ORWEL, GEORGES : HOMENAJE A CATALUÑA. CONJETURAS SOBRE LO QUE PODÍA OCURRIR EN ESPAÑA

 





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LITERATURA


GEORGE ORWELL, MARCADO A FUEGO POR LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA.

Viernes, 13 de Agosto de 2021, 

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Lleno de ideales, George Orwell llegó en 1936 a España para combatir el fascismo. Y se topó con la lucha entre anarquistas y comunistas, las checas, la persecución… Esas vivencias impulsaron su denuncia del autoritarismo y sus premoniciones sobre el terror estalinista, plasmadas en ‘1984’ y ‘Rebelión en la granja’. Sus libros quedan este año libres de derechos.

POR FÁTIMA URIBARRI

La ciudad está empapelada de banderas rojas y rojinegras: «Habían pintado la hoz y el martillo y las iniciales de los partidos revolucionarios en todas las paredes; habían saqueado las iglesias», escribe George Orwell en las primeras páginas de Homenaje a Cataluña. Así encontró Barcelona cuando llegó a finales de diciembre de 1936: requisada. Los obreros estaban al mando. Y el trato entre la gente era distinto. «Los camareros y los dependientes de los comercios te trataban de igual a igual». Ese ambiente de camaradería le gustó porque: «Había escasez de todo, pero no privilegios», observó.

Orwell nació en la India, destino de su padre, funcionario del Gobierno colonial

George Orwell era un joven e idealista escritor inglés con profunda conciencia social que se había enrolado en la guerra de España para combatir el fascismo. En realidad se llamaba Eric Arthur Blair, pero optó por firmar con seudónimo su primera obra publicada, Sin blanca en París y Londres, por no disgustar a su padre, funcionario del Gobierno colonial en la India. Eligió George por ser Jorge el patrón británico y Orwell por ese río de Suffolk.

Antes de partir hacia España, había recorrido el norte de Inglaterra por encargo de su editor, Victor Gollancz, fundador del Left Book Club, para dar testimonio de las duras condiciones de vida de los obreros y lo había explicado en su libro El camino a Wigan Pier. Con su viaje a la guerra de España, Orwell continuaba implicándose para hacer realidad sus convicciones socialistas.

España le pareció diferente en todo; en la impuntualidad: a la hora de comer o de ir a la batalla, «lo quiera o no, un extranjero siempre acabará aprendiendo la palabra ‘mañana’», escribe Orwell; y en la ineficacia: apenas había armas para los milicianos adscritos al Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), al que se unió Orwell.

Una inteligencia malvada lo envuelve todo

España lo cambió todo. «La vida se detuvo en 1936», le dijo a su amigo Arthur Koestler. En la Guerra Civil española «vivió las experiencias decisivas en la configuración de su visión política y literaria», explica Miquel Berga, profesor de Literatura Inglesa de la Universidad Pompeu y Fabra. Esa vivencia configuró sus obras posteriores, artículos y ensayos y sobre todo sus libros Homenaje a Cataluña, Rebelión en la granja y su obra culmen, 1984, que lo convirtió en uno de los grandes de la literatura del siglo XX.

Lo enviaron al frente de Aragón, tranquilo en aquellos días. Cuando volvió a Barcelona de permiso, encontró otra ciudad: la diferencia de clases había regresado. Barcelona seguía «desportillada por la guerra. Pero sin ningún indicio de predominio obrero […]. Los oficiales del nuevo Ejército Popular […] aparecían en enjambres. Todos tenían pistolas automáticas; nosotros, en el frente, no podíamos conseguirlas ni por todo el oro del mundo», escribe.

La atmósfera estaba enrarecida. Pronto sucedieron los Hechos de Mayo, el enfrentamiento entre anarquistas y libertarios y comunistas, apoyados por el Comintern desde Moscú. Orwell se atrinchera en la sede del POUM, vive la refriega en primera línea.

El escritor regresa al frente. Esta vez llueven los proyectiles, los combates se suceden. Una bala le atraviesa el cuello de lado a lado. Es un milagro que no muera. Es otro milagro que sobreviva al traqueteante trayecto en una ambulancia hasta un hospital. Es insólito que recupere la voz. Orwell se repone de las heridas, pero le espera otro frente; cuando sale a la calle se topa con una atmósfera oprimente y aterradora: «Era como si alguna gigantesca inteligencia malvada estuviese flotando por encima de la ciudad», escribe. Han prohibido el POUM, los comunistas acusan a sus simpatizantes de trotskistas y «espías del fascismo» y los persiguen con saña. Su amigo Bob Smillie muere en la cárcel; a George Kopp, un magnífico soldado con un corazón de oro, lo encarcelan y desaparece en una de las temibles checas. Orwell está en peligro. Durante el día, junto con Eileen –su mujer, que ha viajado a Barcelona–, finge ser un turista inglés. La pareja se mueve por barrios residenciales para no levantar sospechas. Por la noche, ella regresa al hotel Continental mientras él duerme al raso en descampados. Lo buscan. Lo acusan de fascista, igual que a sus amigos.

Los Orwell logran subir a un tren para huir a Francia. Tienen la enorme fortuna de que, cuando los guardias revisan el convoy, ellos están en el vagón restaurante y «dieron por sentado que éramos gente respetable», escribe Orwell.

Indignado con las mentiras de la prensa

La decepción se multiplica cuando en Inglaterra comprueba que también allí la prensa manipula la verdad. «Vi soldados que habían luchado valientemente ser denunciados por cobardes y traidores, y a otros que nunca habían visto pegar un tiro ser ensalzados como los héroes de victorias imaginarias», redacta. Se desgañita intentando proteger la verdad, pero no lo escuchan: «Vi a ávidos intelectuales construyendo superestructuras emocionales sobre eventos que nunca habían tenido lugar». El Daily Worker –el periódico del Partido Comunista– sostiene que Orwell «se arruga enseguida ante la disciplina revolucionaria».

Pero no calló. «La indignación era su bien más preciado», dijo de él Thomas Pynchon. Al regresar de España, escribe Rebelión en la granja, una fábula que retrata los abusos del estalinismo, pero su editor se niega a publicarlo. El manuscrito lo rechaza también T. S. Eliot, lector en Faber & Faber: no ve adecuado «criticar la situación política», dice. La izquierda lo rechaza. «Es una crítica de la utopía –según Mario Vargas Llosa– que apareció en medio de las actitudes inflexibles de los preludios de la guerra fría».

Destacó por su lucidez política. También vaticinó el comportamiento de la URSS y Estados Unidos durante la Guerra Fría, un término que él inventó

En 1945 muere su mujer. Debe cuidar él solo a su hijo adoptivo. Se encuentra débil, enfermo. La tuberculosis lo va minando. Para escribir con más tranquilidad, se retira a la remota isla escocesa de Jura, un clima fatal para su enfermedad.

Durante dos años de fatiga escribe –a menudo en la cama– una de las obras más importantes del siglo XX, una distopía que describe los abusos del totalitarismo y cómo borra, implacable, las libertades hasta anular y someter a los individuos. Dijo que no era un ataque contra nadie en particular ni una premonición, sino una advertencia contra el totalitarismo y su inmenso poder destructivo. Con 1984, Orwell ha influido en la literatura y el pensamiento del siglo XX. Ha inspirado películas, una ópera, discos, un ballet… En esta distopía ha inventado un lenguaje que se ha quedado: Gran Hermano, Ministerio de la Verdad, crimen mental…

Lo leyeron algunos tras el telón de acero y no podían comprender cómo ese inglés, desde tan lejos, sabía lo que allí estaba ocurriendo. No fue su única agudeza: Orwell acuñó el término de ‘guerra fría’, adivinó que las dos grandes potencias con acceso al botón atómico, en vez de atacarse de frente, se enfrentarían de soslayo, apoyando a quienes les conviniera en conflictos entre terceros. Y así fue.

Reflexionó sobre los efectos políticos del progreso tecnológico y predijo que la guerra de España acabaría en una dictadura de uno u otro signo[1]. George Orwell destacó «por su lucidez política y valentía moral», dice Vargas Llosa. Y en lo literario acuñó un estilo propio, sencillo y transmisor de lo inquietante. «Escribió el corpus literario que ha ejercido una mayor influencia en las percepciones políticas de generaciones de lectores», según Miquel Berga. Murió en Londres –cumplidos los 46– en 1950, un año después de la publicación de 1984. La magnitud de su reconocimiento llegó tras su muerte. Ahora, sus libros quedan libres de derechos.

NOTAS A PIE DE PÁGINA

[1]  Georges Orwell: Homenaje a  Cataluña.Páginas 482 a 484


GEORGE ORWELL, MARCADO A FUEGO POR LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA.

Viernes, 13 de Agosto de 2021, 


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Lleno de ideales, George Orwell llegó en 1936 a España para combatir el fascismo. Y se topó con la lucha entre anarquistas y comunistas, las checas, la persecución… Esas vivencias impulsaron su denuncia del autoritarismo y sus premoniciones sobre el terror estalinista, plasmadas en ‘1984’ y ‘Rebelión en la granja’. Sus libros quedan este año libres de derechos.

POR FÁTIMA URIBARRI

La ciudad está empapelada de banderas rojas y rojinegras: «Habían pintado la hoz y el martillo y las iniciales de los partidos revolucionarios en todas las paredes; habían saqueado las iglesias», escribe George Orwell en las primeras páginas de Homenaje a Cataluña. Así encontró Barcelona cuando llegó a finales de diciembre de 1936: requisada. Los obreros estaban al mando. Y el trato entre la gente era distinto. «Los camareros y los dependientes de los comercios te trataban de igual a igual». Ese ambiente de camaradería le gustó porque: «Había escasez de todo, pero no privilegios», observó.

Orwell nació en la India, destino de su padre, funcionario del Gobierno colonial

George Orwell era un joven e idealista escritor inglés con profunda conciencia social que se había enrolado en la guerra de España para combatir el fascismo. En realidad se llamaba Eric Arthur Blair, pero optó por firmar con seudónimo su primera obra publicada, Sin blanca en París y Londres, por no disgustar a su padre, funcionario del Gobierno colonial en la India. Eligió George por ser Jorge el patrón británico y Orwell por ese río de Suffolk.

Antes de partir hacia España, había recorrido el norte de Inglaterra por encargo de su editor, Victor Gollancz,fundador del Left Book Club, para dar testimonio de las duras condiciones de vida de los obreros y lo había explicado en su libro El camino a Wigan Pier. Con su viaje a la guerra de España, Orwell continuaba implicándose para hacer realidad sus convicciones socialistas.

España le pareció diferente en todo; en la impuntualidad: a la hora de comer o de ir a la batalla«lo quiera o no, un extranjero siempre acabará aprendiendo la palabra ‘mañana’», escribe Orwell; y en la ineficacia: apenas había armas para los milicianos adscritos al Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), al que se unió Orwell.

Una inteligencia malvada lo envuelve todo

España lo cambió todo. «La vida se detuvo en 1936», le dijo a su amigo Arthur Koestler. En la Guerra Civil española «vivió las experiencias decisivas en la configuración de su visión política y literaria», explica Miquel Berga, profesor de Literatura Inglesa de la Universidad Pompeu y Fabra. Esa vivencia configuró sus obras posteriores, artículos y ensayos y sobre todo sus libros Homenaje a Cataluña, Rebelión en la granja y su obra culmen, 1984, que lo convirtió en uno de los grandes de la literatura del siglo XX.

Lo enviaron al frente de Aragón, tranquilo en aquellos días. Cuando volvió a Barcelona de permiso, encontró otra ciudad: la diferencia de clases había regresado. Barcelona seguía «desportillada por la guerra. Pero sin ningún indicio de predominio obrero […]. Los oficiales del nuevo Ejército Popular […] aparecían en enjambres. Todos tenían pistolas automáticas; nosotros, en el frente, no podíamos conseguirlas ni por todo el oro del mundo»,escribe.

La atmósfera estaba enrarecida. Pronto sucedieron los Hechos de Mayo, el enfrentamiento entre anarquistas y libertarios y comunistas, apoyados por el Comintern desde Moscú. Orwell se atrinchera en la sede del POUM, vive la refriega en primera línea.

El escritor regresa al frente. Esta vez llueven los proyectiles, los combates se suceden. Una bala le atraviesa el cuello de lado a lado. Es un milagro que no muera. Es otro milagro que sobreviva al traqueteante trayecto en una ambulancia hasta un hospital. Es insólito que recupere la voz. Orwell se repone de las heridas, pero le espera otro frente; cuando sale a la calle se topa con una atmósfera oprimente y aterradora: «Era como si alguna gigantesca inteligencia malvada estuviese flotando por encima de la ciudad»escribeHan prohibido el POUM, los comunistas acusan a sus simpatizantes de trotskistas y «espías del fascismo» y los persiguen con saña. Su amigo Bob Smillie muere en la cárcel; a George Kopp, un magnífico soldado con un corazón de oro, lo encarcelan y desaparece en una de las temibles checas. Orwell está en peligro. Durante el día, junto con Eileen –su mujer, que ha viajado a Barcelona–, finge ser un turista inglés. La pareja se mueve por barrios residenciales para no levantar sospechas. Por la noche, ella regresa al hotel Continental mientras él duerme al raso en descampados. Lo buscan. Lo acusan de fascista, igual que a sus amigos.

Los Orwell logran subir a un tren para huir a Francia. Tienen la enorme fortuna de que, cuando los guardias revisan el convoy, ellos están en el vagón restaurante y «dieron por sentado que éramos gente respetable»,escribe Orwell.

Indignado con las mentiras de la prensa

La decepción se multiplica cuando en Inglaterra comprueba que también allí la prensa manipula la verdad. «Vi soldados que habían luchado valientemente ser denunciados por cobardes y traidores, y a otros que nunca habían visto pegar un tiro ser ensalzados como los héroes de victorias imaginarias», redacta. Se desgañita intentando proteger la verdad, pero no lo escuchan: «Vi a ávidos intelectuales construyendo superestructuras emocionales sobre eventos que nunca habían tenido lugar». El Daily Worker –el periódico del Partido Comunista– sostiene que Orwell «se arruga enseguida ante la disciplina revolucionaria».

Pero no calló. «La indignación era su bien más preciado», dijo de él Thomas Pynchon. Al regresar de España, escribe Rebelión en la granja, una fábula que retrata los abusos del estalinismo, pero su editor se niega a publicarlo. El manuscrito lo rechaza también T. S. Eliot, lector en Faber & Faber: no ve adecuado «criticar la situación política», dice. La izquierda lo rechaza. «Es una crítica de la utopía –según Mario Vargas Llosa– que apareció en medio de las actitudes inflexibles de los preludios de la guerra fría».

Destacó por su lucidez política. También vaticinó el comportamiento de la URSS y Estados Unidos durante la Guerra Fría, un término que él inventó

En 1945 muere su mujer. Debe cuidar él solo a su hijo adoptivo. Se encuentra débil, enfermo. La tuberculosis lo va minando. Para escribir con más tranquilidad, se retira a la remota isla escocesa de Jura, un clima fatal para su enfermedad.

Durante dos años de fatiga escribe –a menudo en la cama– una de las obras más importantes del siglo XX, una distopía que describe los abusos del totalitarismo y cómo borra, implacable, las libertades hasta anular y someter a los individuos. Dijo que no era un ataque contra nadie en particular ni una premonición, sino una advertencia contra el totalitarismo y su inmenso poder destructivo. Con 1984, Orwell ha influido en la literatura y el pensamiento del siglo XX. Ha inspirado películas, una ópera, discos, un ballet… En esta distopía ha inventado un lenguaje que se ha quedado: Gran Hermano, Ministerio de la Verdad, crimen mental…

Lo leyeron algunos tras el telón de acero y no podían comprender cómo ese inglés, desde tan lejos, sabía lo que allí estaba ocurriendo. No fue su única agudeza: Orwell acuñó el término de ‘guerra fría’, adivinó que las dos grandes potencias con acceso al botón atómico, en vez de atacarse de frente, se enfrentarían de soslayo, apoyando a quienes les conviniera en conflictos entre terceros. Y así fue.

Reflexionó sobre los efectos políticos del progreso tecnológico y predijo que la guerra de España acabaría en una dictadura de uno u otro signo[1]. George Orwell destacó «por su lucidez política y valentía moral», dice Vargas Llosa. Y en lo literario acuñó un estilo propio, sencillo y transmisor de lo inquietante. «Escribió el corpus literario que ha ejercido una mayor influencia en las percepciones políticas de generaciones de lectores», según Miquel Berga. Murió en Londres –cumplidos los 46– en 1950, un año después de la publicación de 1984. La magnitud de su reconocimiento llegó tras su muerte. Ahora, sus libros quedan libres de derechos.

NOTAS A PIE DE PÁGINA

[1]  Georges Orwell: Homenaje a  Cataluña.Páginas 482 a 484

  


ORWELL, GEORGES: HOMENAJE A CATALUÑA

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[…]Podíamos ya empezar  a hacer  conjeturas sobre lo que podía ocurrir en España. Era fácil ver  que el gobierno de Largo Caballero caería y sería reemplazado por otro más derechista y sometido a una influencia comunista aún más fuerte(esto ocurrió una o dos semanas después)que se  empeñaría en terminar con  el poder de los sindicatos de una vez para siempre. Para después, cuando Franco fuera derrotado- aun  dejando  de lado los enormes problemas por la reorganización de España-las perspectivas no eran halagüeñas Los comentarios periodísticos acerca de una «guerra librada en defensa de la «democracia», eran mero engaño. Ninguna persona sensata pensaba que hubiera alguna esperanza de democracia, ni siquiera como la entendemos en Inglaterra o en Francia, en un país tan dividido y exhausto como lo sería España al concluir la guerra. Se acabaría imponiendo una dictadura, y, evidentemente, la posibilidad de una dictadura proletaria había pasado.Ello significaba que el país estaría sometida a alguna clase de fascismo. De un fascismo que, sin duda, tendría algún nombre más agradable y- por tratarse de España- sería más humano y menos eficiente que las variedades alemanas o italiana.Las únicas alternativas parecían ser:o una dictadura franquista infinitamente peor o que la guerra terminara (siempre era una posibilidad)con una división de España ,ya sea por verdaderas fronteras o por zonas económicas.

Desde cualquier punto de vista Las perspectivas eran deprimentes.Pero ello no significaba que no fuera mejor luchar con el gobierno contra el fascismo más descarnado y desarrollado por Franco y Hitler. Cualesquiera que fueran los defectos del gobierno de posguerra, no cabía duda de que el régimen franquista sería peor. Para los trabajadores urbanos quizá la situación no cambiase ganara quien ganase, pero España es fundamentalmente un país agrícola y los campesinos sí se beneficiarían con la victoria del gobierno. Por lo menos algunas de las tierras confiscadas seguirían estando en sus manos, en cuyo caso también habría una distribución de la tierra en el territorio que había sido de Franco, y no sería restaurado el virtual servilismo antes existente en algunas partes de España.El gobierno resultante al final de la guerra sería, por lo menos anticlerical y antifeudal. Pondría límites a la Iglesia aunque fuera temporalmente, modernizaría el país, por ejemplo, construyendo carreteras  y promovería la educación y la salud públicas.Algo se había hecho ya en tal dirección, hasta en plena guerra. Franco, en cambio, no era sólo un títere de Italia y Alemania, sino  que estaba ligado los grandes terratenientes feudales y representaba una rancia reacción clérigo-militar. El frente Popular podía ser una esta, pero Franco era un anacronismo. Sólo los millonarios o los románticos podían desear que triunfara.

    Además, allí estaba decidiéndose algo muy importante y que hacía dos años me perseguía como una pesadilla: el prestigio internacional del fascismo. Desde 1930 los fascistas habían obtenido todas las victorias; era hora de que sufrieran una derrota, no importaba mayormente a manos de quién. Si hacíamos retroceder a Franco y a sus mercenarios extranjeros hasta el mar, lograríamos mejorar considerablemente la situación mundial, aun cuando España misma emergiera bajo una dictadura sofocante y con los mejores hombres en la cárcel. Aunque sólo fuera por eso, valía la pena ganar la guerra.

    Tal era la situación en aquel momento. Debo aclarar que ahora mi opinión sobre Negrín es mucho más favorable que cuando subió al poder. Ha llevado adelante una lucha difícil con gran valentía y ha demostrado más tolerancia política de lo que se esperaba. No obstante, sigo creyendo que, a menos que España se divida con consecuencias imprevisibles, el gobierno de posguerra será de tendencia fascista. Reitero esta opinión corriendo el riesgo de que el tiempo haga conmigo lo que hace con casi todos los profetas.

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