dictadura nadie habló, ni debió hablar, de que, al venir la República, ocuparíamos el Poder. Y apareció la participación ministerial, y justo es reconocerlo que fué de improviso. Entre nuestra masa no se discutió esto. No tuvo veleidades dictatoriales ninguna de nuestras organizaciones.     

    Y vuelvo a decir: ¿Es que debe continuar? ¿Es que somos salvadores de la burguesía los que decimos que nuestros esfuerzos deben concentrarse a conservar la democracia? Una vez más digo que no.


Me considero profundamente socialista



[…] Yo, compañeros, no sé si cometo una falta al exponer esto aquí. Pero me trajeron a un acto de homenaje a Llaneza, y os digo que el recuerdo, cariño y admiración que por él sentí me llevan a realizar este acto. Porque Llaneza, que rendía culto a la verdad, decía las cosas tal como eran, aunque fuesen desagradables.


    Como buen socialista, aspiro a que nuestro Partido sea muy sentimental, muy entusiasta ; pero que tenga las ideas claras, que diga las cosas claras, como Llaneza, cuyo ejemplo sigo, porque sin ideas claras no hay ni ciencia ni Socialismo posibles. Con ideas confusas, salidas de un sanedrín de hombres ilustres, no se hace un partido democrático y socialista. Y no se invoquen ejemplos de fuera. ¿No habéis pensado que los alemanes, como los italianos, por otras razones, están sufriendo la dictadura por haber participado en el Poder? ¿No puede haber influido eso bastante más que el haber dejado de tomar medidas enérgicas? […]


    Yo sigo creyendo que nuestro Partido tiene raíces y hábitos eminentemente democráticos que debe conservar. Se puede ser muy enérgico; pero hay que saber adónde se va, porque guiarse por el sentimiento sólo, tiene peligros muy graves, y es que se va a veces al precipicio sin saberlo, o se va a la reacción creyendo que se avanza.


     Mirad, mirad que los que apelan al sentimiento desde el siglo XIX hasta la fecha son principalmente reaccionarios. Nosotros no queremos prescindir del sentimiento  no tenemos por qué. Pero el Partido Socialista es un partido prepotente y preparado, porque tiene en cuenta la vida y la realidad; pero para entender la vida y la realidad con la razón, y, por consiguiente, tenemos que ser racionales.


    En los momentos de mayor pasión, compañeros, reflexionad, pensad, dad pruebas de vitalidad influyendo en las decisiones del Partido. Que nuestro Partido no sea una secta. Que el Partido sea una democracia. Que el Partido sea en esto—y perdonadme la 'invocación—como fué en tiempos de Iglesias y en tiempos de Llaneza.


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