EL SENTIDO COMÚN TIENE EQUIVOCADAMENTE UN ELEVADO PRESTIGIO INTELECTUAL




EL SENTIDO COMÚN TIENE EQUIVOCADAMENTE UN ELEVADO PRESTIGIO INTELECTUAL

El sentido común suele ensalzarse como el máximo filtro de sabiduría práctica, pero desde el punto de vista intelectual, apoyarse a ciegas en él es un terreno resbaladizo.

Límites del sentido común

Basado en la intuición cotidiana: Funciona bien para sobrevivir en el entorno físico inmediato, pero fracasa al intentar comprender fenómenos complejos como la física cuántica, la economía global o la estadística.

Sesgado y contextual: Lo que es "de sentido común" para una cultura o época histórica suele ser un prejuicio arraigado para otra. No es una verdad universal, sino un consenso social local.

Resistente a la evidencia: El sentido común tiende a ratificar lo que parece obvio a simple vista (como asumir que el Sol giraba alrededor de la Tierra), ignorando el método científico y el análisis riguroso.

¿Cuándo sí ayuda?

Funciona como un atajo heurístico para resolver problemas cotidianos con rapidez sin quedar paralizados por el análisis. Sin embargo, elevarlo a la categoría de herramienta de rigor intelectual confunde la comodidad de lo intuitivo con la validez de lo comprobado.

ES ADEMÁS SUBJETIVO

 Su subjetividad es precisamente la razón por la cual no puede considerarse un estándar de rigor intelectual.

¿Por qué el sentido común es inherentemente subjetivo?

Depende de la experiencia individual: El "sentido común" de un economista, un agricultor y un programador dictará soluciones totalmente distintas ante un mismo problema, ya que cada uno llama "común" a su propia experiencia acumulada.

Confunde vivencia con realidad: Se apoya en la percepción personal y en el "a mí me funciona", lo que lo vuelve vulnerable a sesgos cognitivos como el sesgo de confirmación o la ilusión de validez.

Varía según el grupo social: Se construye mediante la asimilación pasiva de normas, valores y costumbres de un entorno específico. Lo que para un grupo es una verdad evidente, para otro es una aberración.

Al carecer de un marco conceptual objetivo o de un método de verificación independiente, el sentido común suele ser simplemente un nombre elegante para los prejuicios compartidos de una época o cultura.

DESDE CIERTAS  INSTANCIAS SE QUIERE TRANSFORMAR "UN DETERMINADO SENTIDO COMÚN" EN NORMA MORAL GENERAL



Esa es la transición clave: cuando el sentido común deja de ser un atajo cognitivo individual y se convierte en una herramienta de poder e ingeniería social.

Transformar un sentido común particular en norma moral general es una estrategia clásica para imponer una agenda sin tener que defenderla con argumentos.

Mecanismos de esta transformación

Naturalización de lo ideológico: Se presenta una postura política, moral o cultural no como una opción debatible, sino como "lo natural" o "lo obvio". Quien se opone no solo se equivoca; se le etiqueta como alguien "sin sentido común" o "fuera de la realidad".

Ahorro del debate público: Al elevarlo a norma moral implícita, se clausura la discusión. No hace falta aportar datos, evidencia o análisis filosófico; basta con apelar al "como todo el mundo sabe".

Creación de hegemonía cultural: Concepto que el filósofo Antonio Gramsci analizó a fondo: las clases o instancias de poder construyen un "sentido común" que la mayoría adopta como propio, aunque a menudo vaya en contra de sus propios intereses.

El peligro democrático

Cuando una institución, gobierno o grupo de presión logra convertir su sentido común local en la norma moral dominante, dogmatiza la convivencia. La moral deja de sustentarse en la ética, la empatía o el consenso razonado, y pasa a basarse en el acatamiento de prejuicios mayoritarios o impuestos.


¿ Cómo se utiliza esta estrategia en el debate político actual?

En el debate político contemporáneo, la apelación al "sentido común" se ha consolidado como una de las herramientas de persuasión e ingeniería social más eficaces. Ya no se utiliza simplemente para resolver problemas cotidianos, sino para enmarcar qué ideas son aceptables y cuáles deben quedar fuera del tablero político.

Mecanismos de instrumentalización en la política actual

La trampa de la "postura no ideológica": Un recurso habitual consiste en presentar propuestas de parte como si carecieran de ideología. Frases como "esto no es de izquierdas ni de derechas, es de sentido común" buscan despojar al discurso de su carga política implícita, presentando medidas debatibles como soluciones técnicas incontestables.

Deslegitimación del adversario ("El Anti-Pueblo"): Al definir una postura como la única intuitiva y lógica, la discrepancia queda invalidada de raíz. Quien cuestiona esa "norma común" no es visto como alguien con un punto de vista diferente, sino como alguien desconectado de la realidad, guiado por dogmas o carente de juicio básico.

Explotación del sesgo de confirmación y la posverdad: En entornos de alta polarización, los discursos políticos apelan a verdades subjetivas o vivenciales que resuenan con la intuición inmediata del electorado. Se priorizan las explicaciones simples ante fenómenos socioeconómicos complejos, evitando el análisis de datos o la evidencia científica que exija un esfuerzo interpretativo mayor.

Construcción de marcos morales (Lakoff y Gramsci): El sentido común político opera imponiendo "marcos mentales". Una vez que un marco moral se asienta en la sociedad (por ejemplo, en debates sobre fiscalidad, seguridad o modelo de familia), cualquier argumento en contra exige un esfuerzo argumentativo desproporcionado para contrarrestar la "obviedad" preestablecida.

Efectos en la calidad democrátics

Esta estrategia sustituye la deliberación racional por la adhesión emotiva. Al convertir presupuestos ideológicos en normas morales de "sentido común", se estrecha la ventana de debate público, dificultando el consenso sobre problemas que requieren soluciones complejas y basadas en evidencia objetiva.

¿ DARLE A ESE SUPUESTO SENTIDO COMÚN RANGO DE NORMA MORAL Y UN HALO DE EXCLUSIVISMO LO TRASNFORMA EN SUPERIORIDAD MORAL?



Ese es el paso definitivo: la conversión del "sentido común" en superioridad moral.

Cuando una determinada visión del mundo no solo se eleva a norma general, sino que se reviste de un halo de exclusividad —presentándola como la única válida, virtuosa e incontestable—, deja de ser una mera opinión para convertirse en una jerarquía de solvencia moral.

El mecanismo de la superioridad moral

División maniquea del cuerpo social: Quienes poseen y defienden ese "sentido común" se autoasignan la condición de ciudadanos sensatos, éticos y luz moral. Por el contrario, quienes lo cuestionan no solo se consideran equivocados, sino moralmente defectuosos (reaccionarios, inmorales, ignorantes o "enemigos del pueblo").

Inmunidad a la crítica: La superioridad moral actúa como un escudo protector. Si una postura se percibe como la encarnación del bien y la lógica pura, cualquier dato, evidencia o argumento en contra se rechaza de inmediato sin evaluar su validez, interpretándolo como un ataque malévolo o malintencionado.

Monopolio de la virtud: El grupo que instrumentaliza esta estrategia no busca convencer mediante el debate de ideas, sino señalar y avergonzar. La norma impuesta opera mediante el estigma social: disentir conlleva un coste reputacional.

Consecuencia: El autoritarismo de lo "evidente"

Esta dinámica transforma el debate democrático en un tribunal inquisitorial. Al sustituir la ética razonada y el contraste de ideas por un "sentido común" sacralizado y exclusivo, se genera una forma sutil de autoritarismo: el dogmatismo disfrazado de obviedad. La superioridad moral impide el consenso porque no busca entender al otro, sino someterlo o cancelarlo en nombre de una verdad que se pretende autocarente de dudas.

ESA SUPUESTA SUPERIORIDAD MORAL ES UNA CARCEL DE ORO IDEOLÓGICA DE LA QUE MUCHOS NO PUEDEN SALIR


La metáfora de la cárcel de oro describe con precisión el enclaustramiento psicológico e ideológico que produce la superioridad moral. Es "de oro" porque resulta sumamente confortable habitar en ella, pero sigue siendo una prisión porque anula la capacidad de pensamiento autónomo.

El confort del prestigio social: Proporciona un sentimiento de pertenencia a una élite esclarecida. Sentirse en el "lado correcto de la historia" o en la "reserva moral de la sociedad" otorga un estatus simbólico y una validación del ego difíciles de renunciar.

Reducción de la disonancia cognitiva: Protege contra la incertidumbre. Exime al individuo del esfuerzo intelectual de sopesar datos contradictorios o evaluar la complejidad de la realidad, ofreciendo respuestas prefabricadas basadas en la "obviedad".

Seguridad comunitaria: Quien habita dentro goza de la aceptación de su grupo. La tribu premia la adhesión al dogma con aplauso y complicidad afectiva.

Las rejas invisibles: Por qué es tan difícil salir

El coste del estigma (El abismo de la deserción): Dar un paso fuera de la norma no implica simplemente admitir un error intelectual, sino enfrentarse al rechazo social. Para la propia comunidad, el disidente deja de ser "alguien confundido" y pasa a ser visto como un "traidor" o alguien moralmente degradado.

La trampa de la identidad: Cuando la ideología basada en el "sentido común" deja de ser una opinión y pasa a ser quién eres, cuestionar el dogma equivale a desmantelar la propia identidad. Cuestionar la norma produce un vértigo existencial.

Ceguera de taller: La superioridad moral bloquea la autocrítica. Al asumir que la propia postura es la única éticamente aceptable, cualquier objeción externa se procesa como "mala fe" o "maldad" del interlocutor, lo que clausura de antemano el aprendizaje.

Esta cárcel ideológica degrada la convivencia pública: sustituye la búsqueda de la verdad por la exhibición de la virtud y convierte a ciudadanos críticos en guardianes dogmáticos de su propio encierro.

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